La Opción Ciudadana
frente a la Crisis del Azúcar
Orlando Nuñez
Soto
Ultimamente se ha suscitado en Nicaragua
una disyuntiva alrededor del colapso del
azúcar debido a la caída de
los precios internacionales. La primera
opción se inicia a raíz de
una propuesta parlamentaria conducente a
eliminar los aranceles de importación,
lo que implica liberar el mercado del azúcar
y restringir el oligopolio de los empresarios
azucareros del país, con el fin explícito
de abaratar los precios internos. La segunda
opción se presenta como salvadora
de la producción azucarera, la protección
de la economía nacional, el aseguramiento
de las reglas del juego para la inversión
extranjera, el diferencial favorable de
nuestros precios internos, la estabilidad
laboral y tantas cosas más.
La disyuntiva no es tan simple entre eliminar
los aranceles o dejar las cosas como están,
siendo una buena ocasión para discutir
a fondo y objetivamente el problema de nuestra
economía y la disyuntiva en que nos
encontramos. En primer lugar quisiera decir
que en economía y en política
las intenciones no cuentan en absoluto para
aclararnos el asunto, por lo tanto no debiéramos
empañar la discusión recurriendo
a la moralidad o ideologización de
los interesados.
Por fin entendimos la globalización
Una de las ventajas de este caso es que
por fin nuestros empresarios y nuestros
economistas entendieron lo que significa
la globalización, es decir, el desmantelamiento
de las fronteras nacionales, a través
del levantamiento de los aranceles y otros
obstáculos que perturban la eficiencia
y rentabilidad del capital. Efectivamente,
la globalización significa la prioridad
político/económica a la inversión
y el interés de las empresas transnacionales,
y por lo tanto el final de la soberanía,
el final del proteccionismo arancelario,
el fin del estímulo al mercado interno,
la quiebra de la empresa nacional y sus
secuelas de desempleo, empobrecimiento,
depredación de los recursos naturales,
desmantelamiento de los servicios sociales,
migración, etcétera.
El azúcar es uno de los últimos
productos industriales y agrícolas
precipitados al infierno por la imposición
de los precios internacionales debajo de
sus costos de producción. Lo que
no hizo ni el somocismo ni el sandinismo,
lo hizo el mercado libre: uno a uno, los
empresarios del algodón, el café,
el tabaco, el maní, la soya, el ajonjolí,
el camarón y el resto de productos
industriales, sucumbieron al mercado libre.
En cada uno de esos momentos nadie salió
en defensa de los productores, trabajadores
o de la economía nacional: la ley
de la oferta y la demanda aparecía
apañando la real monopolización
de los precios internacionales y la borrachera
neoliberal de nuestra clase política
y económica.
Si no fuera por el caso del azúcar
y la influencia que tiene la clase azucarera,
nuestros empresarios y economistas todavía
estarían manteniendo su cruzada desrreguladora,
pensando quizás que a ellos no les
llegaría su turno.
Por fin aceptamos que existen beneficiarios
y víctimas en el mercado
Realmente toda economía es una mezcla
de mercado libre y políticas económicas
encargadas de regular los mercados, la diferencia
reside en quien gana y quien pierde en cada
regulación: por un lado una minoría
exitosa y por otro lado una mayoría
de víctimas empobrecidas. Ante tal
constatación, solo el beneficiario
de la regulación y el fundamentalista
siguen hablando de las virtudes del mercado
libre. Lo insólito de esta postura
es el discurso de los países del
norte, quienes recomiendan apertura absoluta
para los países subordinados al mercado
mundial, junto con un proteccionismo a ultranza
para quienes subordina a dicho mercado.
Mas insólito aún es que nuestra
burguesía criolla, hasta hace poco
siguiera hablando maravillas de la competitividad
y la apertura, a pesar de las víctimas
nacionales.
Otra ventaja del caso del azúcar
es que ahora la "opinión especializada"
comienza a visibilizar y criticar el proteccionismo
azucarero norteamericanoeuropeo, a lamentarse
sobre el desempleo nacional, y sobre la
quiebra empresarial ... de los azucareros,
virtiendo alabanzas al subsidio y al proteccionismo
nacional ... para los azucareros, incluso
a señalar la imperfección
del mercado. Esperemos que prontamente amplíen
su receta a todos los productos y productores
nacionales, especialmente a los campesinos,
por ser éstos los mayores productores
internos y los más desfavorecidos
por la regulación de los precios
mundiales.
La aritmética del azúcar:
más dulce para unos y más
simple para otros
Sesenta mil manzanas de caña de
azúcar se cultivan en las tierras
más fértiles y con mayor renta
diferencial de Nicaragua y producimos 7
millones de quintales aproximadamente. Los
costos de producción del azúcar
oscilan alrededor de los USA $14 dólares
por quintal. El precio actual del mercado
mundial es de 6 dólares aproximadamente;
en las décadas anteriores sus oscilaciones
cíclicas promediaban USA $30 dólares
por quintal y sus precios más bajos
por lo general siempre sobrepasaban los
costos de producción, hasta que llegó
el holocausto. En la bélle époque
las multimillonarias ganancias nunca llegaron
hasta los cañaverales, ni los consumidores
nos beneficiamos de aquellos precios, tampoco
nuestros trabajadores fueron invitados a
la Asamblea Nacional: sólo se hablaba
de la ley de la oferta y la demanda, la
eficiencia empresarial y del sector privado
como el motor de la economía.
En la década del 90, los ingenios
azucareros empezaron a quebrar en su mayoría,
sin que nadie dijera nada, quedando en pié
prácticamente el ingenio San Antonio
de la familia Pellas y el Monterrosa del
grupo Pantaleón (inversionistas guatemaltecos).
