El Fin del Libre Comercio
para América Latina
Orlando Núñez
Soto *
En nombre de la libertad Estados Unidos
pone fin al libre comercio con el resto
de América, bloqueando así
las posibilidades del desarrollo de las
economías nacionales latinoamericanas.
Esta historia comenzó hace más
de cuarenta años cuando los funcionarios
norteamericanos, en nombre de la libertad,
prohibieron el libre comercio entre Cuba
y el resto del mundo. Hoy en día,
en nombre del libre comercio, prohíben
nuestro comercio con el resto del mundo
y eliminan toda posibilidad de proteger
nuestras economías de los abusos
comerciales de sus banqueros y enclaves
corporativos.
Hoy en día, los latinoamericanos
no podemos entrar libremente a los Estados
Unidos, pues existe un muro que impide la
libre circulación de nuestros ciudadanos.
El comercio de los productos competitivos
latinoamericanos está restringido
por cuotas impuestas a nuestros exportadores.
Sin embargo, los comerciantes, banqueros
y soldados norteamericanos tienen vía
libre para entrar, saquear y explotar los
recursos humanos y naturales del territorio
latinoamericano.
Los planes de Ajuste Estructural, el Plan
Puebla Panamá y los Tratados de Libre
Comercio, son la misma cosa y obedecen a
un mismo proceso o propósito de la
economía norteamericana: reformar
nuestras instituciones, nuestras leyes,
nuestros estados, nuestros pensamientos
y nuestras libertades, para facilitar la
competencia de la economía norteamericana.
Es verdad que el comercio norteamericano
con América Latina no pasa del 7%,
pero eso no guarda relación con los
beneficios de la economía norteamericana,
habida cuenta de que nuestros productos,
incluyendo la mano de obra, entran a Estados
Unidos a precio de esclavos, mientras que
los productos norteamericanos, incluyendo
consultores, soldados y armamentos, entran
a nuestros países apenas sin pagar
impuestos.
No podemos, pues, seguir hablando de libre
comercio entre un país que sobreprotege
por todos los medios a sus monopólicas
corporaciones y países que son obligados
a desmantelar sus escasas ventajas productivas
y comerciales. Tampoco puede hablarse de
negociación entre quienes imponen
de antemano la agenda y los resultados del
proceso de negociación y aquellos
que sólo llegan a informarse y a
conformarse con rebajar el castigo de sus
verdugos. La verdad es que los acuerdos
leoninos ya están en marcha, lo único
que queda, después de habernos vencido,
es tenernos convencidos, de ahí el
despliegue publicitario y el fraude de las
consultas sobre los mismos.
1. La historia colonial continúa
por otros medios
La inserción de las sociedades latinoamericanas
en el mercado mundial registra tres momentos
históricos, a saber, a) la época
colonial que va de la conquista y la colonización
europea a la independencia política
de los países latinoamericanos, período
que duró desde el siglo XVI hasta
comienzos del siglo XIX, b) la época
del capitalismo nacional dependiente, el
que funcionó hasta finales del siglo
XX, c) la época del capitalismo salvaje,
depredador, estafador y parasitario, acelerado
con la ofensiva globalizadora y neoliberal
encabezada por el imperio norteamericano
entre finales del siglo pasado y comienzos
del presente siglo.
Si la primera época se caracteriza
por una economía colonial, extractora
de metales preciosos y otros recursos naturales,
como caucho y madera, el capitalismo nacional
dependiente se caracteriza, en una primera
etapa por una economía agroexportadora,
productora de materias primas para el mercado
mundial y el total abandono del mercado
interno, y en una segunda etapa por la continuidad
de la agroexportación y el esfuerzo
interrumpido por la sustitución de
importaciones de bienes manufacturados.
Ahora, nos proponen aprobar leyes para
cambiar las reglas del juego del libre mercado
y del libre comercio. Ahora nos imponen
una negociación que ni siquiera podemos
cuestionar, mucho menos rechazarla o renunciar
a ella. Y todavía nuestros negociadores,
o mejor dicho sus troyanos negociadores
de habla hispana, nos regañan por
nuestra intransigencia. En otras palabras,
violan nuestra soberanía y nos castigan
por resistirnos.
2. El fin del capitalismo nacional
Durante el capitalismo nacional la burguesía
productiva nacional compartía el
estado-nación con importadores y
banqueros de la metrópoli europea
y norteamericana. En esa época, nuestras
burguesías nacionales logran imitar
a las burguesías metropolitanas,
protegiendo la economía a través
de aranceles, cobrando impuestos para crear
la infraestructura necesaria a la agroexportación,
paliando la sobreexplotación al campesinado
y a los trabajadores urbanos con alguna
protección social por parte del gobierno.
