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El nica migrante o la
fragmentación de la identidad cultural
Orlando Núñez
Soto
La explotación es muy dura cuando se tiene
conciencia, pero el desempleado la añora
cuando pierde el empleo; el desempleo nos niega
la posibilidad de sobrevivir, pero nada es más
lacerante que el desempleo del migrante. La ciudadanía
no significa mucho cuando se tiene, pero se convierte
en la mayor de las añoranzas, cuando nos
despojan de ella; en ese momento, cada rasgo de
la identidad se castiga con la humillación
desde afuera y con el sufrimiento que llega desde
muy hondo del propio corazón.
Si el arte es la representación sensible
de la condición humana, la tragedia del
migrante bien podría ser el testimonio
encarnado de un ser social que cruza la frontera
que separa al ciudadano del apátrida. Sobre
los migrantes ya nos habían hablado Maria
José y Martha Clarisa en su documental
Del Barro al Sur, una obra que relata el drama
de unas nicas que abandonan la artesanía
natal para mercantilizar sus habilidades en un
país que las necesita por su disposición
y baratura. El Nica de César Meléndez
es una obra de arte teatral donde el migrante
nicaragüense aparece en carne y hueso, relatada
a partir de un sugestivo monólogo entablado
con Cristo y con el público.
El migrante nicaragüense no es solamente
el testimonio de un campesino o un obrero, una
mujer o toda una familia, desempleados, explotados
y desarraigados en tierras hostiles, sino la alegoría
social de una generación entera, desgarrada
por una civilización que a todos nos somete
a una humillante fragmentación de la identidad
cultural.
El nica migrante tiene como única cédula
de identidad una imagen que lo acredita en la
geografía circundante como delincuente,
pagano, machista y revolucionario, pero no tiene
personería jurídica que lo identifique
como ciudadano de país alguno. Sin ciudadanía
está por debajo del delincuente, pues no
puede aspirar ni siquiera al castigo que la ley
asigna al ciudadano que la transgrede. En el exilio
no puede gozar de las tradiciones paganas de su
pueblo, ni puede aspirar a los sagrados consuelos
de santos ajenos. Sin vecindad ni siquiera podrá
engavillarse contra el orden que utilitariamente
lo integra a su maquinaria material, pero que
lo niega culturalmente.
El nica migrante es simplemente un apátrida,
es decir, un esclavo con memoria de libertad,
obligado a sanar sus heridas espirituales añorando
las insoportables carencias materiales de su situación
anterior: hambre de ayer, humillación de
hoy, incertidumbre en el mañana.
El nica migrante es el individuo que va delante
de nosotros sintiendo el dolor de palpitar en
una sociedad que se extingue como tal ante nuestros
propios ojos, sin que tengamos ni siquiera el
nombre que identifique sus escasas relaciones
gregarias. Es el proletariado sin doctrina ni
derecho a luchar bajo las formas nacionales de
antaño. Es el mago amasador de migajas
convertidas en remesas familiares para alimentar
al resto de nicaragüenses que viven confinados
en su propia tierra.
La tragedia que nos pinta César Meléndez,
encarna a un nica dialogando apenas con su otro
yo, el Cristo trabajador de la teología
de la liberación, cantado por Carlos Mejía
Godoy, intentando persuadir a un público,
último espectador de este drama, de una
amarga afirmación que sólo alcanza
verosimilitud persuasiva en la ficción
del arte: la emancipación del hambre y
del dolor no debiera ser obra solamente de los
propios dolientes y hambrientos.
Los comentarios sobre la obra que me llamaron
la atención no versan sobre las abundantes
fotografías al inicio de la presentación,
las prolongadas escenas de los manifiestos mensajes,
la irreverencia a las creencias, etc., casi todos
ellos mezclados con el reconocimiento a la meritoria
belleza de la actuación. Los comentarios
que quisiera compartir apuntan más bien
a un cierto rechazo que algunos compañeros
y compañeras nicaragüenses me trasladaron
sobre la obra. Entre ellos: "no representa
al nica"; "el nica no es sumiso";
"demasiado perdón y resignación";
"no aparece la rebelión colectiva,
sino la reconciliación con el verdugo";
"no creo en la moral de quien responde a
la ofensa ofreciendo su otra mejilla"; "es
una afrenta a nuestra dignidad, el mostrar a un
obrero postrándose ante el patrón";
"es la viva expresión del oprimido
aceptando la opresión", etc.
Sin juzgar la veracidad objetiva de los comentarios,
una cosa parece evidente, como es el contraste
entre la tradicional cultura sociopolítica
nicaragüense y la condición en que
se encuentra este apátrida y mayoritario
nicaragüense, quien sintiendo agotada su
violenta hidalguía no vacila en potenciarse
en su dolor, apelando a otras formas de lucha
para enfrentar un mundo que lo oprime y lo humilla.
Extraña estrategia que opta por nutrirse
en el abrevadero de lo elementalmente humano,
aunque tal postura no muestre aún los réditos
de una posible redención que le permita
desmercantilizar su cuerpo o desenajenar su entorno.
Ambigua y fragmentada conciencia que sufre en
carne propia las huellas de su paradigmática
personalidad de antaño, remendada con un
presente que lo obliga a reconciliarse con el
otro, pero asumiendo la peor parte en esta su
tragedia personal.
El nica migrante que yo veo en la síntesis
que nos entrega César Meléndez es
la de un héroe desnudo que lucha por preservar
el sentimiento de amor que todavía no le
han arrebatado los ángeles puros del nuevo
maniqueísmo, que urge de compasión
para un ser humano extraño en una sociedad
extraña, o como lo dice el autor y actor:
"un extranjero en un país extranjero",
y que con los despojos de su suerte social nos
propone la eliminación de las dolientes
diferencias, invitándonos a construir una
identidad basada en la solidaridad universal,
un reino intersubjetivo donde no quepan diferencias
jerárquicas de ninguna clase, ni de nacionalidad,
ni de etnia, ni de género, ni de origen,
ni de circunstancias, pero donde la lucha contra
la actual civilización no sea un pretexto
para abandonar las responsabilidades cotidianas
ni la lucha contra nosotros mismos.
Pareciera que este héroe de una doble
economía, bajándole los costos laborales
a la economía costarricense y subiéndole
los ingresos a la nicaragüense, representa
los primeros e individuales esfuerzos de una revolución
espiritual, emprendida a través de la religiosidad
popular, ensayando una compleja y arriesgada transmutación
de valores: la violencia por el diálogo
persuasivo, la guerra entre desiguales por la
paz entre iguales, el resentimiento por el sentimiento,
el machismo por la humildad y la transparencia,
la prepotencia por la comunión, el chovinismo
por la integración entre los pueblos, el
miedo culpable por la confianza en sí mismo,
el sectarismo hacia el otro por la confianza en
la transformación de ambos, la política
del poder por el civismo comunitario.
Managua, 04 de septiembre del
2003
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