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¿Hegemonía
presidencial o división de poderes?
Orlando Núñez
Soto
Se dice que el Presidente Bolaños está
perdiendo hegemonía institucional, a favor
de la Asamblea Nacional, consignada como el primer
poder del Estado. ¿Qué grado de
hegemonía debería tener el Poder
Ejecutivo? ¿Es compatible la hegemonía
presidencial con la división de poderes,
estipulada por la Constitución de la República?
¿Cuál es el trasfondo ideológico
de esta polémica?, es parte de lo que quisiera
compartir con ustedes.
En la democracia liberal, los presidentes son
electos por el partido que obtiene más
votos en las urnas electorales. Ahora bien, dado
que en las elecciones participan varios partidos
políticos, un presidente sale electo finalmente
con los votos de su partido, es decir, con una
cantidad de votos que difícilmente pasa
del 50% de los ciudadanos que tienen derecho al
voto, habida cuenta del grado de abstención
de la población votante. En otras palabras,
al presidente ganador se le adjudican todos los
votos, aunque solo goce del apoyo de una minoría
electoral.
En Estados Unidos por ejemplo, donde la abstención
pasa del 50% y los partidos demócrata y
republicano se reparten los votos mitad y mitad,
los presidentes son elegidos apenas con el 30%
de los votantes. En Nicaragua, donde la participación
en las elecciones presidenciales gira alrededor
del 80%, podemos decir que el Presidente Bolaños
fue electo con un poco menos de la mitad de los
nicaragüenses con derecho a votar.
Por otro lado, y sobre todo en las democracias
recién instauradas, el Presidente se mantiene
en el poder hasta que termina su mandato, teniendo
la población que aguantarlo haga lo que
haga. Es así que el Presidente y todos
sus funcionarios, se convierte prácticamente
en dictador democrático, valga la contradicción.
Es decir, electo democráticamente, pero
con un cheque en blanco para hacer lo que quiera,
sin que nadie tenga la posibilidad de hacer algo
para detenerlo. Si a esto le agregamos que la
famosa división de poderes pocas veces
funciona, tenemos como resultado un presidente
con una alta cuota de hegemonía, por no
decir que gobierna dictatorialmente, concentrando
todo el poder en sus manos, tanto el poder ejecutivo,
como el legislativo, el judicial y el electoral.
Usualmente la clase política o los medios
de comunicación no han reparado en esta
fisura de la democracia, puesto que hasta ahora
habían estado de acuerdo con las medidas
de los gobiernos anteriores. Sin embargo, a raíz
de las sucesivas victorias de la izquierda en
muchos países latinoamericanos, tanto a
nivel de las elecciones presidenciales como de
las municipales, algunos analistas de la derecha
y algunos medios de comunicación, han empezado
a pegar el grito al cielo, hablando de los famosos
dictadores democráticos.
En el caso de Nicaragua, la población
ha constatado esta amarga situación. Por
ejemplo, los presidentes Chamorro, Alemán
y Bolaños, una vez en la presidencia, se
dedicaron a desestatizar y privatizar todos los
bienes públicos, bajo presión de
los organismos internacionales, con las nefastas
consecuencias para la mayoría de la población,
incluso para quienes votaron por ellos. Asimismo
se dedicaron a facilitarle a la oligarquía
financiera, es decir, a los banqueros internos
y externos, todas las facilidades para estafar
al presupuesto de la república a través
de los certificados leoninos y a todos los tarjetahabientes
de la clase media a través de la usureras
tarjetas de crédito. Sin hablar de los
grandes despilfarros, desfalcos, estafas, fraudes,
lavado de dinero y robos abiertos al erario, en
beneficio de una camarilla gubernamental.
Dicho en otras palabras, los organismos internacionales
que obligaron a nuestros presidentes a desnacionalizar
Nicaragua, los corruptos que asaltaron al Ministerio
de Hacienda y los banqueros que obligaron al Presidente
a facilitarles el negocio fácil, son quienes,
en última instancia, han decidido a favor
de quienes gobierna el Presidente, a pesar de
que los organismos financieros no votan y a pesar
de que los banqueros son apenas una ínfima
minoría cuyo voto no cuenta para nada.
Podemos entonces concluir que, a partir de la
globalización neoliberal, el presidente
de la república perdió la hegemonía
nacional, trasladándola a los organismos
financieros internacionales, a las empresas extranjeras
y a los banqueros de cualquier nacionalidad.
Ahora bien, a partir de las reformas legislativas
del año 2004-2005, actualmente en marcha
por parte de la Asamblea Nacional de Representantes,
parece que las cosas en Nicaragua comienzan a
cambiar. Dicho sea de paso, la Asamblea Nacional
es el único poder del Estado que es electo
con la totalidad de los votos. Allí están
los votos sandinistas, los votos liberales, los
votos conservadores, en fin, los votos de todos
los partidos que participaron en las elecciones.
Nos guste o no nos guste, es la institución
con mayor grado de representatividad en todo el
espectro de la democracia representativa.
De tal manera que para ordenar esta discusión
habría que contemplar o despejar tres aspectos.
Primero, estamos por la hegemonía presidencial
o por la división de poderes. Segundo,
estamos de acuerdo con el contenido de las leyes
o no estamos de acuerdo. Tercero, estamos de acuerdo
con la forma en que se están aprobando
las leyes o no estamos de acuerdo. Seguidamente
digamos qué es lo que proponemos.
En relación al primer dilema, mi punto
de vista es que apenas recientemente comenzamos
a tener una verdadera división de poderes,
hasta ahora habíamos tenido un presidente
con hegemonía hacia adentro, pero subordinado
hacia fuera. No es pues el Presidente quien ha
perdido la hegemonía, puesto que ya la
había perdido con la globalización
neoliberal, sino la oligarquía empresarial
y bancaria que hasta ahora se ha beneficiado de
tales políticas. Respecto a la pérdida
de hegemonía frente al resto de poderes
del estado, es cosa que no puede reivindicar ningún
presidente, puesto que esta Constitución
y todas las constituciones liberales por las cuales
nos regimos, no preservan ninguna clase de hegemonía
para ningún poder del estado.
En relación al segundo dilema, creo sinceramente
que la mayoría de la población saldrá
beneficiada con las nuevas leyes y las reformas
a leyes anteriores; esperemos que en tal sentido
los diputados se tomen la molestia y recurran
a todos los medios para explicarlas a la población.
En relación al tercer dilema, debería
haber mayor consulta en la aprobación de
las leyes y mayor divulgación de las mismas.
Ahora bien, si a alguien no le gusta esta forma
de democracia, está en su derecho proponer
cambiarla, enmendarla o enriquecerla. Ojalá
que sea ésta la opción, en vez de
recurrir a golpes de estado, como en el pasado,
o a solicitar intervenciones extranjeras, como
en el pasado, solamente porque la correlación
política de fuerzas no favorece sus intereses.
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