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¿Por qué
se estudia tanto a los pobres?
Orlando Núñez
Soto
Nunca los ricos han estudiado tanto a los pobres
como ahora. Gran parte del dinero que los países
ricos nos prestan es para realizar estudios cada
vez más caros para estudiar a los pobres.
Ahora sabemos donde están los pobres,
cuántos son, cuáles son sus características,
cuánto pesan, cuál es su talla,
qué comen y qué no comen, cuántas
son mujeres y cuántos son hombres, cuántos
son niños y cuántas son niñas,
cuáles son sus principales enfermedades
y cuáles son causas de muerte, cuál
es el pensamiento de los pobres, qué necesitan
los pobres, cuántos pobres tiene cada país,
cómo afectan los fenómenos naturales
a los pobres, cuántas vitaminas les faltan
a los pobres, etc. Se hacen concursos de fotografía
y los gana quien mejor capta el drama de la pobreza:
un niño hambriento, unos buitres comiéndose
a una niña que todavía no había
muerto, un río contaminado matando a los
campesinos del lugar, etc... El país más
pobre, más desnutrido, más analfabeta,
más enfermo, obtiene estímulos y
hasta premios por parte de organismos de beneficencia.
Se estudia todo, menos el origen de la pobreza.
Y cuando se habla del origen de la pobreza se
señalan de nuevo las características
de la pobreza. Se dice que los pobres son pobres
porque son analfabetas, porque están desnutridos,
porque no tienen ingresos. Aunque en realidad
todo eso no es más que la consecuencia
de ser pobre.
Las instituciones financieras internacionales
proponen políticas para los pobres. Ayuda
en alimentos, comprada a las corporaciones que
no saben qué hacer con sus excedentes alimentarios.
Los gobiernos montan programas para entregar un
vaso de leche y una galleta para los más
pobres.
Pero resulta que los pobres producen gran parte
de la riqueza generada por el mundo entero. En
Nicaragua, los productores de maíz y frijol
son pobres. Los criadores de ganado vacuno y gallinas
son pobres, los productores de huevos son pobres.
Los transportistas son pobres. Las cooperativas
de crédito y los pequeños comerciantes
son pobres. Las mujeres que cuidan a los niños
y gracias a las cuales los niños sobreviven
son pobres. Los productores de hortalizas son
pobres. Los trabajadores de las zonas francas
que enriquecen a las grandes corporaciones son
pobres. Producen la riqueza, pero los grandes
empresarios les drenan a través del mercado
todos sus excedentes.
Por qué entonces los estudiamos como pobres
y no como productores. Si los estudiáramos
como productores, las recomendaciones serían
otras, las políticas propuestas para detener
el empobrecimiento serían otras. Si estudiáramos
por qué siguen siendo pobres, a pesar de
que generan gran parte de la riqueza, otro gallo
les cantaría. Serían considerados
como sujetos de crecimiento y de desarrollo.
¿Qué pasaría si a los empresarios
de los países empobrecidos los estudiáramos
a partir de sus calamidades? Si habláramos
de la cantidad de millones de empresas que quiebran
todos los días. Si habláramos de
los préstamos, las hipotecas, los embargos,
las subastas, los rescates bancarios que el estado
ofrece a los empresarios, las dobles contabilidades,
los fraudes, el tráfico de influencia,
la coima y la corrupción de la empresa
privada nacional y de las grandes corporaciones
internacionales, la contaminación del medio
ambiente por los desechos de las empresas irresponsables,
la sobreexplotación de los recursos humanos
y naturales, la evasión de impuestos, etc.
El resultado sería que nadie apostaría
a la empresa privada como sujeto de desarrollo,
no habría subsidio, no habría incentivos
fiscales, ni préstamos con bajos intereses.
Deberíamos, pues, cambiar las cosas. Estudiar
a los pequeños productores como el gran
potencial que tienen nuestros países, buscar
cómo detener su empobrecimiento. Invertir
en el mundo de los pequeños productores,
en tecnología, educación, caminos,
centros de salud, electricidad, etc, tal como
se hace con los ricos empresarios. Estudiar quien
produce más y más barato, quien
contamina más el medio ambiente, quien
está más cerca de las necesidades
humanas y quien más cerca de los desastres
humanos, quien paga más impuestos y quien
cuida más a los niños de todo el
planeta. Incorporar a las cuentas nacionales lo
que producen esos pequeños productores
que nosotros conocemos como pobres y para quienes
el Banco Mundial recomienda el vaso de leche y
la galleta.
Si hiciéramos eso, las cosas comenzarían
a ser diferentes. Lamentablemente, catalogarlos
y tratarlos como pobres se ha convertido un negocio
más para las empresas transnacionales que
venden sus excedentes a sus gobiernos para enviarlos
al tercer mundo como ayuda a los pobres. Igual
negocio significa para las consultoras internacionales
seguir realizando indefinidamente estudios sobre
la pobreza.
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