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La alianza antioligárquica entre liberales y sandinistas
Orlando Núñez Soto

Todo partido que trabaja bajo las reglas de la democracia representativa tiene derecho a buscar y ejercer espacios políticos institucionales para conseguir sus objetivos, independientemente que estemos de acuerdo con su ideología, su pasado o el comportamiento de sus líderes.

Partiendo de este derecho, muchos analistas se preguntarán si existen condiciones, coyunturales o históricas, para una alianza entre liberales y sandinistas, o más precisamente entre el FSLN y el PLC. Y si es así, cuál es la racionalidad objetiva que la sustenta. En mi opinión, la misma descansa en intereses objetivos de ambas fuerzas frente a una tercera fuerza política, en este caso, la coalición de la oligarquía conservadora y el injerencismo norteamericano. Su posibilidad o fortalecimiento dependerá del grado de independencia que liberales y sandinistas tengan en relación a la oligarquía conservadora y al imperialismo norteamericano.

Pactos, acuerdos y alianzas

Un pacto político nace como una relación personal y privada entre dirigentes o cúpulas que representan a una organización política. Los pactos pueden evolucionar hacia acuerdos o alianzas, aunque por lo general son percibidos con recelo por parte de la población amplia y hasta por la propia organización política, en nombre de la cual se emprenden.

Los acuerdos políticos se incuban públicamente entre organismos políticos, en este caso partidos políticos, que discuten la conveniencia de un arreglo entre las diferentes fuerzas contendientes, incluso entre diferentes tendencias al interior de una misma fuerza política. Los acuerdos políticos versan sobre temas parciales, manteniendo cada uno su identidad y su posición propia sobre muchos otros temas. Cuando participan muchos sujetos en el acuerdo se habla de convergencia.

Una alianza es un acuerdo amparado en un marco ideológico más amplio y sostenido, con un alcance mucho mayor, aunque no llega a la unidad, y con la posibilidad de compartir espacios políticos comunes y hasta de encarnarse en leyes que satisfacen los objetivos políticos de cada una de las fuerzas involucradas.

En los pactos, acuerdos y alianzas, encontramos un discurso público, unas razones internas y hasta intereses particulares no confesados. Sin embargo, para el análisis político sólo cuentan los hechos políticos relacionados con la correlación de fuerzas resultante para los fines perseguidos, no las motivaciones personales o el comportamiento moral de las personas --esto es lo que la ciencia política aprendió desde hace quinientos años del florentino don Nicolás Maquiavelo, quien tuvo la osadía de separar tal ciencia de la disciplina religiosa. Desde entonces, existe un diálogo de sordos entre la sociedad política, para quien el fin justifica los medios, y la sociedad civil, para quien los medios justifican el fin.

La política de negociación del FSLN

La política de negociación del Frente Sandinista nace durante la guerra insurreccional, primeramente al interior de esta misma fuerza política, cuando para una tendencia no había peor enemigo que las otras tendencias; posteriormente, con la burguesía y oligarquía, opositores al somocismo, con el objetivo de derrocar a Somoza; finalmente con la Guardia Nacional y con el propio imperialismo (enemigos a muerte del FSLN), en ocasión de la salida del dictador. En aquellos momentos, la unidad entre las tendencias fue señalada por algunos compañeros como pacto entre cúpulas. Asimismo, los acuerdos con la burguesía, el somocismo y el imperialismo fueron tildados de capitulación ideológica.

Durante la guerra antiintervencionista, el FSLN empezó una agresiva política de contención, tregua y acuerdos con las principales fuerzas que adversaban la revolución, tales como la Contrarrevolución y el Departamento de Estado norteamericano que la financiaba. Estos acuerdos fueron calificados por muchos militantes como traición a los héroes y mártires. Aquí el objetivo común era la paz y la contención de una agresión destructiva de la sociedad nicaragüense.

Durante la transición, el FSLN firma el famoso Protocolo de Transición, o acuerdo con la oligarquía, por el cual ambas fuerzas se reconocen mutuamente y reconocen la nueva situación política de la nación nicaragüense. Yo estuve entre quienes criticaron fuertemente tal acuerdo, no tanto por su contenido, sino porque oxigenaba la posibilidad de una alianza con la oligarquía, la cual considero nociva para la identidad política del FLSN. Posteriormente, el FSLN emprende una política de convergencia con algunos partidos de la agrupación que hizo posible, junto a la contrarrevolución y el imperialismo norteamericano, la derrota electoral del FSLN, me refiero a la Unión Nacional Opositora (UNO).

Más recientemente, el FSLN incursiona su política de entendimiento y respeto con uno de los adversarios ideológicos más furibundos durante la mayor parte de su vida política, como ha sido la jerarquía de la iglesia católica, independientemente de las razones religiosas o ideológicas que cada fuerza política tenga.

El contacto entre el FSLN y el PLC nace a partir de que ambas fuerzas políticas perciben una manifiesta ofensiva de la oligarquía y del gobierno norteamericano para descabezar el liderazgo de sandinistas y liberales. El trasfondo económico y político de esta ofensiva está en la necesidad de apuntalar los intereses de la globalización neoliberal, lo que incluye debilitar el estado nacional, el capitalismo nacional, el mercado interno, así como toda resistencia social o política a los designios económicos e ideológicos del imperio y de los conservadores, ¡razones axiológicas siempre sobrarán, en uno u otro bando!

En el caso concreto de la alianza entre el FSLN y el PLC, tuve la iniciativa, para bendición o maldición de mis lectores, de plantearle al Comandante Ortega la conveniencia de una alianza antioligárquica entre liberales y sandinistas, lo que me valió, incluso al interior del FSLN, la acusación de somocista. Mi estancia en las cárceles somocistas en 1970, posterior a mi estancia en un campamento cubano en 1968, permitió que le dieran a mis razones el beneficio de la duda. Ya había experimentado acusaciones parecidas debido a mi práctica de acercamiento con las organizaciones contrarrevolucionarias al inicio de los años noventa: los campesinos tenían que unirse frente al enemigo común, a pesar del juicio que entonces cada uno tenía de los líderes y de las acciones de cada una de las fuerzas políticas.

Si obviamos el viejo axioma de la historia tradicional, hoy borrado por la sociología, de que son los reyes o los generales o los notables quienes hacen la historia, y recurrimos a un análisis más cercano a las contradicciones del sistema económico y a la intervención de las fuerzas sociales, fácilmente podemos sostener que objetivamente, liberales y sandinistas tienen más afinidad entre ellos que con el bloque oligarquía-imperialismo. Una alianza libero-sandinista debiera ser respaldada hasta por la burguesía nacional, hoy desplazada por las corporaciones transnacionales, y por supuesto mucho más por los pequeños y medianos productores, que sustentan la mayor parte del capital social, todos ellos golpeados por las políticas neoliberales.

Estoy convencido que si la alianza antioligárquica y antiinjerencista no avanza, como hasta ahora lo ha hecho, a juzgar por las leyes anti-neoliberales que ambas bancadas han aprobado en la Asamblea Nacional, las contradicciones del capitalismo nacional seguirán forzándola. Al menos mientras no exista otro bloque más progresista y con mayor fuerza que aquel integrado por los partidos PLC y FSLN.