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El asalto a Nicaragua
Orlando Núñez
Soto
Nicaragua es un pequeño país que
ha sido asaltado desde que nació. Sus recursos
naturales fueron saqueados en nombre de la civilización.
El intercambio desigual sigue drenando todos nuestros
esfuerzos en nombre del comercio libre.
Los presidentes centroamericanos vienen a solidarizarse
con el presidente de Nicaragua, pero asaltan la
soberanía de sus aguas marítimas
en el Mar Caribe o en el Río San Juan.
La Corte Centroamericana de Justicia acepta 500,000
dólares del presidente de Nicaragua para
indemnizar con 160,000 dólares a cada uno
de sus magistrados, a cambio de respaldarlo ante
la Corte Suprema de Justicia de su país,
a pesar de que cada uno de los presidentes centroamericanos
ha rechazado el mandato de esta misma corte cuando
lo consideraron inaceptable.
Los últimos tres gobiernos de Nicaragua
impusieron la ley de la impunidad para los saqueadores
del Estado. El gobierno que tenemos no reconoce
la ley cuando perjudica a sus ministros corruptos,
pero la reconoce cuando aprueba leyes lesivas
a la nación entera, como la ley de Bonos
de Inversión Turística. La embajada
norteamericana llama a desconocer la mayoría
parlamentaria liberosandinista, pero apura al
parlamento y le concede legitimidad para que ratifique
el tratado comercial con los Estados Unidos. El
gobierno de Nicaragua desconoce a la Corte Suprema
de Justicia cuando contradice sus desmanes, pero
la aplaude cuando revierte la ley contra los megasalarios
que drenan inmisericordemente el presupuesto nacional.
Una embajada extranjera apoya a un ONG para criticar
la política de privatización de
los servicios públicos del gobierno de
Nicaragua, pero se hace cargo de los trámites
de una empresa de su país para que compre
ese mismo servicio público.
El gobierno, la clase política, la Prensa,
los ONG, la ciudadanía en general exigimos
respeto al poder judicial, a pesar de que todos
contribuimos a la corrupción generalizada
de ese mismo poder judicial, pagando lo que nos
dicen pagar los jueces por trámites supuestamente
dispensados por la ley, o los abogados para pagar
la coima al juez más pequeño, o
los policías en cada esquina por malas
maniobras, o las empresas del servicio público
privatizado por aumentos descomunales en las tarifas,
o los trabajadores que nos reinstalan la energía
eléctrica y el agua potable a cambio de
una coima.
Algunos dueños de medios de comunicación
despotrican contra el parlamento cuando altera
la ley de exoneraciones y acusan de corrupción
a los diputados, pero no les parece mal ahorrarse
sumas millonarias por importación de bienes
personales. Algunos diputados se quejan de la
crítica cotidiana contra el ejercicio parlamentario,
pero callan cuando alguno de sus colegas realiza
negocios ilícitos traficando influencia
y despojando a gente humilde.
Algunos funcionarios de organismos privados se
ganan la vida criticando a las autoridades en
general, pero andan en vehículos de la
institución y utilizan el combustible de
la institución para trámites personales;
piden dinero a la cooperación internacional
para actividades que no realizan. Otros critican
a los banqueros porque vendieron bonos al gobierno
a un precio mayor al 20%, pero se dedican a cobrar
intereses superiores al 60% a la gente pobre que
necesita crédito. Algunos consultores privados
critican al gobierno porque el presupuesto no
ajusta para todos, pero aceptan cobrar a nivel
personal 40,000 dólares por un estudio
que igualmente queda engavetado en el escritorio
de algún ministerio. A su vez, los mismos
funcionarios internacionales que nos entregan
esta información, confiesan no poder hacer
nada porque ellos viven de esas mismas gestiones.
Algunos disidentes políticos abandonan
su partido por anomalías insoportables,
pretendiendo lavarse la cara inmediatamente por
anomalías en que ellos mismos están
involucrados hasta la coronilla. La gente en general
se queja de la corrupción y de la delincuencia
generalizada, incluyendo los que roban en los
buses, los que desvalijan vehículos, los
que violan y asesinan, los que golpean a sus mujeres.
Algunos intelectuales despotrican a diario contra
la clase política y levantan la voz en
nombre de la dignidad nacional, pero llegan a
casa del embajador de los Estados Unidos a pedir
orientaciones políticas para justificar
el dinero que reciben de los Institutos Norteamericanos
por la Democracia.
Sin embargo, se ha puesto de moda hablar de ética
y transparencia, tanto que los otrora sacrosantos
vocablos se desgastan a diario, volviendo sospechoso
a quien los enarbola. Mientras tanto, el poder,
el dinero, el control de los medios, hacen su
agosto para distribuir legitimación o deslegitimación
a diestra y siniestra. A pesar de todo esto, los
ideólogos de la empresa privada siguen
recomendando que nos dejemos guiar por las leyes
del mercado, sin decirnos que tales leyes atizan
el apetito y exacerban los vicios individuales.
Algunos sacerdotes y algunos pastores dirán
que todo esto es culpa del diablo, otros tantos
creyentes dirán que Dios está con
ellos y que el chivo expiatorio es su adversario;
los demócratas nos dirán basta con
cambiar de gobierno para que todo se resuelva,
advirtiéndonos de no caer en la tentación
de recurrir al Estado para que regule la conducta
ciudadana; los más atrevidos dirán
que nos hemos corrompido y que empecemos a hacer
justicia matándonos entre nosotros, aunque
no quede nadie para contarlo.
La verdad es que cada vez se nota más
la erosión espiritual que carcome las instituciones
y nuestra propia conducta, sin que las leyes morales,
políticas, o económicas le presten
auxilio a sus compañeras de antaño.
Quizás todos tengamos una cuota de responsabilidad
que no eliminaremos buscando chivos expiatorios
y quemando brujas a diestra y siniestra, incluyendo
la misma gente humilde que padece este asalto
generalizado. Pero la historia ha mostrado que
quien más puede empeorar o mejorar las
cosas son aquellos que estamos situados en algún
lugar de responsabilidad, por ser mayor el ejemplo
que se propaga a diario, para bien o para mal:
los dirigentes de los poderes del Estado, los
dirigentes políticos, los dirigentes intelectuales,
los dirigentes de los ONG, los dirigentes espirituales,
los dirigentes de barrio.
Creo que lo peor que nos puede pasar es creer
que el asalto de todos contra Nicaragua, podemos
enmendarlo generalizando el odio de todos contra
todos, en nombre de nuestra propia pureza material
y espiritual, real o autoconcedida.
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