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La democracia gira hacia la izquierda
Orlando Núñez Soto

Hasta hace poco el derecho a participar en las elecciones era la manzana de la discordia que dividía políticamente a las sociedades latinoamericanas. Unos a favor de una democracia para todos y otros a favor de una democracia restringida a las élites dominantes, muchas veces de carácter dictatorial y casi siempre excluyendo todo movimiento tendiente a cambiar las cosas. Llegó un momento en que, paradójicamente, gran parte de los regímenes llamados democráticos del continente estuvieron gobernados incluso por dictadores abanderados de la democracia electoral. En aquella época quienes queríamos participar en política para cambiar las cosas teníamos que optar por la lucha armada.

Hoy por hoy, las dictaduras han desaparecido y poco a poco los movimientos progresistas, izquierdistas e incluso socialistas, comienzan a participar en las elecciones, no sin enfrentar golpes de estado cuando el voto popular los favorece, tal es el caso paradigmático de Salvador Allende, quien fue desplazado del poder por las armas de una fuerza militar con apoyo del gobierno norteamericano, o el último intento de golpe de estado contra Chávez en Venezuela emprendido con el beneplácito de Washington.

Vale la pena señalar que la división electoral nunca fue entre ricos y pobres, pues de ser así siempre hubieran ganado los pobres. Las diferencias siempre fueron ideológicas, en las que los pobres más bien votaban por los ricos, incluso por los dictadores. En aquel entonces lo que contaba era la forma de elegir a los gobernantes. A partir de las revoluciones populares del siglo pasado, el contenido de las contiendas electorales cuenta tanto como su forma y la democracia se amplía en proyectos y gente que se suma a ella.

Hoy en día, nuestras sociedades están divididas por dos proyectos sociales y económicos. Un proyecto, a favor del orden establecido: mercado de competencia y monopolio, privatización de empresas y servicios públicos, intervención económica de las políticas de Washington y de las corporaciones transnacionales, hegemonía de la oligarquía, valores tradicionales alrededor de la familia, el estado y la sociedad. Otro proyecto, de carácter reformista, no necesariamente revolucionario, que postula cambios tendientes a disminuir la brecha entre ricos y pobres, adversando el comportamiento monopólico del mercado, defendiendo la soberanía nacional frente a las grandes potencias, levantando políticas a favor de los productores nacionales (incluyendo a los empresarios), e incorporando además los valores más progresistas del momento (la liberación de la mujer, respeto al equilibrio ecológico, autonomía y empoderamiento de los sectores sociales, estado de derecho y estado de bienestar, desplazamiento de la hegemonía oligárquica). Cada proyecto adquiere diferentes nombres según los diferentes partidos o agrupaciones políticas, aunque el común denominador que se utiliza para referirse a los mismos es el de derecha e izquierda.
Por supuesto que estamos hablando de tendencias no exentas de traslapamientos y contradicciones en cada uno de los simpatizantes o militantes en cada proyecto.

En términos generales podemos decir que el contenido reaccionario que adquirían las formas democráticas del continente gira progresivamente hacia la izquierda, a partir precisamente de las luchas populares contra las dictaduras militares, regímenes que durante más de un siglo azotaron nuestras naciones. Aunque las razones más profundas del cambio tienen que ver con el desplazamiento económico de las burguesías nacionales por parte de las grandes corporaciones transnacionales, las que han dado pié a una alianza entre los movimientos de izquierda y los empresarios nacionalistas.

Ha quedado atrás el panorama electoral donde liberales y conservadores se disputaban el gobierno en las contiendas electorales. Ahora la división no es más entre liberales y conservadores, sino entre proyectos de derecha y proyectos de izquierda, lo que de por sí, independientemente de quien gane las elecciones, es un cambio trascendental. Sin embargo hay dos cosas más que nos hace afirmar que la democracia está girando hacia la izquierda. Lo primero es que las alianzas entre movimientos de izquierda y empresarios nacionalistas están abanderadas por líderes o partidos de izquierda, lo segundo es que tales coaliciones están ganando por abrumadora mayoría, tanto alcaldías como presidencias nacionales, duplicando muchas veces en términos absolutos y relativos las antiguas victorias de liberales o conservadores.

El caso brasileño o venezolano ilustra fuertemente nuestra afirmación de que la democracia gira hacia la izquierda, independientemente cuan izquierdista sea Lula o Chávez. Lo cierto es que Brasil ha logrado pararle las patas al imperialismo norteamericano en su empeño de globalizar a su favor el mercado sudamericano, al mismo tiempo que Venezuela les arrebató el recurso más deseado de las transnacionales y la oligarquía, como es el petróleo. Siendo ambas cosas suficiente factor de alteración del orden establecido en el continente americano y una de las cosas que hoy por hoy se ha constituido en denominador común de los movimientos progresistas, izquierdistas o socialistas en América Latina: la lucha contra el ALCA y la defensa de los recursos naturales, tales como el petróleo, el agua, el gas, los minerales, la biodiversidad, otros.

Finalmente, vale la pena anotar que las nuevas banderas están siendo reivindicadas tanto por la izquierda política como por lo que hoy llamamos la izquierda social, lo que permite agitar tales banderas a nivel cotidiano, más allá de los momentos electorales y más allá de las urnas.