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Reconciliación, Desarrollo y Justicia Social
Orlando Núñez Soto


Todos los países que han salido de una guerra necesitan reconciliarse para poder vivir en paz y emprender un proyecto nacional con justicia social. Nicaragua es uno de ellos, pero aquí las cosas parecen ser diferentes.

Reconciliación

Reconciliarse es reconocer y respetar al adversario político. En otras palabras y en nuestro caso concreto, los sandinistas deben reconocer y respetar a los liberales, así como los liberales deben reconocer y respetar a los sandinistas.

En años anteriores tuvimos una dictadura de derecha y posteriormente tuvimos un régimen autoritario de izquierda, este último producto de una guerra impuesta por el gobierno norteamericano.

Hoy estamos construyendo un régimen democrático, en medio de grandes contradicciones. La oligarquía criolla y la embajada norteamericana no reconocen todavía como legítimo al Frente Sandinista. Los sandinistas en general no hemos abandonado el sectarismo con los liberales, siendo incapaces de diferenciar los intereses del capital nacional y los intereses del capital extranjero, incapaces para diferenciar a un pequeño productor de un potentado.

De esta manera y a diferencia del resto de países de la región, aquí la población se empobrece cada día, aunque todos decimos estar en contra de dicho empobrecimiento y a favor de la reconciliación.

Precisamente, uno de los problemas de la reconciliación es que cuando pensamos políticamente siempre lo hacemos pensando únicamente en los líderes políticos o en los partidos políticos, como si los partidos políticos estuvieran conformados estrictamente por líderes y funcionarios. Por supuesto que no podemos obviarlos, pero al menos deberíamos soslayar a la inmensa mayoría de la población nicaragüense.

La reconciliación que más nos interesa es la reconciliación de la gente para luchar por sus propios intereses. Pues, ¿qué diferencia existe, desde el punto de vista social, entre un campesino sandinista y un campesino liberal? Ninguna. Ambos viven reclamando legalidad de sus tierras. Ambos viven reclamando crédito para sembrar y comprar ganado. Ambos se empobrecen día a día, emigran a la ciudad y a Costa Rica. ¿Qué diferencia existe entre una familia liberal de un barrio de Managua y otra familia sandinista del mismo barrio? Ninguna. Ambas muerden el leño porque no pueden pagar la luz, la colegiatura de sus hijos o comprar la medicina para sus enfermedades.

Todos hablamos del pueblo, pero no reconocemos la expresión concreta de ese mismo pueblo en nuestros vecinos o compañeros de clase. Y lo peor del caso es que llevamos 200 años en esta misma situación, mientras los intereses foráneos hacen y deshacen de la riqueza generada por esta empobrecida nación.

Reconciliarse es que respetemos la legitimidad de todos nosotros, no seguir viéndonos como enemigos, aceptar nuestras diferencias y nuestras respectivas posiciones políticas. No tenemos que estar de acuerdo en todo, pero podemos estar de acuerdo en algunas cosas. Ser capaces de entablar una discusión política sin insultar, agotar los argumentos sin antipatías.

Desarrollo

Vivimos en un sistema económico capitalista y bajo la hegemonía del capital transnacional. Para el sistema capitalista, el desarrollo económico es sinónimo de crecimiento del patrimonio de los productores, de la infraestructura y del patrimonio nacional. En el caso de Nicaragua, los productores ya no son solamente los grandes productores, sino que también los medianos y pequeños productores. Incluso, los pequeños y medianos productores, tanto en el campo como en la ciudad, son los que más riqueza producen: alimentos, empleo y divisas.

En Nicaragua existe un patrimonio productivo nacional que abarca a gran parte del pueblo: campesinos y trabajadores por cuenta propia. En Nicaragua, los principales excedentes, la riqueza real, las divisas líquidas, son generadas por los pobres, por los migrantes. También, por supuesto, por los grandes productores. Pero la mayoría se descapitalizan día a día y la mayor parte de ellos vive una vida de miseria. El capital nacional es tan raquítico que el empleo es apenas generado por la ocupación de los familiares y vecinos domésticos.

Y todo esto porque el Estado nacional es un Estado al servicio de las empresas transnacionales. Y todo esto porque ni siquiera la burguesía nacional ha podido conquistar el Estado. Vivimos todavía bajo la hegemonía de un Estado oligárquico, rentista y proinjerencista. Igual que en los siglos pasados, cuando los negritos con ínfulas de grandes políticos e intelectuales, se vivían matando, destrozando y ofendiéndose todos los días, mientras sus colonizadores se llevaban toda la riqueza y pensaban por nosotros.

Justicia Social

En estas condiciones, la justicia social aparece como algo subversivo, a pesar de ser la única forma de alcanzar la estabilidad, la gobernabilidad del propio sistema.

Ninguna sociedad puede vivir sin justicia social y todo sistema tiene su parámetro de justicia social. En el sistema capitalista, la justicia social se expresa como empleo para la mayoría de los trabajadores, se expresa en salarios suficientes para poder comprar los bienes y servicios que el capital nacional produce. Este es el significado social del mercado interno. Sin embargo, aquí sólo se pregona el mercado externo, igual que durante la conquista y la colonia.

En el sistema capitalista, la justicia social aparece como el servicio público servido por empresas públicas que se hacen cargo de garantizarnos gratuitamente educación, salud y caminos, para toda la población, particularmente para aquella población que necesita completar su salario con un ingreso social. Sin embargo, aquí se pregona la privatización de las empresas públicas, junto al fraude descarado de los impuestos entregados por esa misma población que no recibe nada a cambio. Ayudar a las empresas transnacionales se le llama desarrollo, devolver al pueblo parte de los impuestos que paga se le llama populismo.

Incluso la Reforma Agraria, es una tarea de un sistema capitalista que necesita reforzar su mercado interno, es decir, generar ingresos suficientes para que el campesinado pueda comprar aquellos bienes y servicios que no produce directamente. De esta manera los empresarios podrían vender más productos y servicios que los que ahora venden.

Sin embargo, estas verdades tan elementales, aparecen como subversivas para el pensamiento oligárquico, un pensamiento que atraviesa a todas las clases sociales, empezando por la burguesía y terminando con el propio pueblo que ha introyectado un pensamiento conservador. Y por supuesto a las clases medias que a pesar de su empobrecimiento siguen reconociendo en sus compañeros y vecinos al adversario, cuidándose de no criticar a las grandes empresas transnacionales, a los señores notables de la banca y de apellido, mucho menos al imperio que los alimenta de películas y hamburguesas Mc Donald's.