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La Elite Criolla y los Hijos Ilegítimos
Orlando Núñez Soto

La élite criolla nicaragüense es descendiente de los colonizadores españoles radicados en Nicaragua y herederos políticos de la Corona española a raíz de la independencia de nuestro país, en la primera mitad del siglo XIX.

Las familias pertenecientes a la élite criolla son un grupo bastante reducido, pero con una gran influencia económica, social, política y cultural sobre los poderes nacionales y sobre la población en su conjunto, debido en parte al control de las ideas, creencias y pautas de conducta por ellas mismas establecidas.

Uno de sus principales recursos para mantener la hegemonía o monopolio de la ideología, es el ejercicio de legitimación del estatus jerárquico impuesto durante varios siglos de dominación cultural. Esta hegemonía se inicia con el supuesto de que ellos son los únicos y legítimos herederos del patrimonio nacional, incluyendo la mano de obra y la mente de los habitantes de estas tierras, por el hecho de ser los descendientes de la Corona española. Por ello es que estas familias le dan tanta importancia al apellido, es decir, al abolengo (estirpe del abuelo) o la alcurnia (noble cuna), así como a la fidelidad a los valores de la madre patria.

Esta fidelidad a la madre patria nos la recuerda recientemente Jorge Eduardo Arellano en palabras que Juan Aurelio Cuadra le hiciera a su hermano el presidente don Vicente Cuadra, en ocasión de la toma de posesión de la presidencia de la república de Nicaragua. "Qué estás esperando para devolver esta republiquita a sus legítimos dueños: los reyes de España" (diario La Prensa, 20 de junio del 2005). Estas familias criollas, buscando como mantener la fuente de la legitimidad, recurren permanentemente a recordarnos sus viejas ascendencias, así como su denodado esfuerzo por mantener la pureza del origen, casándose entre ellos y evitando el reconocimiento de sus hijos ilegítimos.

Los lectores pensarán que estas vanidosas estratagemas no son más que excentricidades privadas sin ninguna repercusión en la vida pública. Sin embargo, pareciera que la legitimidad e ilegitimidad de una identidad familiar también ha servido para justificar la legitimidad e ilegitimidad de las identidades o de las clases políticas. La verdad es que no debiera de parecernos extraño, pues precisamente la estirpe familiar siempre estuvo cruzada con el resto de aparatos de dominación, a saber, el gobierno, las jerarquías militares y religiosas, las haciendas o los bancos, los saberes y los puestos académicos, los medios de comunicación. Pero sobre todo, los símbolos y valores de la reputación, el prestigio, la legitimación, el reconocimiento, la imagen cotidiana de las jerarquías sociales.

En estas familias se ha encarnado y concentrado la función correspondiente a las clases dominantes (explotación, gobierno y dirección cultural), reconociéndose fácilmente los apellidos que durante varios siglos han ocupado todos los cargos relevantes en el enjambre del poder, siendo su identidad política más orgánica: el partido conservador.

Señores y mengalos

Durante el siglo pasado, asistimos a un proceso de ruptura de los esquemas familiares dominantes. La revolución liberal comenzó a romper la cultura del viejo régimen conservador, iniciando así la modernidad y el desarrollo del capitalismo nacional.

En diferentes períodos de la historia de aquel siglo, los señores fueron desplazados o tuvieron que compartir el poder político y económico con la plebe liberal y sandinista, o como ellos suelen decir, con los mengalos, es decir, gente sin apellido conocido, sin alcurnia racial, sin abolengo superior de clase.

Hoy en día, el rostro público de estos señores, aparece desvalido de los poderes tradicionales. El partido liberal, otrora principal aliado durante los gloriosos pactos chamorro-somocistas, los abandonó. Su vínculo con el Frente Sandinista durante la insurrección anti-somocista (grupo de los doce) ha venido debilitándose. La iglesia católica, vieja amiga en los ritos y en los mitos, los abandonó. Algunos grupos de la Resistencia Nicaragüense y algunos partidos y personalidades de la gloriosa Unión Nacional Opositora, los abandonó. Hoy, el ejército y la Policía, se deben más a la constitución que a los favores familiares o partidarios, siendo inútiles por tanto para recobrar el poder perdido.

Sólo queda recurrir, a la gente, como en los viejos tiempos de las levas. Mozos, peones, fieles trabajadores, funcionarios menores venidos a menos, conciudadanos en valores, intelectuales medio pelo, en fin, hijos ilegítimos pero leales a la estirpe del patrón.

Sin embargo, el desencanto llegó a sus límites. En las últimas elecciones municipales, los mengalos, liberales y sandinistas del FSLN y de la Convergencia, obtuvieron alrededor del 90% de los votos, mientras que el APRE obtuvo el 9,5% de los votos. La democracia liberal que se estrenó el siglo pasado, amenaza con extinguir las viejas glorias políticas del estilo y del patrimonio familiar.

No queda otra opción que recurrir a la autoridad de la estirpe. Desconocer el apellido liberal y sandinista, descalificar a los mengalos, destrozar la reputación de los infieles, difamar y calumniar a diestra y siniestra, reconstruir el santo oficio de la ilegitimidad política. Sacar del confesionario privado al oráculo de la culpa y la vergüenza, con el fin de hundirnos de nuevo en la infamia del ostracismo social por aquellos que distribuyen la bendición del reconocimiento.

Ciudadanos nicaragüenses, ¿para qué elecciones si el resultado no será reconocido por los legitimistas de siempre? ¿Cómo vamos a alcanzar la reconciliación, o la unidad o el diálogo nacional, si por nacimiento la mayoría somos hijos ilegítimos, clase ilegítima, raza ilegítima, apellidos ilegítimos, partidos ilegítimos, de la madre patria, y además irredentos desobedientes del padrastro imperial?

Ante semejante descaro, sólo queda, o regresar esta republiquita a sus "legítimos dueños" (¿las empresas transnacionales?), o decidir emanciparnos definitivamente a través de una insurrección cultural generalizada.