Inicio > Institución > Artículos

El poder y los intelectuales
Orlando Núñez Soto

En Nicaragua, la poesía y en particular nuestros poetas filósofos han tenido que suplir la falta de una verdadera filosofía. Recurramos pues a los poetas para relevar una definición de poder. Anastasio Lovo en su libro Las Sonatas del Poder, lo define como "una relación de fuerzas que siempre favorece al poderoso".

El poderoso puede ser el macho al interior de una familia, el dictador o el presidente de un estado, las fuerzas armadas de un país, un grupo de presión civil, religioso o económico, una etnia determinada o un grupo de intelectuales que ejercen hegemonía dentro de una sociedad civil determinada.

El poder como fuerza física o militar ha estado legitimado por ser una forma eficiente para sofocar los conflictos generados a su vez por las contradicciones de la vida en sociedad. Sin embargo, tomando en cuenta que el poder alberga una mayor o menor dosis de represión, se ha propuesto ponerle frenos y normas a todo poder, ya sea a través de la ley, el equilibrio o división de poderes, o ya sea por otros medios, esencialmente por la representación y el consenso para dotarlo de autoridad.

Habiendo definido el poder como una relación entre el amo y el esclavo, estaríamos de acuerdo en que no puede haber poder sin que falte uno u otro de los dos. Por ende, tanto el amo como el esclavo son parte del poder, independientemente que uno lleve la mejor parte y el otro la peor parte. En el caso del poder intelectual, el polo dominante ejerce su poder a través del monopolio de la información y el conocimiento, en el caso del polo dominado su estatus de vencido radica en su calidad de convencido.

El poder de los intelectuales ha sido siempre un factor incómodo para todas las formas de poder. Sin embargo, no siempre los intelectuales están en contra del poder, muchas veces los intelectuales son el apoyo ideológico para que el poder pueda reinar establemente en el alma y la mente de los subordinados. El poder de los intelectuales o poder de la hegemonía ha tenido su asiento en la sociedad civil, muchas veces legitimado por su crítica a la violencia, al poder militar o a los abusos del poder político, aduciendo algunas veces la represión misma, otras veces la falta de representación o consenso para ejercer aquella represión.

Ahora bien, ¿si el poder material necesita de la hegemonía para legitimarse, quién legitima a su vez aquella hegemonía? Muchos analistas responden que todo poder tiene su base de legitimación, en última instancia en la opinión pública. Sin embargo, como todos sabemos, la hegemonía y el consenso, o, dicho a la usanza liberal, la voluntad colectiva, por muy soberana que se presente, no está exenta ni de intereses ni de influencias particulares. Basta recordar para ello la influencia particular que sobre cualquier voluntad colectiva determinada tienen los aparatos religiosos, los medios de comunicación o las viejas frases de Perogrullo enarbolados por la erudición de los apóstoles del intelecto. Por lo tanto, habrá que buscar en los intereses representados por los intelectuales la verdadera fuente de sus motivaciones, remitiéndonos así, de nuevo, a la vieja y vilipendiada lucha de intereses.

Últimamente, sobre todo a partir del renacimiento de la sociedad civil en su forma beligerante, desde la convocación anodina de los viejos valores universales hasta los llamados análisis políticos, se ha recrudecido la pretensión intelectual de regir o influenciar los asuntos públicos. Abunda en esta postura la arrogancia del poder intelectual para cuestionar conductas políticas en nombre de una ética universal que por supuesto no requiere validez personal para legitimarse, bastando el señalamiento de las fallas del otro para legitimar su propia identidad o imagen. De nuevo, el discurso moral aparece como el instrumento para descalificar al adversario y por extraño sortilegio para legitimar a quien lo invoca. El criterio fundamental aducido por este poder intelectual ha sido el desprestigio del gobierno, de los partidos políticos y de sus líderes.

En el caso de Nicaragua, los intelectuales o líderes ideológicos del sandinismo, muchas veces los mismos líderes políticos sandinistas, adversaron ideológicamente al somocismo. De igual manera, los ideólogos de la contrarrevolución adversaron al sandinismo para deslegitimarlo y crear una opinión pública favorable al proyecto contrarrevolucionario.

Hoy en día, gran parte de los intelectuales no partidistas, adversan al sandinismo y al liberalismo de Arnoldo Alemán, en parte por el monopolio o simpatía que tienen estos dos partidos en la opinión pública nacional, señalada como aborregada por estos intelectuales. Lo que mostraría, según los criterios anteriores, que la opinión pública o el consenso no siempre deberían ser el factor de legitimidad por excelencia, sino aquella opinión pública que tenga el visto bueno de nuestros intelectuales.

Yo estoy de acuerdo con la crítica que se haga a cualquier liderazgo, pero sin excepción. En este sentido, siempre me pareció sospechoso que gran parte de nuestros intelectuales no incluyan a los representantes de la oligarquía, entre los blancos de su crítica, lo que deslegitima la universalidad de sus pretensiones.

En relación a cuál poder es más legítimo, si el del estado, el de los partidos políticos, el de las corporaciones transnacionales, el de los banqueros, el de la iglesia o el de los intelectuales, todo dependerá de los intereses en juego detrás de cada forma de poder. Por lo tanto, la crítica a una u otra forma de poder, deberá ser analizada a la luz de los intereses que toda crítica alberga.