¿Se puede disentir
de la pena de muerte y ser solidario con la
Revolución Cubana?
Orlando Núñez
Soto
Yo creo que la respuesta es afirmativa,
igual que se puede estar en contra de la
revolución cubana y estar a favor
de la pena de muerte, como lo atestigua
diaria y consecuentemente el gobierno norteamericano.
Si a alguien le parecen contradictorias
estas afirmaciones, podemos agregar otros
ejemplos más sencillos. Los funcionarios
cristianos del gobierno de Nicaragua están
a favor del quinto mandamiento de la santa
iglesia católica quien manda no matar,
sin embargo están a favor de la intervención
de Estados Unidos en Irak, a pesar de que
los marines matan a miles de ciudadanos
iraquíes. Alguno de los lectores
dirá, eso es muy distinto, porque
se trata de una guerra; la verdad es que
más que una guerra, se trata de una
invasión de la maquinaria militar
más poderosa de la tierra contra
uno de los países más vulnerados
del tercer mundo, pero bien, probemos otros
ejemplos. Los funcionarios del gobierno
nicaragüense dicen estar a favor de
la soberanía de los pueblos, con
el mismo aplomo que dicen estar a favor
de la invasión norteamericana al
pueblo de Irak.
Todo esto me parece coherente, pues detrás
de todas estas afirmaciones se encuentra
una posición política de solidaridad
de los funcionarios nicaragüenses con
el régimen político norteamericano.
Estoy seguro que estos mismos funcionarios
disienten incluso de muchas otras cosas
que hace la administración norteamericana,
pero no son tan estúpidos ni tan
hipócritas como para no distinguir
entre la orientación de un proyecto
social y las vicisitudes y necesidades de
las diarias batallas en que se encuentran
sus regímenes.
El mismo caso encontramos en aquellos cristianos
que disienten de los crímenes cometidos
por el Tribunal de la Santa Inquisición,
o de las violaciones que los curas norteamericanos
perpetran a diario contra miles de niños
y niñas inocentes en los Estados
Unidos, sin que tengan por ello que renunciar
al catolicismo o a la solidaridad con la
iglesia católica en momentos en que
ésta se encontrara atacada, sitiada
y bloqueada por sus enemigos. Pero bueno,
ya conocemos de la consecuencia de los cristianos
y de los liberales, y no nos queda más
que respetar sus razones y sentimientos.
Veamos que pasa con quienes nos identificamos
con la orientación socialista y con
el proyecto social de los gobiernos socialistas.
En primer lugar nos seducen aquellas políticas
por medio de las cuales los niños
comen, van a la escuela y a los hospitales
aunque no posean una carta de crédito;
nos seducen los campesinos que tienen tierra
y capital para producir y consumir sin tener
que ir a la cárcel o morirse de hambre;
nos seduce la dignidad y el coraje para
enfrentar la prepotencia norteamericana.
En casos de que alguno de estos países
se encuentre agredido por el gobierno norteamericano,
nos sentimos con el deber moral de solidarizarnos
con ellos, sin que eso signifique que estamos
de acuerdo ciegamente con todo lo que sus
regímenes hagan o dejen de hacer.
Tal fue el caso de nuestra solidaridad con
los vietnamitas y con el gobierno de Ho
Chi Min, y tal es el caso de nuestra solidaridad
con el gobierno socialista de Cuba, uno
y otro agredidos por el gobierno norteamericano.
Sencillamente, porque no estamos a favor
de la intervención militar norteamericana
contra ningún pueblo de la tierra,
igual que no estaríamos a favor de
una eventual intervención de gobierno
alguno contra el pueblo de los Estados Unidos.
Yo personalmente no estoy a favor de la
pena de muerte y frente al esquema de la
dictadura del proletariado, prefiero la
hegemonía popular, tampoco estoy
de acuerdo con censurar todo debate político
alrededor de la revolución cubana,
tal como se los he dicho a mis amigos cubanos,
los que nunca me respondieron: está
con nosotros o contra nosotros.
