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Roberto Matta y la revolución
del espacio
Orlando Núñez Soto
Roberto Matta fue un chileno de ascendencia
vasca francesa, arquitecto de profesión,
dibujante y pintor de vocación. Vivió
en el Paris surrealista de los años 30
y fue, según Octavio Paz, el único
artista exitoso que ha influenciado una corriente
artística europea, lo que no lograron plenamente
ni Darío ni Huidobro.
La ventaja al observar, sentir, gozar, descifrar
o comprender la pintura de Matta, es el apoyo
de su poesía. Dicho de otra manera, para
nosotros, presionados a detectar nuestros sentimientos
con el auxilio de la razón, los versos
de Matta se acomodan bien a las formas, volúmenes
y colores que nos heredó en el papel y
en la tela. Herencia que tuve la oportunidad de
husmear gracias a las ilustraciones que la mujer
de Matta, Germania, le regaló a nuestro
amigo Miguel D´Escoto.
Matta viaja a Europa en busca de sus raíces
y en busca de las raíces del drama de nuestros
más lejanos orígenes. Aparece desde
entonces como un buscador de raíces, al
decir de su amigo Pablo Neruda. Entra por España,
a través de notables baquianos: Rafael
Alberti o Federico García Lorca. Este último
le entrega una carta de presentación para
Salvador Dalí, quien, a su vez, lo remite
a André Bretón, el autor de los
manifiestos surrealistas. En Paris se instala
en el taller de Le Corbusier. Conoce además
a Miró, Duchamp y otros artistas de aquel
ambiente encendido de rebeldía artística.
La pintura de Matta evoca fácilmente emociones
mentales, visualizadas en espacios re-formados
por su imaginación, escenas que hoy se
podrán emparentar con mucosas de un organismo
observado a través de un endoscopio, insectos
ampliados en el microscopio o imágenes
extraterrestres. "El arte, dice Matta, sirve
para ampliar la visión de la realidad,
para mostrar la arquitectura emocional que la
gente necesita para existir y vivir juntos, para
provocar la intuición de la emoción
latente en todo lo que nos rodea. Morfología
psicológica. Energía mental".
De París, Matta viaja a Nueva York, llevando
consigo su visión surrealista del mundo,
ese estilo que busca afanosamente cambiar los
valores a través del automatismo psicológico,
echando mano del humor y la mística, el
erotismo y los descubrimientos de la física
de la relatividad.
Al recrearse en la obra de Matta, uno tiene la
corazonada que, a través del espacio, el
artista quiere auscultar el tiempo, siguiendo
el hilo pretérito de la evolución,
invitando a quien la contempla a deslizarse subrepticiamente
en la vida orgánica e inorgánica
de su existencia, sometiendo el espacio a inimaginables
caprichos de la imaginación hasta entonces
poco trabajada. Desde la pintura, Matta nos grita:
¡"Venid, colmena de locos, a auscultar
el espacio invisible!". Y a través
de sus escritos nos confiesa: "Percibo, recibo,
manifiesto. Manifiesto espacios". Como nos
comenta Octavio Paz "sus cuadros no son transcripciones
de realidades vistas o soñadas, sino recreaciones
de estados anímicos y espirituales".
Es la necesidad, nos dirá Bretón,
de una representación sugestiva del universo
cuadridimensional, la voluntad de profundizar
la facultad adivinatoria por medio del color".
Al decir de Marcel Duchamp: "Su primera contribución
a la pintura surrealista y la más importante,
fue el descubrimiento de regiones del espacio,
desconocidas hasta entonces, en el campo del arte;
Matta siguió a los físicos modernos
en la búsqueda de su nuevo espacio, espacio
que, además de describirse en la tela,
no debía ser confundido con una nueva ilusión
tridimensional".
Sabemos que el arte es representación,
esta vez, en el surrealista Matta, representación
de imágenes desconocidas y reconocidas
a través de un radical y violento trastocamiento
del espacio hasta entonces conocido. Un espacio
que parece preceder a la materia. En palabras
de Debray: "Lo que Matta llama su realismo
del sur, es quizás el verdadero surrealismo:
no trabajar lo surreal, sino lo sub-real y la
inframateria, así como existe el infrarrojo
o el ultravioleta".
