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Un Niño-Dios llamado
Amadeus Mozart
Orlando Núñez Soto
El verbo se hizo carne y habitó entre
nosotros, relató la antropología
cristiana, como reconociendo el lenguaje social
de nuestras divinidades. Antes del verbo estaba
la poesía, y, antes de la poesía,
la música; ésta, hecha de luz y
movimiento, habitaba el universo. Quien no tenga
arte (ni ciencia), tenga religión, decía
Goethe (el arte en tanto que representación
sensible, no de la idea como lo diría Hegel,
sino de la voluntad de vivir como lo pensaba Shopenhauer).
No hay duda que dios apareció como criatura
humana, hecha a imagen y semejanza de cada linaje
histórico, magna autoridad espiritual que
se forma, se conforma y se reforma en cada generación,
venida para compensar la disminuida identidad
histórica de nuestra maduración
humana.
La historia del cristianismo nos habla de un
niño-dios, adorado por los reyes magos,
luego nos relata al joven Jesús, deslumbrando
a los sabios del templo, posteriormente se pierde
su pista, apareciendo de nuevo más maduro,
amando carnal y espiritualmente (historia soslayada),
para finalmente morir, resucitar y alcanzar la
vida eterna.
No podría haber mejor homenaje, encomendado
por el hombre de la cultura occidental a su propio
género, que la historia del cristianismo,
con la cual compensa su desempoderada frustración
espiritual en la tierra, transformando en imágenes
su tortuosa soberbia. Historia que ha tenido la
virtud de haberse trasmitido y comunicado, en
versión popular e infantil, en cada generación,
hasta nuestros días. Lo que no puede decirse
de otras creaciones, aunque las mismas hayan tenido
similares creadores y simpares criaturas: es el
caso de Mozart.
En el campo de la música, apareció
hace doscientos cincuenta años, otro niño-dios
llamado Amadeus Mozart, violinista y pianista
consagrado desde sus primeros años de edad,
divinidad musical universal que deslumbró
a los genios musicales antes de cumplir sus cinco
años.
A diferencia de Jesús, guardamos y reproducimos
a voluntad, los milagros musicales de Mozart.
Con Mozart podemos decir que llegó la hora
en que la armonía del universo se hizo
música y se convirtió en arte universal,
capaz de fertilizarse en ese potencial sensible
que todos llevamos en el alma.
Mozart fue en todo el sentido de la palabra un
niño prodigio, un niño-dios. Sí,
un niño-dios, porque tuvo en sus manos
el poder absoluto, por encima de los músicos
de su tiempo y de todos los tiempos, pues como
dice Hauser: "la historia de la música
no tiene nada que ver con el progreso de su calidad".
Un dios de la música que despertó
la envidia del mismo Satanás.
El sonido de la envidia
Los dioses no mueren, reza la convicción,
y si muere resucitan. Jesús fue asesinado
y sepultado, pero resucitó entre los muertos,
vengado por la religión a punta de culpa
sobre sus descendientes. A Mozart no se sabe donde
lo enterraron ni quien lo mató, pero la
leyenda del arte se encargó de vengarlo,
dejándonos la íntima y tormentosa
encrucijada entre la envidia y la gratificación.
Entre las historias que se cuentan sobre la muerte
de Mozart sobresale el relato dramático
de uno de los grandes profetas del arte romántico:
Alexander Sergueievich Pushkin, plasmada en una
obra de teatro llamado Mozart y Salieri, llevada
a la ópera posteriormente por Rimski Korsakov
y finalmente al cine por Milos Forman, bajo el
nombre de Amadeus. Según esta leyenda,
un noble de la corte llamado Antonio Salieri hace
el papel de Satanás, resentido por sentirse
castrado del poder musical de Mozart y por la
envidia que lo carcome al ver en el espejo de
la relatividad su propia mediocridad.
