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Una terciarización dependiente y empobrecedora de nuestra economía
Orlando Núñez Soto

La primera revolución económica de los tiempos modernos fue la revolución agrícola, la segunda fue la revolución industrial, y la tercera parece ser la revolución terciaria o postindustrial. El orden parece ser necesario, pues hasta ahora ningún país ha podido pasar a la revolución industrial sin haber concluido su revolución agrícola, tampoco se puede pasar a la revolución terciaria sin haber agotado la revolución industrial.

En los países más desarrollados del mundo entero el aporte del sector primario (agropecuario) y secundario (industrial) al Producto Interno Bruto, es cada vez más pequeño, mientras que el aporte del sector terciario, (transacciones de servicios), es cada vez más grande, sobrepasando el 50% y hasta el 80%. Esto parece significar que la demanda efectiva de bienes agrícolas e industriales está saturada, puesto que la productividad de las actividades primarias y secundarias es tan grande que cada día se invierte menos tiempo de trabajo para satisfacer el consumo de bienes agropecuarios e industriales. En estos países desarrollados esta situación no tiene mucho problema pues la demanda efectiva, es decir, la demanda de los que pueden pagar y consumir los productos agrícolas e industriales, es bastante cercana a la demanda general de la población, particularmente en lo que respecta a los productos de consumo básico.

En países como Nicaragua, la revolución agrícola todavía no se ha producido, mucho menos la revolución industrial, sin embargo, el aporte del sector terciario al Producto Interno Bruto (PIB) ya sobrepasó el 50%. Por supuesto que nadie pensará que nosotros ya concluimos la revolución agrícola y la revolución industrial y que por lo tanto estamos ya en la revolución terciaria.

Esta afirmación no la podríamos haber hecho hace un par de años, cuando las cuentas del banco central se registraban con un año base anclado en 1980, pero ahora que el año base ha sido anclado en 1994, como lo orientase el sistema de las Naciones Unidas, el aporte del sector terciario al PIB aparece más alto, mientras que el aporte de la agricultura y de la industria aparece mucho más bajo. El descenso en parte es debido ciertamente a la caída internacional de los precios de nuestros productos agrícolas, en parte al descenso de las exportaciones industriales a raíz del desmantelamiento arancelario de los gobiernos Chamorro-Alemán, pero sobre todo al aumento de las transacciones del pequeño comercio, vinculado a su vez al significativo peso, absoluto y relativo, que tienen las remesas familiares del exterior y su impacto sobre el consumo de bienes importados y por lo tanto sobre las cuentas del Producto Interno Bruto. De otra manera no podría explicarse que un país con un déficit comercial tan grande y sumido en una pobreza extrema, pueda registrar un volumen comercial interno tan exagerado.

La diferencia se explica porque en los países desarrollados y postindustriales, la revolución terciaria está vinculada a la tecnología de punta (computación, telemática, robotización, nuevos materiales, etc.), mientras que en nuestros países la terciarización de la economía está ligada al pequeño comercio y a los servicios de consumo de bienes importados.

Esto nos hace pensar que nuestra economía tiene una tendencia cada vez menos primaria o agropecuaria, cada vez menos secundaria o industrial y cada vez más terciaria o de servicios ligados al pequeño comercio. En otras palabras, y sabiendo que el sector terciario de servicios está ligado a las ciudades, seguimos con el viejo modelo que desde hace muchos años nos acompaña, el de una urbanización sin industrialización, producto de la ofensiva comercial externa y del bloque del desarrollo agropecuario e industrial.

Esta situación de terciarización, pero sin revolución agrícola ni industrial, nos arrastra a un modelo de terciarización dependiente, sin ninguna viabilidad económica, toda vez que el ingreso y el consumo no dependen de la producción interna ni mucho menos de las divisas por exportación material o de servicios, sino del endeudamiento externo e interno del gobierno y de las remesas familiares recibidas por la gente pobre.

Sería bueno que aquellos sectores que presionan por la ratificación del tratado comercial con los Estados Unidos, sepan que el aperturismo unilateral y su apuesta al esquema de maquilas-centros comerciales, profundizarán la terciarización dependiente, pues ni las maquilas ni los centros comerciales desarrollan la producción interna. En este caso, la invasión de mercancías del exterior seguirá quebrando a la agricultura y a la industria local, expulsando al excedente laboral hacia la migración interna y externa, lo que a su vez seguirá profundizando la terciarización dependiente y empobrecedora.