A pesar de ello, las élites políticas
y económicas de los países
latinoamericanos, no lograron conformarse
como verdaderas burguesías nacionales,
funcionaron más bien como eternos
vividores de las habilitaciones estatales
y derrochadores de los excedentes comerciales,
manteniéndose indefinidamente en
una eterna etapa larvada, sin posibilidades
de desarrollar ni el mercado interno ni
un proceso autónomo de acumulación,
lo que las hace vulnerables frente a las
crisis periódicas del capitalismo
mundial.
A lo largo de los últimos dos siglos,
las burguesías nacionales no lograron
abandonar los rasgos oligárquicos
de sus antepasados, a saber, a) transferencia
de riquezas del sector público al
sector privado, b) monocultivo agroexportador,
depresión permanente de la capacidad
de compra y del mercado interno, c) ganancias
extraordinarias, no solamente por la sobreexplotación
de la mano de obra salarial, sino por la
imposición extraeconómica
de sobreprecios a sus productos, d) refugio
especulativo y usurario ante cada crisis,
colocando ventajosamente créditos
obtenidos por el sector público en
el exterior, endeudando así a toda
la nación, e) concentración
de inversiones en industrias ligadas al
monocultivo agroexportador o en importaciones
de bienes para ser distribuidos a un sector
minoritario de los estratos sociales pudientes,
tráfico de influencias y selectividad
en la protección aduanera.
Su principal mercado interno siempre estuvo
afuera, sus compradores principales de sus
productos de exportación siempre
estuvo afuera, sus consultores, esperanzas
e ilusiones siempre vinieron de afuera,
ahora, la muerte también les viene
de afuera.
3. La crisis de sobre-producción
del capitalismo mundial
El desarrollo tecnológico y el empobrecimiento
de pueblos y naciones enteras aceleran las
crisis de sobreproducción de los
capitales, quienes no encuentran suficiente
mercado para mantener el crecimiento y las
ganancias. La competencia y el proteccionismo
comercial de los países da la vuelta
al mundo y los capitales y estados más
grandes se comen a los capitales y estados
más pequeños. Comienza la
lucha entre el capitalismo mundial y los
capitalismos nacionales. Las burguesías
y estados de los países metropolitanos
deciden poner fin a la protección
de las fronteras nacionales de los pequeños
países. Sonó la campana y
aquellos capitalismos nacionales que no
lograron consolidarse o ampliarse a nivel
regional comenzaron su agonía, ilusionados
por la retórica imperial del libre
mercado, sin sospechar que no habría
libertad para todo mundo.
La competencia de los capitales mundiales
comenzaron a formar bloque y a buscar como
proteger sus propios mercados, a la vez
que utilizaban con mayor agresividad los
mecanismos comerciales y crediticios parea
ahogar a las economías periféricas.
El deterioro de los términos de intercambio
y la usura internacional de la deuda externa
e interna fue suficiente para que las corporaciones
mundiales del gran capital lograran apropiarse
de capitales empresariales y materias primas
de los países periféricos.
Pero eso no fue suficiente, pues por muy
importante que sea producir y adueñarse
de la producción, si no hay quien
compre, el capitalismo se ahoga en sus propias
contradicciones. No quedaba otra opción
para quienes así sobrevivirían
que crear mercados cautivos y regionales,
al mismo tiempo que desmantelar las fronteras
arancelarias del resto del mundo que lo
permitiera.
El viejo capital mercantil, especulativo,
antiproductivo, usurero y parasitario entró
de nuevo en escena, forjando crisis financieras
y saqueando las reservas de los países
periféricos. Primero nos trasladaron
sus excedentes en dinero, nos endeudaron
y estimularon el endeudamiento fácil,
después, una vez que la economía
mostraban el riesgo de las desatinadas operaciones,
vaciaron los bancos y se llevaron sus reservas,
al final regresaron a rescatarnos, endeudándonos
y comprando a precios de pirata lo que todavía
quedaba de nuestras reservas económicas.
A estas alturas, el capitalismo financiero
somete al capitalismo en su conjunto a crisis
cada vez más agudas. Primero los
capitalistas industriales y agropecuarios,
empobrecieron a la gente, después
los monopolios y comerciantes quebraron
a la mayoría de las empresas, hoy
el capitalismo bancario y especulativo quiebra
países enteros, como Argentina, Rusia
y otros países del sudeste asiático.
El colmo de la evidencia de la crisis del
capitalismo son las declaraciones de sus
más lúcidos exponentes (Stiglitz,
Soros, Greenspan), quienes señalan
que el capitalismo financiero atenta contra
la sobrevivencia del propio sistema capitalista.