Actualmente el 45% de la producción
(3.1 millones de quintales) se vende al
mercado mundial a $6 dólares por
quintal (½ millón se vende
a Estados Unidos a precios preferenciales
-$18.50 dólares por quintal); el
55% (3.8 millones de quintales) se vende
en Nicaragua a una empresa llamada Central
Azucarera, perteneciente a los mismos propietarios
azucareros, a $21 dólares el quintal,
los que a su vez la distribuyen a USA $22
dólares el quintal, llegando al consumidor
a $25 dólares el quintal (entre C$3.3
y C$4 la libra), o sea a 400% sobre el precio
internacional. Similar resultado se observa
con algunos subproductos del azúcar,
como la melaza, cuyo precio internacional
por tonelada es de $25 dólares, pero
internamente la compramos a más de
$40 dólares cada tonelada.
En otras palabras, Nicaragua subsidia al
mercado mundial, perdiendo $8 dólares
por cada quintal exportado, para un total
de $22 millones de dólares. Por otro
lado, los consumidores nicaragüenses
subsidiamos a los monopolios azucareros
nacionales, desahorrando $19 dólares
por cada quintal que compramos, pues pagamos
a $25 dólares un quintal de azúcar
que podríamos comprar a $6 dólares
el quintal en el mercado internacional (desahorrando
un total de $72 millones de dólares).
Se nos dice que tal injusticia se justifica
para que nuestros empresarios puedan alcanzar
su punto de equilibrio. Sin embargo, observamos
que mientras los ingenios pierden en el
mercado exterior $22 millones de dólares
($8 dólares por 3.1 millones de quintales
exportados), estos mismos ingenios más
los distribuidores nacionales se recuperan
con creces vendiendo en el mercado interno,
logrando una ganancia de $42 millones de
dólares (3.8 millones de quintales
multiplicados por $11dólares, que
es la diferencia entre el precio de costo
- $14 - y el precio de venta -$25); obteniendo
un excedente neto de cerca de $20 millones
de dólares ($42 millones menos $22
millones): toda una ganancia de monopolio
que nada tiene que ver con la competitividad
y rentabilidad entre oferta y demanda de
libre mercado, sino con prácticas
proteccionistas y precios de monopolio.
No se incluye la ganancia de los subproductos
del azúcar, como son la energía
a base de bagazo de caña, la melaza,
los licores (Flor de caña), la comercialización
de insumos y maquinarias por los ingenios,
etc.
La opción ciudadana
Efectivamente, levantar los aranceles y
liberalizar completamente la importación
del azúcar, tal como se ha hecho
con el resto de productos y tal como lo
orientan las políticas globalizadoras
del Fondo Monetario, tendría las
mismas desastrosas consecuencias que se
han obtenido con otros productos, otros
empresarios, otros trabajadores y resto
de la economía nacional. Siendo que
tal opción ha sido criticada hasta
la saciedad, no tiene sentido abundar sobre
el asunto, salvo agregar que los argumentos
sobre las ventajas del oligopolio azucarero
son demasiado simples y fraudulentos, como
que el precio del azúcar en Europa
y Estados Unidos es mayor que el nuestro
(con tal argumento deberíamos subir
diez veces los salarios y todavía
estaríamos pagando diez veces menos
a nuestros trabajadores).
Además de las opciones anteriores,
existe otra opción que quisiera presentar,
pero antes los invitaría a que respondiéramos
la siguiente pregunta. ¿Por qué
existe una aplicación arancelaria
diferenciada, dependiendo del rubro o del
productor? ¿Por qué nos preocupamos
por apoyar a una parte del sector azucarero,
lo que es correcto, pero no nos importa
abandonar a los cafetaleros, los frijoleros,
los arroceros, los ajonjoliceros, los maniseros,
los soyeros, los tabacaleros, los camaroneros
y todos los pequeños y medianos industriales
que colapsan día a día? ¿Por
qué pensamos en 10,000 trabajadores
permanentes del azúcar y no decimos
nada, mas bien aplaudimos y ofrecimos mil
argumentos contra la regulación,
cuando la globalización y la quiebra
de la economía exportadora nos expulsaba
a un millón de trabajadores? No dijimos
una sola palabra ni siquiera cuando quebraron
los ingenios anteriores.
La tercera opción consiste en formar
una comisión, donde participe el
gobierno, la Asamblea Nacional, los empresarios
azucareros, los municipios cuyos impuestos
del azúcar son escamoteados por el
aparato central, los trabajadores azucareros
que no son reenganchados porque se les detectó
insuficiencia renal o porque son mujeres
embarazadas, la sociedad civil a través
de la liga de consumidores que representa
a quienes pagan un sobre precio para mantener
las ganancias extraordinarias de un par
de familias. La comisión tendría
que presentar una propuesta que incluya
un análisis general (costo-beneficio)
de las empresas azucareras, un convenio
cuatripartito (gobierno-empresarios-trabajadores-consumidores),
una escala de precios (salarios, venta al
consumidor, impuestos, aranceles) y un margen
de sostenibilidad, con el fin de distribuir
cargas y beneficios para todos.
La situación no se va a resolver
con el retiro de la iniciativa de ley en
la Asamblea Nacional, pues el colapso agroexportador
sigue su implacable curso. Pero si pensamos
en el beneficio de todos, podríamos
revisar las cifras con mejor espíritu.
Esta podría ser una tarea para el
CONPES, o al menos para los participantes
de la sociedad civil en dicha instancia:
la Coordinadora Civil y los movimientos
sindicales y sociales.
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