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Dieciséis años
de corrupción y pobreza
Orlando Núñez Soto
En 1990 se inicia un período de dieciséis
años en manos de gobiernos neoliberales
que dura hasta nuestros días. Tres gobiernos
han implementado políticas económicas
empobrecedoras que han servido además de
caldo para la corrupción.
El crecimiento económico del país,
aducido por los funcionarios gubernamentales,
no influye en lo más mínimo en el
bienestar de la población, pues se trata
de un crecimiento que solamente beneficia a las
grandes empresas. Es como que un empresario les
diga a sus trabajadores que todos van bien porque
su empresa crece cada día más. La
verdad es que Nicaragua está más
desequilibrada que nunca; por ejemplo, importa
1,500 millones de dólares más de
lo que recibe por exportación, generando
un déficit que se compensa con las remesas
familiares y con mayor endeudamiento, externo
e interno.
La doctrina gubernamental es que Nicaragua sólo
puede crecer ayudándole al capital extranjero,
exonerándolo de impuestos y financiándole
sus inversiones con dinero del fisco o entregándole
concesiones inimaginables. El resultado ha sido
la quiebra de las empresas nacionales y el enriquecimiento
de las empresas extranjeras. La única empresa
nacional que ha sido beneficiada por el Estado
es la empresa de los Pellas, exonerada para construir
un edificio de oficina y un hospital, camuflándolos
como si fueran inversiones turísticas.
En este mismo período se han privatizado
muchas empresas del Estado y algunos servicios
importantes, como el teléfono, la energía,
parte de la educación y se ha hecho lo
imposible por privatizar el agua. Como en otras
partes de América Latina, la privatización
ha servido para facilitar y fomentar la corrupción,
fenómeno alimentado por las coimas ofrecidas
por las empresas de países cuyos gobiernos
endeudan día a día a nuestra nación.
En los últimos meses, notables políticos
de dos partidos importantes, PLC y ALN-PC, se
acusan mutuamente por desfalco al Estado por sumas
que sobrepasan varios centenares de millones de
dólares, ofreciendo un cuadro vergonzoso
ante la comunidad internacional y ante el propio
pueblo nicaragüense.
El resultado de haber privatizado la energía
y la electricidad no puede ser más desastroso.
No tenemos electricidad ni tenemos agua. Nunca
hemos tenido tantas noches oscuras como ahora,
debido a los cortes de energía de la famosa
empresa extranjera Unión FENOSA. Nunca
miles de familias nicaragüenses han estado
tan desguarecidas de agua potable como ahora,
teniendo que levantarse todos los días
a las 2 de la madrugada para conseguir un barril
de agua.
Un millón de personas han salido del país,
lo que ha servido para que estos tres gobiernos
crean haber disminuido el desempleo. Efectivamente,
tenemos un millón de desempleados menos,
pero no porque se haya generado empleo, sino porque
estos desempleados han desaparecido. Es como si
un millón de desempleados se murieran de
hambre y el gobierno se jacte de haber disminuido
el desempleo.
La estrategia energética de estos tres
gobiernos ha sido de lo más desafortunada.
En 1990 Nicaragua dependía del petróleo
en un 30% solamente, ahora dependemos en un 70%.
El colmo es que otros países están
resolviendo o al menos paliando el problema del
petróleo, tal es el caso del convenio entre
el presidente de Honduras Manuel Zelaya y el presidente
Chávez, mientras el gobierno de Bolaños
se resiste por puro capricho político a
que las alcaldías importen petróleo
de Venezuela en condiciones favorables, aduciendo
que no lo hace porque los sandinistas saldrán
favorecidos. Es como si nosotros nos opusiéramos
a que nos condonen la deuda externa por el hecho
de que el gobierno de Bolaños saldría
favorecido.
La pobreza avanza en todos los campos. Las familias
resienten el pago en las llamadas escuelas autónomas
y la falta de medicamentos en los hospitales,
los transportistas y comerciantes sufren el deterioro
de las carreteras como la de Sébaco-Matagalpa-Jinotega
que durante 16 años no ha sido ni siquiera
reparada, mientras el Ministerio de la Construcción
sigue enredado en escándalos de corrupción.
Además de un millón de niños
y niñas que están fuera del sistema
educativo, miles de bachilleres no pueden seguir
estudiando porque no tienen ni para pagar el transporte.
Miles de profesionales que salen de las universidades
se encuentran en el desempleo abierto, porque
no hay plazas de trabajo.
La prostitución sigue aumentando, lo mismo
que la violencia, el alcoholismo, la delincuencia
y la inseguridad. Sin embargo, todo mundo sigue
considerando al dueño del Ron Flor de Caña,
como el empresario más notable del país,
a pesar de ser el mayor expendedor del producto
que más envenena a la juventud nicaragüense.
Ante estos fenómenos que son objetivos,
calculables, medibles, padecidos por quienes ni
siquiera manejan las cifras de su infortunio,
el gobierno y muchos intelectuales responden aferrados
a que todo se debe al mal funcionamiento de nuestra
democracia; incluso intelectuales de tradición
izquierdista se cortan los pulsos porque la democracia
criolla no está a la altura de las metrópolis,
como nos lo quiere hacer creer cínicamente
el embajador Trivelli de la embajada norteamericana
en Nicaragua. Cuidándose de soslayar del
análisis, las políticas económicas
que generan este sombrío panorama. Como
dijo recientemente en su visita a Managua el especialista
en comunicación Ignacio Ramonet, director
del periódico mensual Le Monde Diplomatique,
la valentía de los periodistas se ensaña
en despotricar contra los políticos, pero
no dicen una sola palabra ni de las políticas
económicas, ni de los poderes económicos
que sostienen todo el andamiaje superestructural.
Ni que decir del medio ambiente. Las empresas
transnacionales y algunas nacionales siguen depredando
los bosques, polucionando los ríos, lagos
y lagunas, callando y chantajeando a la prensa
escrita, hablada y televisada, con la amenaza
de cortarles la publicidad, si ponen en peligro
su notable credibilidad.
Y cuando alguien habla de estas cosas, inmediatamente
salta un funcionario, quejándose porque
estamos politizando los problemas sociales, como
es el caso del presidente del Banco Central, divulgado
por el diario La Prensa, preocupado porque la
corrupción alrededor de los CENIS afecta
a la banca nicaragüense y afecta a los banqueros,
coincidiendo, dicho sea de paso, con la afectación
a los candidatos preferidos por el gobierno y
la oligarquía.
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