4. Aguila suelta contra palomas amarradas
En un mundo donde la competencia se ha
vuelto insoportable hasta para la mayoría
de los capitalistas. En un mundo donde la
mayoría de los capitalistas ha engrosado
las filas de los empobrecidos y el proletariado
ha engrosado las filas de los desempleados
y marginados. En un mundo donde ya no hay
lugar ni para los estados nacionales, ni
para las naciones. En este mundo vemos surgir
gigantescas corporaciones, gigantescos conglomerados,
gigantescos supermercados, quienes a su
vez necesitan gigantescos estados para poder
desarrollarse en la vorágine aterradora
del capitalismo globalizado. Así
como hace varios siglos asistimos al nacimiento
de las ciudades-estados, después
asistimos al nacimiento de los estados-naciones,
hoy asistimos al nacimiento de los estados-mundiales,
con ejércitos mundiales. Y todo eso
necesita de mercados mundiales, pues toda
la riqueza generada necesita realizarse
y venderse en mercados de dimensión
mundial.
La Unión Europea rompe los fuegos,
desplaza las fronteras nacionales y conforma
un bloque comercial que la prepara ventajosamente
para la guerra de los grandes imperios que
se avecina; al inicio de la gran carrera,
el bloque socialista colapsa y sus mercados
comienzan a trasladarse a la Unión
Europea. Los países asiáticos
aceleran la carrera y países como
Japón, China y resto del sudeste
asiático, avanzan vertiginosamente
hacia un nuevo bloque comercial, compitiendo
con las grandes y pequeñas economías
occidentales. El águila norteamericana
por su parte despliega la mayor de sus aventuras
en el mundo entero y particularmente en
América Latina.
Estados Unidos interviene las economías
del tercer mundo, a través de los
organismos internacionales que prestan y
embargan a sueldo del tío Sam, minimiza
y privatiza los estados a favor de las corporaciones
mundiales, desarancela las fronteras nacionales,
elimina toda protección a las burguesías
y productores de la periferia, subsidia
a sus grandes corporaciones y se desentiende
de sus pequeños productores, decide
adueñarse del petróleo, impone
precios monopólicos a los productos
del tercer mundo, inunda el mercado mundial
con precios por debajo de sus costos, inflaciona
el mundo entero cambiando dólares
baratos por mercancías caras, en
fin, impone ideológica, financiera
y militarmente la política neoliberal:
la mercantilización de la economía
avanza sobre la mercantilización
de la sociedad y de la vida entera.
En otras palabras, asistimos al final del
libre comercio para los países latinoamericanos
y del tercer mundo. El estado mundial interviene
sus propias economías e interviene
nuestras economías, el monopolio
se impone y el libre comercio no es más
que un juego de águilas sueltas contra
palomas ciegas y amarradas.
5. El infierno del capitalismo salvaje
Bajo esta ofensiva, colapsa el modelo agroexportador
y las esperanzas del capitalismo nacional.
Los productos tradicionales, como el algodón,
el café, el banano, la carne, el
azúcar, el pescado, etc., que circulan
en el comercio mundial, se venden a precios
que ni siquiera alcanzan para pagar los
costos de producción, la agroindustria
vinculada a estos productos colapsa igualmente,
los empresarios locales pierden sus fincas,
sus empresas y sus casas, el estado vacía
sus reservas pagando los infinitos intereses
de la deuda externa, los más astutos
logran hipotecar sobrevaluadamente sus empresas,
quebrando así a los bancos públicos
y privados, otros se emplanillan en el gobierno
y saquean lo que ha quedado del estado;
por su parte, las bancas centrales se descapitalizan
rescatando bancos quebrados, se privatizan
los servicios de agua, luz, teléfono,
educación, salud, seguridad, etc.,
suben los intereses de la deuda, suben las
tarifas y los nuevos conquistadores instauran
sus nuevos enclaves, esclavizando prácticamente
a la mano de obra local y depredando lo
poco que quedó de las épocas
anteriores.
Una vez desmantelada la manufactura urbana
y las empresas agroexportadoras del campo,
las corporaciones multinacionales reclaman
el estatus de zonas francas, la eliminación
de los impuestos, la anulación de
los derechos laborales, la promulgación
de leyes protectoras de sus monopolios y
la libertad para repatriar sus excedentes.
