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Ningún partido
puede gobernar solo
Orlando Núñez Soto
Una de las particularidades de la vida política
nicaragüense es que siempre se ha gobernado
bajo el hegemonismo o la fuerza de un partido
político, sin parar mientes en la gran
oposición que se lo impide. El resultado
es conocido: golpes de estado, guerras civiles,
revoluciones, deterioro social e ingobernabilidad.
Hoy en día y en plena campaña electoral,
la mayoría de los candidatos y organizaciones
nos proponen un programa y una forma de gobierno
para ser implementada desde su propio diseño,
como si todo fuese a continuar igual, como si
todavía se pudiera seguir gobernando solo,
como si cada organización representara
a Nicaragua entera. Ningún partido puede
pretender gobernar solito, aunque sacara el 90%
de los votos, cosa lejos de alcanzar, ni siquiera
para los partidos que aparecen en primer lugar
en las encuestas, como es el caso del Frente Sandinista.
Gobernar desde una perspectiva partidaria suena
cómodo o consecuente, pero no suena factible.
Si alguien se propone gobernar desde su propia
concepción del mundo, suena muy consecuente,
pero no menos arbitrario, autoritario y terminaría
como todos los que lo han intentado, completamente
solitario.
Llevar lo deseable hasta el límite de
lo posible, es el arte de la política,
pero no a la inversa. Llevar lo imposible hasta
el límite de lo deseable ha sido el fracaso
de todos los políticos. Tal cosa se puede
hacer como pose intelectual, puesto que la palabra
y el papel aguantan todos nuestros caprichos,
pero no bajo la responsabilidad de administrar
la cosa pública. Nos cuesta aprender a
pesar de que a diestra y siniestra tales sin sentidos
han recorrido la historia entera.
Cada organización tiene sus propios intereses,
unos más particulares, otros más
generales, lo que ha sido legal y hasta legítimo,
independientemente de la carga opresiva que ha
significado ponerlos en práctica cueste
lo que cueste. Sin embargo, la realidad se ha
encargado de desconocer a través de los
más variados mecanismos, la inercia de
tan libertinas voluntades.
El Estado siempre ha sido lo que ha sido y se
le ha permitido ser: una forzada síntesis
de contradicciones sociales, a pesar de la voluntad
instrumentalista de sus gobiernos de turno a favor
de uno u otro interés particular. A su
lado, los gobiernos particulares intentan sin
cesar, aquella particularidad, con los resultados
de todos conocidos: funcionan hasta que dejan
de funcionar, arrasando en su soberbia el cadáver
de generaciones enteras.
Hasta ahora, toda sociedad es injusta por definición
y el propósito colectivo de quienes padecen
su discriminatorio régimen es combatir
dichas injusticias. La universalidad alcanzada
en tal empresa dependerá de cuan grande
sea la agrupación que lo logre en cada
momento. Una universalidad que sólo obedece
a las causas comunes que el sentido común
nos propone en cada coyuntura histórica.
Por lo tanto, definir esas cosas comunes que pueden
ayudarnos a construir aquella universalidad será
la prueba de fuego de nuestras certitudes.
En contextos tan conflictivos como el que acabamos
de pasar este fin de siglo, la reconciliación
será el primer insumo para poder seguir
caminando. De lo contrario seguiremos exhibiendo
cuanta vanidad y reservas radicales nos inspire
el papel o el micrófono para exponer nuestras
particularísimas posiciones, hasta que
la gente se canse de nuevo y nos lo haga saber
por sus propios métodos, como siempre ha
pasado.
Independientemente de la tenacidad mostrada por
los intereses económicos de cada comunidad,
clase, barrio o casta elitista, la razón
gregaria obliga a ciertas tareas comunes. La economía
por ejemplo seguirá siendo la base de nuestro
bienestar material y para ella las columnas de
la acumulación seguirán siendo la
energía, la construcción y la industrialización,
en nuestro caso la agroindustrialización
y el turismo. No importan los programas partidarios,
la misma economía nos impondrá una
estrategia energética, constructiva-comunicativa
e industrial. Sólo la testarudez de un
presidente como don Enrique Bolaños podrá
afirmar en medio de una gran noche oscura que
la energía petrolera y la solución
de tal problema es un asunto privado. Sólo
él y sus ministros pueden pretender seguir
privatizando los bienes públicos, incluidos
los impuestos, como si tuviera autorización
divina para subastar la cosa pública. ¿Quién
sin consenso interior podrá alcanzar una
exitosa política exterior?
Hasta la amistad y el amor más íntimo
es una relación social que desborda nuestra
individualidad y requieren el reconocimiento de
las particularidades menos simpáticas del
otro. Es más provechoso aprender a beber
de los antojos del otro, que masturbarnos en nuestro
mimado y caprichoso egoísmo. Si seguimos
gratificándonos con el juego de arrebatar
totalitariamente la razón al otro, ¿con
quién vamos a gobernar los breves e irremplazables
momentos fugaces que nos exigen gestionar la vida
colectivamente?
Por el momento apoyemos la conciencia y la organización
de la gente, por si los liderazgos políticos
e intelectuales mantienen su habitual sordera.
Mientras llega ese momento, si es que llega, invitémonos
a intentar gobernarnos entre todos, acercándonos
a esa utopía milenaria, eternamente retrasada
por el divorcio de intereses entre minorías
y mayorías.
Para quienes no gustan del fuego, les conviene
acarrear carbón para que nadie pase frío.
Para quienes gozamos con las llamas, llamémonos
a la cordura para cuando suba la temperatura sentir
la gratificación de que no tuvimos otra
salida que juntarnos para calentar de nuevo el
lecho.
Mejor trataríamos de convencer a la mayoría
sobre la preferible bondad de gobernarnos juntos
antes que desgobernarnos separados. Y lo dicen
incluso aquellos que no han dejado de sospechar
de la primogénita maldición de vivir
en sociedad, detectando en cada modelo de gobernabilidad
una gran dosis de domesticación y marginación.
Quien pretenda hegemonía tendrá
que buscar consenso y ocuparse de las infaltables
alianzas políticas en cualquier pretendida
orientación social. Las alianzas seguirán
siendo necesarias, lo mismo que las alianzas entre
las alianzas, hasta que logremos despegar como
nación, al menos frente a las otras naciones.
Todavía ayer existía la posibilidad
de intentar un programa particular, hoy se vuelve
cada vez más difícil, el paciente
se muere y necesitamos una junta médica.
Sin consenso político, hasta las cosas
más fáciles se harán difíciles
o imposibles. Ahora bien, si no hay nada que nos
una, adelante entonces, y que cada cual, de acuerdo
a sus posibilidades prepare su lanza y su plegaria,
hoy abonada con descalificaciones verbales y arrogante
veneno. |