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Crisis del Presidente
o crisis del liberalismo
Orlando Núñez
Soto
En el siglo pasado, los presidentes electos eran
depuestos por golpes de estado, por revoluciones,
contrarrevoluciones o intervenciones militares.
Los golpes de estado eran perpetrados en la mayoría
de los casos por las fuerzas armadas y en el caso
de las intervenciones, la gran mayoría
fueron llevadas a cabo por los marines estadounidenses.
Claro que existieron las más variadas combinaciones
y expedientes.
En la segunda mitad del siglo XX, los levantamientos
o revoluciones, fueron de carácter antiliberal
o anticapitalista y a la par que expulsaban al
presidente de turno, emprendieron fuertes transformaciones
sociales. Tal es el caso de Jacobo Arbenz en Guatemala,
Fidel Castro en Cuba, Bishop en Grenada, el FSLN
en Nicaragua, entre los más destacados.
Todos estos movimientos fueron inmediatamente
acosados y depuestos por la fuerza del gobierno
estadounidense, con la notable excepción
de Cuba. Incluso tuvimos movimientos de carácter
socialista que llegaron al poder por la vía
electoral, como es el caso de Salvador Allende
en Chile, que fue aniquilado por el golpe de Estado
de Pinochet, apoyado éste por el gobierno
estadounidense.
Entrado el siglo XXI, los movimientos guerrilleros
se han calmado, con excepción del movimiento
guerrillero colombiano, recrudeciéndose
la contienda electoral entre partidos de derecha,
generalmente liberales, y partidos de izquierda,
generalmente progresistas, socialdemócratas
o decididamente anticapitalistas. Algunos de estos
movimientos han logrado tomar el gobierno a través
de elecciones libres, tal es el caso del Partido
de los Trabajadores en Brasil o el Movimiento
Bolivariano en Venezuela, los cuales no han sido
depuestos ni por golpes de Estado ni por intervenciones
extranjeras, a pesar de los intentos por parte
de la derecha liberal y del gobierno de los Estados
Unidos.
Vale la pena señalar que a la par de las
elecciones presidenciales, el poder institucional
comienza a disputarse también a nivel municipal.
Es así que existen ya múltiples
experiencias donde fuerzas o partidos de izquierda
han ganado gobiernos municipales en ciudades importantes
como la capital mexicana, salvadoreña,
nicaragüense, colombiana, amén de
otras ciudades importantes del continente.
En general podemos afirmar que la consolidación
de la democracia representativa latinoamericana
ha sido muy difícil por la intolerancia
de la clase política tradicional y del
gobierno estadounidense. Anteriormente, porque
los conservadores y liberales se botaban mutuamente.
Posteriormente, por la intolerancia de conservadores
y liberales latinoamericanos para aceptar victorias
electorales de partidos de izquierda, así
como por la misma intolerancia de demócratas
y republicanos estadounidenses cuando los gobiernos
no eran de su agrado.
Ahora bien, los gobiernos, presidentes o alcaldes
latinoamericanos de identidad liberal, insisten
que el capitalismo neoliberal es la solución
a todos los problemas sociales que aquejan al
continente y proponen a miembros de las oligarquías
locales y a los asesores estadounidenses como
los más idóneos para administrar
la cosa pública. Resulta, sin embargo,
que en la última década, la doctrina
liberal y sus programas neoliberales enfrentan
una crisis institucional sin precedente, donde
tales gobiernos y sus altos funcionarios, están
siendo cuestionados y depuestos por las mismas
fuerzas que los llevaron al poder, particularmente
a través de la opinión pública
y de sus medios de comunicación. En otras
palabras, la democracia electoral y de la opinión
pública arremete por primera vez contra
los representantes de las clases políticas
tradicionales. Y esto pasa no solamente en Latinoamérica,
sino en el mismo Estados Unidos. La prensa diario
reporta, escándalos ligados a presidentes
o expresidentes, ministros o funcionarios menores,
gerentes de las grandes corporaciones, que están
presos, fugados, vinculados a la mafia, mintiendo
o renunciando al cargo.
Nunca en la historia de América Latina
habíamos asistido a una crisis ético-política
como la que estamos observando en estos años.
Presidentes en funciones y expresidentes están
siendo cuestionados, legal, moral y políticamente
por la institucionalidad jurídica y la
opinión pública, así como
por seguidores de sus propios partidos.
Nicaragua no es el único caso ni la excepción
a la regla. Algunos presidentes como los de Argentina,
Ecuador o Bolivia fueron expulsados por la presión
popular mientras estaban fungiendo como presidentes.
Otros ex-presidentes como el mexicano, chileno,
venezolano, guatemalteco, costarricense o nicaragüense
han sido o están siendo juzgados y hasta
encarcelados después de haber ejercido
el mandato presidencial. Y algunos como el peruano,
se han dado a la fuga.
Lo más interesante del caso es que el
mayor delito por el cual se acusa, cuestiona,
juzga, depone o encarcela, a estos presidentes,
está ligado al alma y sustancia de los
programas liberales o neoliberales, particularmente
a la privatización o venta de los bienes
públicos a las grandes corporaciones transnacionales,
es decir, al capital extranjero, pilar de salvación,
según nuestros presidentes, frente al desastre
económico que el mismo sistema capitalista
está generando.
El delito más mentado ha sido el de corrupción,
es decir, el robo del erario público. Los
mecanismos para desfalcar al Estado han sido variados,
pero los más frecuentes son las coimas
o sobornos por parte de las empresas extranjeras,
a políticos para sus campañas electorales
o a los responsables nacionales de la venta de
los bienes públicos.
Si los pecados o delitos de corrupción
de nuestros presidentes, vicepresidentes, ministros,
embajadores y tutti cuanti funcionario público,
no son escasos ni esporádicos, sino que
son generalizados y permanentes, lógico
debería ser pensar que algo anda mal al
interior de las estructuras sociales, políticas
y económicas donde estos delitos florecen.
Definitivamente, el capitalismo no anda muy bien
que se diga, salvo para los capitalistas. La privatización
como tabla de salvación ha sido un desastre,
salvo para las propias corporaciones transnacionales.
Los funcionarios liberales que representan este
sistema y esta política económica,
están más depreciados y despreciados
que nunca. Por ende, la doctrina y el régimen
liberal mismo, han entrado en una crisis de legalidad,
legitimidad, identidad y gobernabilidad que vale
la pena analizar, más allá del problema
moral de un presidente, ministro o funcionario
particular.
El caso de Nicaragua es patético porque
se trata de un país muy empobrecido, cuyos
ministros ganan los sueldos más altos de
América Latina. Un país que está
privatizando todos los bienes públicos,
incluyendo los servicios sociales y los recursos
naturales. Un país con los salarios más
bajos del mundo y con una tasa migratoria sin
precedente. Un país donde la mayoría
de la población le confió a los
liberales la administración de su patrimonio
y la gestión de su gobierno, sin saber
que a cambio los funcionarios liberales se darían
a la tarea de saquear el Estado y de mostrar la
mayor vergüenza nacional e internacional
que un gobierno pueda ofrecer.
Recordemos que actualmente quien está
en el banquillo de los acusados es el gobierno
del partido liberal, donde el doctor Alemán
era presidente y el ingeniero Bolaños era
el vicepresidente, hoy presidente, hoy acusado,
hoy cuestionado por un contralor liberal, por
una asamblea cuya mayoría es liberal. Un
gobierno donde los ministros están administrando
una política liberal; ministros que si
no estuvieran amparados en su inmunidad ya estarían
presos o refugiados en los Estados Unidos.
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