Las asociaciones de la empresa privada se
dan cuenta tardíamente que el cacaraqueado
libre mercado y la desregulación
no eran otra cosa que trampa internacional
para bobos nacionales y que sin protección
estatal no hay capitalismo nacional. La
quiebra de los empresarios y el empobrecimiento
de la población transforma aceleradamente
nuestras economías, el campesinado
migra del campo a la ciudad, las mujeres
se prostituyen, los funcionarios de las
instituciones públicas se corrompen,
la clase política se vende al mejor
postor y a sus mezquinas ambiciones, la
delincuencia popular sigue el ejemplo de
sus líderes y las asociaciones populares
se oenegizan para distribuir salmos de consuelo
a los más marginados.
Bajo la figura de la cooperación
internacional y de la modernidad nos obligan
a comprar sus excedentes de producción
y a sustituirlos por los nuestros, dejándonos
prácticamente sin saber qué
hacer y qué producir. Los nuevos
filibusteros se amparan hasta de los negocios
más pequeños, entre ellos,
las pulperías y los casinos, la salvación
de las almas y la venta de confites, zapatos
y calzones, después siguieron con
la carne, la leche en polvo, las verduras,
hasta que llegaron al maíz y la tortilla.
Los campesinos empezaron a descapitalizarse,
el microcrédito llegó a quitarles
la última vaca, el último
cerdo y la última gallina. La pobreza
se convirtió en hambre y la sobreexplotación
de sus familias se acompañó
del empobrecimiento de los suelos.
Nuestros países empezaron a ser
deficitarios de alimentos que producían
desde hace miles de años. La desnutrición,
las enfermedades y el hambre misma, comenzaron
a ser estudiadas con el objetivo de vendernos
la medicina contra el atraso, nuestros intelectuales
y consultores, graduados en la morgue de
los organismos financieros, se convirtieron
en especialistas para describir cadáveres,
negocio súper rentable pues mientras
más cadáveres contaran más
caros se pagaban sus consultorías.
6. Nuestro único producto de
exportación son las drogas y las
cabezas negras
Cada día que pasa, producimos menos
alimentos y cada día que pasa, compramos
más alimentos, pero si no podemos
producir ni vender nuestros alimentos, nos
quedamos sin dinero ni para comprar alimentos.
Lo único que nos compran son drogas:
cocaína y marihuana. Producimos drogas,
procesamos o empacamos drogas, traficamos
distribuimos drogas, en fin, recorremos
el continente entero de sur a norte, como
peones de los distribuidores norteamericanos.
La gente que vino del campo porque no puede
seguir viviendo en el campo, emigra hacia
los Estados Unidos y mantiene a los que
se quedan. Junto con la droga, los cabezas
negras se han convertido en el principal
producto de exportación y de empleo,
y las remesas familiares se han convertido
en la principal fuente de divisas, sobrepasando
las sumas de la cooperación internacional
y de las inversiones extranjeras.
El negocio fácil se ha convertido
en la droga de la gente civilizada y la
droga se ha convertido en el mejor de los
negocios de esta civilización. Nos
llaman drogadictos porque ofrecemos drogas
que ellos demandan y nos militarizan el
territorio porque no somos capaces de erradicar
la drogadicción.
Ante esta situación, las águilas
de la Casa Blanca recurren de nuevo a los
halcones del Pentágono para sofocar
la ingobernabilidad del subcontinente latinoamericano.
Los milenarios campesinos productores de
coca son acusados de narcotraficantes, los
regímenes nacionalistas son llamados
populistas, el rubro militar de la cooperación
internacional sobrepasa los créditos
al desarrollo, los funcionarios de los gobiernos
latinoamericanos son chantajeados y amenazados
con deportarlos a las cárceles imperiales
si no aceptan la presencia militar norteamericana,
y los gobiernos democráticamente
electos que no comulgan con Washington son
acusados de terroristas e invadidos militarmente
por las tropas norteamericanas.
7. ¿Qué ha quedado del
capitalismo nacional?
El mundo se globaliza bajo la ofensiva
de las grandes corporaciones y conglomerados
mundiales, y bajo la orientación
de la doctrina neoliberal, donde todo mundo
tiene que abrir las piernas para que el
corazón imperial siga palpitando
e irrigando su sangre por el mundo entero:
el american´s way of blood. Del capitalismo
nacional quedan uno que otro empresario,
luchando por sacar lo más que pueda
antes de irse a vivir a los centros metropolitanos
del imperio. Queda un grupo de medianos
productores, testigos impotentes de lo que
pudo haber sido y no fue. Queda una economía
popular compuesta por campesinos y trabajadores
urbanos que no son ni empresarios ni trabajadores
asalariados, a quienes se les llama trabajadores
por cuenta propia o microempresarios, según
el origen ideológico del apelativo.
Esta economía popular, no capitalista,
es la responsable de la sobrevivencia de
lo que queda de la nación, unos produciendo
alimentos, otros generando divisas, dentro
y fuera del país, unos viviendo y
muriendo en el campo, otros viviendo y muriendo
en la ciudad.
