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Llegaron a democratizar el país y terminaron incendiando Granada
Orlando Núñez Soto

Hace 150 años exactamente, los antepasados del embajador Trivelli llegaron a Nicaragua con el propósito de arreglar los asuntos políticos internos, pero como los partidos demócratas no se pusieron de acuerdo, los norteamericanos terminaron incendiando el país. Después de incendiarla y como si fuera un cadáver la enterraron en el centro de la destruida ciudad.

Corría el año de 1856. Los gringos ya le habían robado el territorio de California a los mexicanos. Necesitaban el istmo centroamericano para trasladar el oro robado y construir el imperio financiero de Wall Street. Comenzó la venta de Nicaragua en pedazos. La clase política nicaragüense se encargaría de venderle a un empresario norteamericano, el Comodoro Vanderbilt, los derechos de la zona de Tránsito.

El progreso y la historia rubia llegaba a Nicaragua a través de los Trivelli de entonces. Viajaban por barco de New York a San Juan del Norte, navegaban por el río San Juan, entrando al Gran Lago de Granada, atravesaban en mulas y carretas el istmo hasta alcanzar las costas del Pacífico, finalmente tomaban el barco hasta San Francisco de California. En su trayectoria de New York a California, pasaban dejando por Nicaragua mercenarios, esclavos y empresarios, posteriormente regresaban de California a New York cargados de oro. Metal arrebatado a los mexicanos desplazados y a los indios asesinados por contaminación de viruela, primera guerra bacteriológica del imperio norteamericano.

La competencia por los intereses del comercio no se hizo esperar y comenzó la lucha entre Vanderbilt y los filibusteros, quienes bajo el mando de William Walker comenzaban a tomarse nuestras tierras. La clase política por su lado inició su triste dilema al preguntarse a cual de los gringos le pertenecía Nicaragua, si a Vanderbilt o a Walker.

Walker ganó la partida y además llegó a ser presidente de Nicaragua. Lo primero que hizo como presidente fue derogar la ley que había prohibido la esclavitud en nuestro país y comenzó a fusilar a los mismos políticos que lo habían invitado a resolver los asuntos internos, fusiló a funcionarios conservadores y a funcionarios liberales.

Fue entonces que la clase política nacional, presionada por la clase política centroamericana, más celosa de la soberanía que nuestros políticos y ante las barbaridades de los soldados norteamericanos, decidió expulsar a Walker de Nicaragua. Finalmente las fuerzas centroamericanas lo sacaron de Nicaragua y terminaron fusilándolo en el puerto hondureño de Trujillo.

Sin embargo, antes de abandonar el poder en Nicaragua, William Walker, con el odio que lo caracterizaba contra los mestizos nicaragüenses, decidió incendiar Granada, entregándole semejante tarea a uno de sus lugartenientes, un tal Henningsen, originario de Europa.

Comenzó el incendio. Alguna gente pudo salvarse, otras personas perecieron junto con sus casas. No había clemencia para nadie, ni ricos ni pobres, ni blancos ni negros, ni mestizos o mulatos, ni conservadores ni liberales, ni hombres ni mujeres, ni niños ni ancianos.

Granada en llamas y defendiéndose todavía de las fuerzas aliadas, los filibusteros tuvieron la jocosa idea de enterrar Granada. Comenzó una fúnebre procesión donde la soldadesca envuelta en trapos y cotonas negras recorrieron las calles para ir a depositar el ataúd a la fosa donde según ellos enterrarían a la ciudad de Granada.

Borrachos y empachados de desangrar a los nicaragüenses, incursionaron en uno de los ritos más raros de esta historia. ¡Enterrar el cadáver de la ciudad! Las llamas iluminaban las calles por donde pasaba aquella fúnebre procesión. El humo del fuego se trasladaba por el viento en una ciudad maloliente de cadáveres chamuscados, unos, mal enterrados, otros.

De vez en cuando salían algunos sobrevivientes, sobre los cuales los gringos tambaleándose baleaban como tomando puntería en estado de ebriedad total. ¿En nombre de quién incendiaban y mataban aquellos hombres? Según ellos en nombre de la civilización que por supuesto tenía su cuna en los propios Estados Unidos. ¿Recibió Nicaragua alguna indemnización por haber incendiado una ciudad entera y haber quemado a los habitantes que no pudieron salir a tiempo?

Esta historia, con algunas variantes, nos acompaña periódicamente en Nicaragua. Los enviados del gobierno norteamericano llegan a Nicaragua, invitados por la clase política criolla, se comprometen a arreglar los asuntos internos, acto seguido descalifican a los menos obedientes, si la desobediencia cunde en el resto de ciudadanos, llegan refuerzos armados, imponen su voluntad y terminan incendiando y enterrando todos los esfuerzos internos para construir un proyecto nacional.

A comienzos del siglo XX la historia se repite. Ordenaron a Zelaya abandonar el país, nos impusieron sus enclaves y saquearon nuestros recursos naturales, se hicieron cargo del gobierno y de sus empresas y finanzas públicas, le hicieron la guerra a los rebeldes de entonces y asesinaron a sus principales héroes decidieron instaurar como presidente a destacados miembros de la familia Chamorro y nos impusieron el tratado Chamorro-Bryan.

A finales del siglo XX, la historia se repite, fueron invitados por la clase política para que vinieran a liberar al país de los patriotas de entonces, armaron a los descontentos y fomentaron una oposición armada y terrorista, provocaron de nuevo una guerra civil e impusieron de nuevo a la familia Chamorro. Después se hicieron cargo de los principales negocios del país y nos impusieron un leonino tratado comercial llamado CAFTA.

¿Cuántas veces más vamos a seguir invitándolos para que vengan a resolver nuestros problemas internos; cuántas ciudades más tendrán que incendiar o bombardear; cuántas veces más tendrán que aterrorizar a la población, saquear nuestro patrimonio y hacernos retroceder en los esfuerzos de reconciliación para construir un proyecto nacional; cuántos pretextos más y cuántas veces más vamos a seguir echándonos la culpa para disculpar al verdadero adversario político; cuántas veces más tendremos que abandonar nuestro quehacer cotidiano para poder encarar o empuñar el fusil para defender la soberanía y la dignidad nacional?