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La guerra sexual contra las mujeres
Orlando Núñez Soto

Se ha recrudecido en el mundo entero la guerra sexual que desde hace muchos siglos azota a la humanidad: la guerra de los hombres contra las mujeres. Una ofensiva emprendida por los machos y casi desprovista de resistencia por parte de las hembras. Una verdadera carnicería, perpetraba en carne y huesos femeninos, a vista y paciencia de nuestra civilizada, cristiana y democrática generación.

Es una guerra de un amo universal contra una esclava milenaria, es decir, de dos seres inseparables que a su vez se reproducen como amos y esclavos. Es una guerra del amante contra la amante, o de todo amante que haga el papel de amo mientras su amante acepte jugar el papel de esclavo.

A diferencia de las guerras convencionales, la guerra sexual es una guerra cotidiana, cuyo campo de batalla fundamental es el propio hogar, donde las víctimas son violadas y golpeadas a diario por sus parientes más cercanos. El hogar es un espacio donde todavía existen, casi sin excepción, relaciones de servidumbre. Servidumbre económica, servidumbre psico-social, servidumbre sentimental y servidumbre sexual. O no han visto ustedes a un ser que durante el día mete las patas debajo de la mesa y grita a su mujer para que le lleve el agua, el café, la sal o el azúcar, o que durante la noche le exige sus chinelas y sin preguntarle la posee como un animal posee a su presa.

Con este esclavo-mujer, el hombre sacia sus instintos más primitivos. En primer lugar el impulso del placer masculino, sexual e instrumental por excelencia. En segundo lugar el impulso agresivo, lleno de cólera y de odio, cuyo fin desenfrenado es la muerte de la víctima a manos del victimario. En tercer lugar el impulso del castigo, motivado por la rebelión del esclavo contra el amo. Pero sobre todo el impulso de los celos posesivos, expresión de la vanidad enardecida del animal en competencia cuando la presa manifiesta su voluntad de escapar con otro.

Nadie niega que la mujer es el sujeto más amado y más deseado por el hombre. No se encuentra en la cultura otro sentimiento más cantado y ensalzado como el amor sensual entre hombres y mujeres. Nadie niega, tampoco, que el crimen del hombre contra la mujer es el crimen más generalizado en nuestra civilización. Siendo el dato más ilustrativo de esta afirmación la frecuencia de asesinatos matrimoniales en la moderna Europa, que según sus propios analistas supera otras causas de muerte como el cáncer y los accidentes de tránsito. Aunque Europa no es más que el prototipo mimetizado y generalizado en todo el planeta, desde la colonización hasta nuestros días.

¿Cómo se explica esta aparente contradicción, cómo explicar que el sujeto más amado sea a la vez el más odiado y castigado a la vez?

Existen muchas hipótesis al respecto, sin embargo, partiendo de la conducta cultural posesiva tanto del macho como del poder, cuya simbiosis es de todos conocida, me parece plausible la hipótesis que yo llamaría del amo-amante, es decir, del que sólo puede amar dominando, del que sólo puede convivir maritalmente si se le subordinan o, dicho de otra manera, del que termina subordinando a quien no ha podido amar plenamente.

Como todos sabemos, el poder está incapacitado para amar y el amor no admite relaciones de poder. Esta difícil ecuación, se ha resuelto hasta ahora a través de una cultura patriarcal, donde el hombre pone el látigo y la mujer el amor.

Anteriormente, esta dulce y cruel disociación se hacía en tiempos distintos. El hombre la amaba mientras no la poseía, dejándola de amar después de haberla poseído. Hoy que se ha acortado el período que va del amor a la posesión. Hoy que el amo ha decidido universalizar a través de la pornografía mercantilizada el cuerpo de la mujer, exponiéndola a la codicia general. Hoy que la esclava ha decidido mostrar su cuerpo y quejarse al mismo tiempo del maltrato lascivo. Hoy que la virginidad y la obediencia de la mujer tienden a ser cada día más escasas. Hoy que el amo siente amenazado sus intereses sexuales, sintiendo que la emancipación de la mujer es el preámbulo de la infidelidad para con el poder. Hoy, este macho, herido en su orgullo, ha optado por reprimir aquellos sentimientos que le debilitan su poder (la ternura, la lealtad, la compasión y la solidaridad), fortaleciendo en compensación sus pasiones más salvajes: ultrajándola para poder poseerla y poseyéndola para lograr ultrajarla, gestos que se sintetizan y expresan en la orgía de sexo y violencia que a diario recorre el mundo entero.

La solución no puede ser otra que la lucha contra el poder del macho y la emancipación de la hembra, a través de todas las formas posibles. Lucha que necesariamente tiene que emprenderse por hombres y mujeres, contra nuestra cultura machista y contra nosotros mismos.

Ahora bien, tomando en cuenta que el macho se cultiva bajo las faldas de la madre, se requiere esta vez acompañar aquellas luchas con una educación que rompa con la práctica reproductiva del amor-dominio, por medio del cual el niño-macho recibe de su amante-madre un amor cuajado de subordinación a los caprichos y despechos de aquella criatura todavía inofensiva, dictadorcito amoroso que madurando por ese sendero termina convirtiéndose en el macho patriarcal de siempre.