Cuando decimos que asistimos al colapso
del capitalismo nacional, nos estamos refiriendo
al peso que nuestros gobiernos tienen en
la protección de nuestra economía,
al peso que los empresarios tienen en la
elaboración de las políticas
económicas y sociales nacionales,
al peso que nuestras economías nacionales
tienen en el destino de nuestras sociedades,
en fin, al peso que nuestra economía
nacional tiene en el territorio nacional,
fuera de los enclaves o conglomerados extranjeros
que de nacional sólo tienen el nombre
o el apellido.
Claro está que todavía no
ha migrado toda la población, aunque
se estima que algunos países tendrán
en los próximos años a la
mitad de la población fuera de sus
fronteras. La población que todavía
queda en los campos latinoamericanos presiona
por irse a la ciudad, trampolín para
después emigrar al extranjero. Para
los migrantes o cabezas negras, la consigna
es migrar o morir, aunque para migrar tengan
que morir. No parece fácil sin embargo
pensar que toda la población tendrá
que emigrar, mucho menos fácil sería
pensar que toda la población del
campo encontrará trabajo en las zonas
francas enclavadas en algunas ciudades latinoamericanas.
Lo que no parece difícil es imaginarse
que lo que tendremos es más de lo
mismo: hacinamiento urbano, menos servicios,
más marginalidad y más delincuencia,
lo que hará casi insoportable que
sobrevivamos todos, sobre todo con el nivel
de agresividad con las cuales nuestros medios
de comunicación y los discursos neoliberales
estimulan la competitividad y el consumismo
en la juventud. Tampoco parece difícil
imaginarse el nivel de represión,
local o importada, que tendrá que
haber para sofocar la conflictiva cotidianidad
que vertiginosamente crece en el continente.
El capitalismo nacional periférico
no fue capaz de resistir al capitalismo
globalizado, tampoco es capaz de impedir
la depredación y desertificación
del capitalismo salvaje, quien, desprovisto
de toda censura, amenaza con reducirnos
a polvo primitivo y marginado. Ahora le
toca el turno al capitalismo globalizado,
quien se precipita por la senda de la competencia
destructiva y suicida. El mismo capitalismo
que hoy juega su última carta de
concentración y centralización
económica, a través de los
tratados llamados de libre comercio, pero
que en realidad lo que hacen es preparar
la última estacada para monopolizar
el comercio y quitarle la poca libertad
que todavía tenía, al menos
para los capitalistas de las naciones periféricas.
8. El jaque mate norteamericano al libre
comercio de América Latina
El tratado de libre comercio para los americanos
del norte, especialmente para los Estados
Unidos, ya comenzó y es muy sencillo.
En primer lugar subsidian a las grandes
corporaciones agropecuarias y protegen arancelariamente
a las no menos gigantescas corporaciones
industriales, con lo cual contribuyen a
la concentración de sus propios capitales,
prueba de lo cual es la expulsión
del mercado de la mayoría de los
granjeros norteamericanos. En segundo lugar
excluyen de los tratados con Latinoamérica
la libre circulación de mano de obra
desde el sur hacia el norte, en otras palabras
la libre circulación de los cabezas
negras, salvo de aquellos profesionales
que les interese. En tercer lugar excluyen
de los tratados los bienes agrícolas
que podrían competir con productos
similares producidos en Estados Unidos.
En cuarto lugar obligan a los países
latinoamericanos a abrir sus fronteras,
dejando pasar libremente y sin ningún
impuesto, cualquier mercancía que
venga de los Estados Unidos. En quinto lugar
obligan a los gobiernos latinoamericanos
una legislación que permita monopolizar
el uso de todo conocimiento que pueda ser
patentizado, logrando así el sueño
de todo capitalista, como es tener el monopolio
de todo lo que exista entre cielo y tierra,
exigiendo un peaje por sus servicios, regresando
así a los orígenes rentistas
y usurarios del capitalismo. A partir de
entonces, habrá enriquecimiento,
habrá renta e intereses, pero no
podríamos hablar de capitalismo.
En sexto lugar obligan a los gobiernos latinoamericanos
a mantenerse en la órbita del dólar
y vender todo lo que ha quedado del sector
público a las corporaciones mundiales.
Finalmente, quieren que toda la población
pensante latinoamericana repita y enseñe
a repetir que los tratados comerciales son
la mejor manera de lograr en pocos años
el bienestar que los Estados Unidos han
logrado en un siglo de inmisericorde pillaje.