Cual Luzbel, Salieri rompe con el Padre Eterno
y se convierte en Lucifer, desencantado de la
justicia divina, a juzgar, confiados, por la sensibilidad
de Pushkin, quien pone en boca de Salieri la renegada
confesión: "No hay justicia en este
mundo. Más tampoco en lo Alto", desprendiéndose
así de sus sagradas creencias. " !Oh,
Cielo! , ¿qué justicia es ésta?
¿Justo es acaso que el don sagrado, que
la llama eterna, no sea el premio a la plegaria,
a la fatiga, al trabajo, al sacrificio, al amor
que quema, sino la luz que ilumina la cabeza de
un alegre despreocupado, de un loco? ¡Oh
Mozart, Mozart!" El prodigio del otro lo
resiente y decide envenenar a Mozart, suplicando
a su remordimiento: "¿Qué ganamos
con que Mozart viva, y otras cumbres más
escale? ¿Acaso él elevará
el arte? ¡No! Tan pronto como se haya ido,
el arte caerá nuevamente! Pues el genio
no deja herederos. Como un querubín, aquí,
a esta tierra, del paraíso trajo sus canciones,
y en las almas de los hijos del mundo, inalcanzables
ansias despertó, para después levantar
vuelo. ¡Entonces, vuela, sube cuanto antes!
Aquí está, ponzoña: el regalo
postrero de mi amada, de Isora".
Pero en el pecado de Salieri estuvo su propia
penitencia: al verter su veneno, Salieri envenena
su propio corazón, al escuchar de Mozart
las palabras que lo queman y le arrebatan su placer
victimario: "Incompatibles son el genio y
el crimen. ¿No es verdad?", le dice
Mozart inocente y sonriente.
Viendo Salieri morir a Mozart, el infierno eterno
lo tortura y le dice: "Largo será
tu sueño, Mozart. 'Incompatibles son el
genio y el crimen'. Entonces, entonces, no soy
un genio
¡Oh no!, No es verdad".
Los milagros de Mozart
Hace un cuarto de milenio que murió envenenado
por los hombres el genio de la música,
el que logró reproducir los sonidos del
universo, resucitando en cada melodía,
quien desde entonces viene a calmar con su réquiem
la tristeza que como humanos nos castiga y nos
devora.
Los milagros de los dioses, como bien lo saben
los pastores de hoy, requieren, en primer lugar,
la confesión de los pecados de la víctima
crucificada, en segundo lugar la aceptación,
por parte de quien espera el milagro, de padecer
las mismas debilidades que el adorado. En este
caso, el mal que alivia la música de Mozart
es aquella profunda tristeza que arranca las ganas
de vivir del deprimido. Para quienes no la han
sufrido, la depresión transporta al enfermo
a un estado de vegetal sufriente, incapaz de sentir
cualquier deseo de vivir entre los hombres y para
quien los modernos psiquiatras, al igual que los
griegos, recomiendan músicoterapia, el
antídoto melodioso contra las fobias.
Mozart cumple el primer requisito del milagro,
pues sufrió en carne propia lo que entonces
se llamaba el síndrome de Tourette, fobia
que le aceleró la muerte, cualquiera que
haya sido la causa orgánica de su deceso.
Ahora bien, si los milagros del cristianismo sólo
le llegan al creyente, los milagros de la música
de Mozart, sólo le llegarán al sintiente,
capaz de filtrar la danza a que nos somete la
alta frecuencia de la energía musical de
Mozart, (125-900 hertz), sobresaliendo entre las
más recomendadas, la sonata K-448.
Alabado sea, pues, Mozart, el niño-dios
de Salzburgo: escuchémoslo reír
a carcajadas, desafiando la moralina de la vieja
realeza, encarnando la armonía y ofreciéndonos
desde el cielo de las artes, la temporalidad de
los estilos musicales. Si la belleza es la promesa
de la felicidad (Stendhal), la música que
llega es la felicidad misma. Bienaventurados aquellos
que logran la bendición divina del prodigio
musical de Amadeus Mozart, muerto a los 35 años
y recordado hoy por los penitentes de su gracia.
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