Gol de Brasil contra
el consenso de Washington
Orlando Núñez
Soto
En opinión de Robert J. Samuelson
vertidas en la revista Newsweek, aparecida
la semana pasada, "las elecciones presidenciales
de Brasil representan el golpe más
reciente al llamado Consenso de Washington:
una amplia serie de ideas, generalmente
a favor del mercado y el libre comercio,
que prometía un crecimiento económico
más rápido para los países
en desarrollo. Brasil intentó muchas
de estas ideas sin lograr el asombroso éxito
esperado".
Efectivamente, los últimos dos mandatos
del presidente Fernando Henrique Cardozo
quien gobernó Brasil bajo el fundamentalismo
neoliberal, sometió durante ocho
años a la economía y al país
al Consenso de Washington: desprotección
de la economía nacional a través
de desmantelamiento arancelario, venta del
patrimonio público por medio de la
privatización del empresas nacionales,
menos impuesto a los ricos a costa de la
disminución del gasto social, menos
inflación extrayendo y trasladando
liquidez a la especulación sin que
importara recesionar de economía.
Las políticas neoliberales postraron
la economía y hastiaron a las principales
fuerzas sociales del Brasil, tal como lo
han hecho con el resto de Latinoamérica,
pues en todo el subcontinente ha tenido
los mismos resultados: la mayor parte de
la llamada inversión extranjera no
fue otra cosa que especulación bancaria
y cambio de dueño de los activos,
del Estado monopolista al monopolio extranjero;
el endeudamiento externo e interno se dispararon
hasta lo insoportable; aumento perverso
de las exportaciones en manos de maquilas
o enclaves que a pesar de la succión
de recursos locales no tuvo ningún
efecto multiplicador en la economía;
recesión económica y aumento
del desempleo; en fin, descapitalización
nacional en aras de una especulativa y parasitaria
acumulación internacional. El modelo
neoliberal mostró su verdadero rostro:
un excelente negocio para las empresas y
bancos transnacionales y un verdadero desastre
para nuestras economías.
La respuesta latinoamericana por parte
de los sectores populares y de los sectores
productivos del empresariado nacional muestra
el giro necesario que genera el sentido
común. Las aplastantes victorias
electorales de Chávez en Venezuela
y de Lula en Brasil, expresan el último
esfuerzo del nuevo nacionalismo latinoamericano,
antes de que la patria grande sea anexionada
colonialmente por la globalización
neoliberal.
La filosofía del programa de Lula
expresa una nueva alianza entre los sectores
populares y los sectores productivos y nacionalistas
del empresariado brasileño, contra
la especulación comercial-financiera
y el drenaje de recursos nacionales hacia
los centros mundiales del gran capital.
Los empresarios votaron por Lula "porque
quiere ayudar a la industria local a competir
con las extranjeras en un terreno de juego
parejo". Los sectores populares esperan
que Lula cumpla con la promesa de aumentar
el empleo, el salario y el gasto social
en salud, educación y vivienda, lo
que sólo podrá lograr con
un aumento de la producción a través
de inversiones productivas. Una muestra
del rechazo al neoliberalismo es el hecho
de que tres de los cuatro partidos que se
presentaron a las elecciones en Brasil,
incluyendo el de Lula, presentaron una campaña
contra el modelo neoliberal del presidente
Cardozo y de la oligarquía financiera,
terrateniente y clerical.
Asimismo, el agotamiento del modelo neoliberal
ha venido mostrando las limitaciones de
la democracia representativa, verdadera
dictadura legal de una clase política
al servicio de las oligarquías latinoamericanas.
En este sentido, el gobierno del PT de Lula
en varias ciudades y estados del Brasil
durante los últimos años,
con novedades tales como las del presupuesto
participativo y el transparente destino
de los fondos públicos en favor de
las grandes mayorías, muestra que
el triunfo de Lula no se enmarca en una
situación coyuntural, sino que obedece
a un giro histórico en el que los
pueblos comienzan a ampararse de algo que
siempre les perteneció, pero que
nunca habían experimentado: democracia
política como medio para lograr la
democracia económica.
Ya se escuchan voces de censura comentando
ideológicamente los peligros de apostar
a lo que nuestros economistas llaman el
proteccionismo y el populismo del mercado
interno. La verdad es que apostar a la promoción
de la producción y el mercado interno
(del capital y del trabajo) es el abc de
toda sana economía, tal como lo promueve
y demuestra el gobierno y el capital norteamericano.
En el mercado interno se prioriza a los
empresarios nacionales y no a los empresarios
extranjeros, la inversión productiva
del capital extranjero es preferida al capital
extranjero especulativo o de enclave impulsado
por las maquilas transnacionales, el aumento
de la capacidad de compra de nuestros trabajadores
(empleo, salario, gasto social) es imprescindible
para la realización de mercancías
de nuestros industriales nacionales, la
exportación solvente es mucho mejor
que el déficit generado por el deterioro
permanente de los términos de intercambio
que el comercio internacional infringe a
nuestras economías.
En Brasil se ganó por una mayoría
sin precedente, lejísimo de los márgenes
con los que se han ganado las elecciones
en Estados Unidos o América Latina,
con excepción de Venezuela. Se ganó
una batalla ideológica contra el
neoliberalismo, puesto que el 62% de la
población brasileña votó
por un cambio a favor de Brasil y en contra
del consenso de Washington.
Ahora se trata de ganar la batalla económica
y social. Lula hereda una gigantesca deuda
externa e interna con sus correspondientes
e insoportables servicios de amortización
e intereses, y cuya necesaria reestructuración
generó conflictos interempresariales.
Brasil es uno de los países más
ricos del mundo, pero donde la pobreza social,
el desempleo y la distribución de
la riqueza, es de las más injustas
del planeta, y cuyo mejoramiento tensará
el presupuesto y los compromisos financieros
internacionales.
Una parte de estas batallas se librarán
al interior de Brasil y otra gran parte
se librará en la arena de la integración
regional. Combinar el estímulo a
la producción interna con el mejoramiento
de las condiciones de vida requerirá,
entre otras cosas, una audaz oxigenación
a la economía familiar cuyo peso
en Brasil es bastante significativo. Revertir
la desventaja de Brasil en el comercio y
las finanzas internacionales, sin encerrar
su economía urgirá de una
obligada alianza regional con los países
latinoamericanos, cosa que Lula tiene bien
claro a juzgar por sus palabras: "Para
Brasil, el ALCA es una opción, pero
el MERCOSUR es un destino".
En todo caso e independientemente de los
desenlaces posibles, la crisis del neoliberalismo
recetado por el consenso de Washington está
en agenda. Nosotros, desde Nicaragua, debiéramos
desear los mejores votos al gobierno de
Lula. Pues lo que es bueno para Brasil,
será bueno para Nicaragua, y lo que
ha sido bueno para las empresas transnacionales
y los centros metropolitanos del capital,
no ha sido bueno ni para Brasil ni para
Nicaragua.
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