El tratado ya está en marcha, nuestros
ministros y la mayoría de nuestros
intelectuales ya están celebrando
los logros del tratado, desanimando y desaconsejando
toda resistencia o propuesta alternativa,
cobrando de una manera u otra por los servicios
de persuasión patriótica.
Para ellos rechazar los términos
políticos, económicos o culturales
del tratado no es ninguna propuesta, sino
pura intransigencia primitiva o intolerancia
ideológica. Los más sensibles,
se aprestan a susurrar a diestra su última
máxima: si no podemos evitar la violación,
tenemos que aprovecharla de alguna manera,
si tenemos que morir, para qué suicidarnos
de antemano.
No debiéramos, sin embargo, quedarnos
con la impresión de que todo se ha
perdido y que no existe resistencia alguna
frente a la globalización neoliberal.
Existe resistencia, aunque no se conoce
o no se divulga lo suficiente. Nosotros
deberíamos comprometernos a indagar,
divulgar y solidarizarnos con las experiencias
de resistencia, luchas y logros de la economía
popular. Solidarizarnos con la revolución
cubana y con el presidente Fidel Castro,
en resistencia frente a la agresión
del gobierno norteamericano desde hace casi
cincuenta años; conocer sus logros
en materia de salud y educación,
a pesar del bloqueo. Solidarizarnos con
la resistencia del pueblo venezolano a la
cabeza de un régimen que ganó
las elecciones con más del 70 % de
los votos, conocer y divulgar el programa
del presidente Chávez, así
como los logros de la revolución
bolivariana en materia de reforma agraria
y servicios sociales. Divulgar el triunfo
electoral del presidente Lula, obrero y
líder sindical, quien ha militado
toda su vida contra el capitalismo y las
injusticias contra el pueblo brasileño,
quien acaba de ganar las elecciones en el
país más grande de América
Latina, con cerca del 60% de los votos con
un discurso contra la globalización
neoliberal. Conocer y divulgar la insurrección
cívica victoriosa acaecida en Costa
Rica en los últimos años,
contra la privatización de los servicios
básicos. En fin, conocer las luchas
de resistencia de los movimientos sociales
latinoamericanos, contra la represión
gubernamental, contra la injerencia norteamericana,
contra la globalización neoliberal,
y a favor de nuevas experiencias de gestión
social de la economía y de la sociedad.
Asimismo, debemos estudiar la historia política
de las invasiones de los marines norteamericanos
contra todos los movimientos revolucionarios
latinoamericanos desde la revolución
mexicana hasta la revolución sandinista.
9. Soberanía alimentaria, economía
popular y desarrollo nacional
En relación a los tratados comerciales,
a la ofensiva privatizadora y al desmantelamiento
de la protección nacional, debiéramos
concertar algunos puntos comunes que nos
permitan escalar una nueva identidad de
la lucha revolucionaria latinoamericana.
A manera de ilustración, sin querer
agotar las posibilidades o iniciativas,
interesados más en encontrar formas
de articular intereses, señalamos
algunas banderas, eminentemente propositivas
como lo exige la incredulidad nacional.
a) En primer lugar, tenemos que hacer
lo que hizo la sociedad civil costarricense
y otras sociedades civiles latinoamericanas:
abandonar la culpabilidad y rechazar la
privatización del estado, de las
empresas nacionales y de los servicios públicos.
b) En segundo lugar, organizar la participación
de las organizaciones populares de la sociedad
civil en los debates y aprobaciones de las
políticas presupuestarias, fiscales
y demás leyes de interés general,
denunciando y deslegitimando la representación
de los actuales gobiernos, preparando así
un movimiento de desobediencia civil contra
la desnacionalización de nuestra
soberanía. Exigir la conformación
de una comisión mixta Gremios-Gobierno,
con carácter deliberativo y decisorio
en toda negociación comercial de
carácter internacional. Pero no encasillarnos
ni limitarnos al tema de la protección
arancelaria (que dicho sea de paso, ha descendido
del 40% al 5% en su promedio), sino aprovechar
esta discusión y esta movilización
para construir una estrategia alternativa.
c) En tercer lugar, vincularnos, establecer
alianzas y fomentar la organización
de los gremios productivos y de todas las
posibles identidades que puedan incorporarse
con alguna dignidad. Aprovechar el sentimiento
de fraude y estafa que empieza a aflorar
entre muchos empresarios nacionales, quienes
apenas ayer gritaban vivas al libre mercado
y al libre comercio, mientras que ahora
se quejan de la competencia desleal y lloran
el embargo y/o subasta de sus propiedades.