Algunos han visto la oportunidad de distanciarse
de la revolución cubana, bajo el
pretexto de la pena de muerte contra los
secuestradores de turistas en Cuba, aduciendo
que no son terroristas, que Cuba no está
siendo agredida militarmente o que aquellos
secuestradores no son apoyados por el gobierno
norteamericano. Creo que es difícil
sostener que los secuestros de naves cubanos
con turistas a bordo y su refugio en los
Estados Unidos donde se retienen los aviones
y los secuestradores quedan en libertad,
o la voladura de un avión cubano
lleno de deportistas, o la invasión
a Bahía de Cochinos por el gobierno
de Kennedy, nada tienen que ver con lo que
estamos diciendo. Es como decirle a los
Estados Unidos que el ataque a las torres
gemelas de New York no es un acto terrorista
y que dejen en libertad a todos los secuestradores.
¿Con cual verdad nos quedamos entonces?
Yo pienso que podemos ser solidarios y
críticos a la vez, no creo que tengamos
que ser incondicionales con nadie, tampoco
creo que tengamos que abandonar a un pueblo,
a una revolución o a un amigo porque
sus políticas o conductas no nos
satisfacen. De lo contrario, tendríamos
que romper no solamente con nuestras verdades
políticas, religiosas o científicas,
sino con nuestra propia familia, pues no
encontraríamos a nadie tan perfecto
ni tan infalible como para que sea digno
de nuestra solidaridad, ni nuestros padres
ni nuestra patria, ni nuestras madres ni
nuestras doctrinas, ni nuestros amigos ni
nuestras esposas, ni nuestros hijos ni nuestras
hijas.
Sólo me queda agregar que me siento
totalmente solidario con la revolución
cubana con su dirigencia y con su pueblo.
No estoy de acuerdo con el terrorismo, aunque
sea en nombre de la libertad y de la democracia.
Estoy de acuerdo con el respeto a la soberanía
y la autodeterminación de los pueblos,
aún con la soberanía del pueblo
norteamericano, cuyos gobernantes violan
a diario la soberanía del mundo entero
y se comportan como los mayores terroristas
de la mayoría de los pueblos del
mundo, es decir, como enemigos de la humanidad.
Estoy de acuerdo con las revoluciones del
pasado y con las revoluciones del futuro,
independientemente de sus limitaciones políticas.
Prefiero equivocarme confiando en los procesos
revolucionarios que dejar de confiar en
ellos.
Me parece un disparate que alguien pudiera
decir en su tiempo que abandona la revolución
inglesa, francesa, norteamericana o sandinista
por sus errores, debilidades o limitaciones
políticas de sus dirigentes. Me suena
más consecuente la posición
de aquellos que las adversaron por su orientación
social o porque contradecía sus principios
políticos.
Están en su derecho aquellos revolucionarios
o izquierdistas o progresistas que piensan
que es hora de abandonar la solidaridad
con la revolución cubana o con el
régimen de Fidel Castro, no pienso
que tengamos que vilipendiarlos, pero sí
espero que reflexionen y reaccionen con
la misma consecuencia a la hora de solidarizarse
con otros regímenes, con otras corrientes
de pensamiento, con otras doctrinas o con
otros proyectos sociales como el del liberalismo
norteamericano que sistemáticamente
invaden el país que le dé
la gana.
Sólo en la última década
y en nuestra cercana región invadieron
militarmente Grenada, Panamá, Nicaragua,
El Salvador, Colombia y según ellos
todavía no está saciado su
manifiesto destino interventor. De lo que
se trata es de una disyuntiva entre la soberanía
y la autodeterminación de los pueblos
por un lado y la fuerza del imperio para
aplastar la voluntad política de
cualquier pueblo del mundo; en este caso
como en cualquier dilema político,
las opciones corresponden a la orientación
política de un proyecto y no a la
pureza de sus regímenes.
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