Y entre el tiempo y el espacio nos revela, en
instantáneas paradisíacas, el movimiento
y la velocidad, invitándonos a recorrer
el espacio sideral: "El tiempo de la luz
está medido/El reino de la noche no conoce
el tiempo ni el espacio/El rayo del ser/En las
fronteras del mundo/Porta los colores de la noche/El
cielo de indecible dulzura/Corona mi alma para
siempre". Así responde Matta a una
sugerencia de un amigo para que escribiera arquitectura.
Se trata de un telegrama que Bretón envía
desde México, donde se encontraba en compañía
de Diego Rivera y León Trotski. Se dice
que el prolegómeno que Bretón redactó
para el tercer manifiesto surrealista, que no
llegó a escribir, está inspirado
en la pintura de Matta.
Para Matta, el arte es revolución. Y su
revolución del espacio es un recurso pictórico
para romper los filtros del realismo, escudriñando
ontogenética y filogenéticamente
nuestro recorrido ancestral. "El hombre,
dice Matta, añora los oscuros empujes de
su origen que lo envolvían en paredes húmedas
y donde la sangre pulsaba muy cerca del ojo con
el ruido de la madre, necesitamos muros como sábanas
mojadas que se deformen o se amolden a nuestros
miedos psicológicos; brazos colgando entre
interruptores que lancen una luz que le ladre
a las formas y a sus sombras de color susceptibles
de despertar las mismas encías como esculturas
para labios".
Su pintura nos da la impresión de haber
sido pintada por niños emancipados de toda
censura racional. Lógica de sueños
y de visibles utopías, laberintos y encrucijadas
que prometen introducirnos en exóticos
amaneceres. "Yo quiero mostrar, nos dice,
la vida interior y sus conflictos con el mundo
exterior, lo que separa el "mi" profundo
del yo manifiesto, ese huracán de dudas
que llevamos en la cabeza y la evidencia material
a la que nos enfrentamos sin cesar". Observando
sus multifacéticas láminas, uno
siente la impresión que aquellas formas
han sido dictadas por seres extraterrestres con
manos invisibles, automáticamente. Sin
embargo, nos dirá Bretón, refiriéndose
a los jóvenes como Matta "el hecho
de optar por el automatismo no excluye, sino todo
lo contrario, que tome en consideración
los problemas más ambiciosos. Ninguna mirada
ha sido más penetrante que la de él,
al descubrir a su alrededor la semilla viva de
la belleza".
No se equivocaron sus contemporáneos mayores.
Rafael Alberti diría: "Matta es "un
talento que irá lejos". Y Duchamp
no titubeó al decir que Matta era "el
pintor más profundo de su generación".
La rebelión de Matta frente al espacio
convencional, lo acompañó en sus
ideales encarnados en revoluciones concretas,
solidarizándose y visitando las revoluciones
de su época: la revolución cubana,
la revolución chilena, la revolución
sandinista, posición que Octavio Paz no
le perdonaba (tampoco a Picasso, Neruda, Pound
o Eluard). Como el mismo Matta decía: "Pinto
para que la libertad sea algo más que una
estatua", como haciéndose eco de las
palabras del primer manifiesto surrealista escrito
por Bretón en 1924: "La imaginación
no puede cumplir mucho tiempo esta función
subordinada (refiriéndose al utilitarismo)
y abandona al hombre a su destino de tinieblas".
Hoy, el estilo surrealista del arte y la literatura
no brilla como entonces, pero la revolución
del espacio, sacudido hasta el límite de
sus formas habituales, perdurará gracias
a Matta, como antecedente de todo lo que habrá
de revolucionarse todavía entre cielo y
tierra. Ojalá que un día pudiéramos,
los nicaragüenses, junto a los jóvenes
pintores, contemplar de cerca una exposición
con los dibujos y pinturas de este genial artista
latinoamericano.
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