No se trata de creer, reaccionariamente,
que nosotros podemos salvar al capitalismo
nacional, frente a la ofensiva del capitalismo
globalizado, sino que se trata de contribuir
a un proceso donde las víctimas se
transformen en luchadores de un nuevo modelo,
nacional y popular, de acumulación
y desarrollo.
d) En cuarto lugar, trabajar por un proyecto
inmediato de soberanía alimentaria,
puesto que, junto a la energía y
la construcción, los alimentos constituyen
el principal eje de acumulación y
por tanto la base estratégica para
cualquier esquema de desarrollo nacional.
Todos los países desarrollados subsidian
y favorecen la producción y disposición
de alimentos como la primera tarea de seguridad
nacional. Para nosotros es doblemente estratégico,
pues la producción, procesamiento
y distribución de alimentos está
en manos de la economía popular,
es decir, de una economía campesina
y urbana por cuenta propia, gracias a la
cual toda esta mayoritaria gente todavía
se alimenta. Tenemos que desenmascarar aquellas
posiciones que condenan la soberanía
alimentaria bajo el argumento de que nuestros
campesinos no son competitivos, por su atraso
y pobreza, sin decir que precisamente el
atraso y la pobreza es producto del abandono
y marginalidad en que los tienen el intercambio
desigual y las políticas neoliberales
del norte. El debate sobre la alimentación
y el papel estratégico que tienen
las familias campesinas, los pueblos indígenas
y las comunidades étnicas, es nuestra
prueba de fuego acerca de la acertada orientación
y conducta de quienes queremos cambiar las
cosas a favor de nuestros pueblos. Propongamos
y propongámonos defender algo que
todavía existe, como es la producción
campesina de alimentos, la participación
de la población popular urbana en
el procesamiento, distribución y
consumo de alimentos. El procesamiento de
alimentos precedió y fue escuela
del desarrollo industrial de la mayoría
de los países hoy industrializados.
Exijamos la capitalización inmediata
de las familias campesinas, a través
del suministro inmediato de un paquete productivo
alimentario valorado en USA 1.000 (mil dólares)
para cada familia campesina de América
Latina, administrado por las comunidades
o cooperativas, entregado individualmente
en especie a cada familia, concedido en
propiedad a las mujeres, quienes se comprometen
a regresar, en especie o en dinero, el 40%
del valor de los bienes, para conformar
con ello un crédito revolvente que
los libere de la usura y la especulación
comercial.
Exijamos la capitalización de la
pequeña industria, procesadora de
alimentos y de bienes básicos en
general, creando un fondo de crédito
industrial equivalente a USA 1.000 (mil
dólares) por familia, para quienes
hoy por hoy generan el 90 % del empleo urbano
e industrial de nuestras economías,
para ser administrado por instituciones
mixtas entre el gobierno y los gremios o
cooperativas urbano-industriales de estos
trabajadores por cuenta propia. Según
la experiencia de algunos países
donde estos programas ya están en
marcha, la suma total que tendría
que destinarse apenas sobrepasa el 25% de
lo que las instituciones oficiales dicen
que se pierde por corrupción confesa
y registrada cada año en cada uno
de nuestros países. En relación
a los países sedes de los funcionarios
que nos aconsejan sobre lo que tenemos que
hacer, esta suma para capitalizar a la economía
popular apenas equivale al 3% del subsidio
mensual que los productores norteamericanos
y europeos reciben para sostener su estrategia
de soberanía alimentaria y de seguridad
nacional. Acompañemos estos programas,
vinculándonos y trasladando el vigor
y la cultura técnico-científica
de nuestros profesionales y estudiantes
hacia la economía campesina y hacia
la economía urbana por cuenta propia.
Acompañemos estos programas de acumulación
de la nueva economía popular, con
todos los nuevos enfoques de género,
multiétnicos, agroecológicos,
asociativos y autogestionarios, empoderamiento
local de las comunidades y de las asociaciones
territoriales, práctica participativa
de aquellos sectores de la sociedad civil
que están necesitados y dispuestos
a luchar por vivir de otra manera.
e) En quinto lugar, disponer de una oficina
en los consulados latinoamericanos en Estados
Unidos para atender a nuestros hermanos
migrantes. Rebajar la cuota por servicios
que las gigantescas corporaciones cobran
para enviar las remesas familiares. Cobrar
un impuesto a estas corporaciones para beneficiar
a los migrantes, quienes con sus remesas
hacen posible la sobrevivencia de la mayoría
de nuestros compatriotas.
10. La organización alrededor
de un proyecto social sigue siendo el principal
patrimonio de los pobres y de las clases
populares
La concientización, la organización
y la movilización alrededor de sus
intereses, siguen siendo el principal patrimonio
de lo pobres, marginados, reprimidos y explotados.
Sin una lucha política contra la
realidad que los oprime, sin un proyecto
social a favor de sus intereses, sin una
estrategia para trabajar por el desencadenamiento
y consolidación de su propio proyecto,
todo seguirá por el camino de siempre.
La mayor parte del tiempo, los pobres se
entusiasman, organizan, movilizan y luchan,
aparentemente en favor de sus intereses,
pero en realidad terminan apoyando y sacrificándose
por un proyecto social ajeno a sus intereses.
En América Latina, la mayoría
de los pobres votan por partidos conservadores,
reaccionarios y hasta contrarrevolucionarios.
Y toda esta historia es debida en gran parte
a la falta de visión de los líderes
políticos populares y a la poca importancia
que hemos concedido a los valores universales,
así como a nuestros equívocos
discursos: condenamos la libertad del capital
para asesinarnos y nuestros pueblos escucharon
que condenamos la libertad; condenamos la
concentración de la propiedad y nuestros
pueblos escucharon que condenamos la propiedad
en su conjunto, incluyendo la propiedad
de su bienes familiares; condenamos el contubernio
de los jerarcas de la iglesia con las dictaduras
militares y nuestros pueblos escucharon
que condenamos las creencias religiosas;
por otro lado, nos entusiasmos tanto con
los fines de la lucha que descuidamos la
forma, cayendo muchas veces en francas y
ásperas actitudes intransigentes
y sectarias, debilitando así la imagen
de nuestra propia ideología. No siempre
logramos distinguir el valor material de
los ricos o capitalistas y los valores espirituales
realmente existentes, compartidos por ricos
y pobres de todos los estratos sociales;
no siempre logramos distinguir la situación
económica de los pobres de la posición
ideológica de los pobres; en fin,
no siempre logramos distinguir las reglas
de la lucha económica, de las reglas
de la lucha ideológica y de las reglas
de la lucha política y social.
Tenemos que empezar a debatir todo de nuevo,
sabiendo que el principal árbitro
de nuestras razones, proyectos o esperanzas
sigue siendo la opinión pública
o el sentido común de la mayoría
de la población, sabiendo que tenemos
que buscar acuerdos y consenso en todos
los universos posibles, acuerdos en nuestra
familia, acuerdos en nuestras organizaciones,
acuerdos en nuestras comunidades, acuerdos
en nuestras naciones, en fin, acuerdos que
van sumando y que van agrupándose
alrededor de un proyecto social cada vez
más amplio, conscientes de que la
guerra sólo se gana de batalla en
batalla y que la guerra no es contra la
gente, sino contra las instituciones, pensamientos,
actitudes o relaciones de poder que sacrifican
a la gente. Cada clase y cada comunidad
de intereses tienen el derecho de mantener
su propia concepción y estrategia,
pero todas y cada una tiene que tener aunque
sea un pedazo de sentido mayor para converger
en acuerdos cada vez más comunes.
Aprovechemos, pues, este debate y esta
jornada de lucha, para someter a prueba
nuestra capacidad de sumar fuerzas frente
al adversario común. Junto a las
medidas señaladas en los puntos anteriores
o junto a otras medidas, debemos desatar
la mayor de las alianzas políticas
que nos permita combatir nuestro trasnochado
y atomizador sectarismo, enrumbando prioritariamente
nuestras energías contra el jaque
mate que los Estados Unidos están
a punto de asestar al libre comercio o a
la protección económica, social,
política y cultural de nuestra soberanía
alimentaria. La soberanía alimentaria
no es solamente una estrategia de sobrevivencia,
no es solamente la principal base del desarrollo
de la economía popular, en estos
momentos se convierte en el centro de la
disputa por la hegemonía u orientación
del desarrollo nacional. Unos diciendo que
sin desarrollo (capitalista) de nada sirve
la alimentación, otros diciendo que
sin alimentación (para los pobres)
de nada sirve el desarrollo de los ricos.
Unos diciendo que el desarrollo es crecimiento
de las exportaciones, otros diciendo que
las exportaciones en manos de los exportadores
y en beneficio de los exportadores, tal
como ha pasado desde hace quinientos años,
sólo hace crecer la brecha entre
ricos y pobres. Unos diciendo que el crecimiento
y enriquecimiento de las empresas y de los
empresarios equivale al bienestar de la
gente, otros diciendo que el crecimiento
de las empresas o de la economía
no necesariamente equivale al bienestar
de la gente.
* El autor es Doctor
en Economía Política por la
Universidad de París, Director del
CIPRES y Miembro de la Asamblea Sandinista.
Ha publicado más de 25 libros en
español, inglés, francés,
portugués e italiano y ha recibido
diferentes reconocimientos a nivel nacional
e internacional.
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