El fin de la Soberanía
Alimentaria
Orlando Núñez
Soto
La última reserva de la soberanía
de un país o de una comunidad, antes
de llegar a su indigencia total, es la soberanía
alimentaria, es decir, la posibilidad o
la capacidad para alimentarse con sus propios
recursos.
En el caso de Nicaragua, dicha soberanía
ha estado basada fundamentalmente en la
producción campesina de alimentos
básicos, en cantidades suficientes
para su población y a costos asequibles
para los ingresos de la mayoría poblacional.
Estamos hablando de cereales, aceites, carnes,
lácteos, frutas y verduras, alimentos
que han procurado la proteína, la
energía y los carbohidratos necesarios
para una ingesta calórica que ronda
los requerimientos básicos.
Cada día producimos menos y cada
día importamos más alimentos
Lamentablemente y debido al sesgo agroexportador,
la producción de estos alimentos
ha sido desplazada por productos comerciales
requeridos por las metrópolis, bajo
la tesis de que con el dinero obtenido por
aquellos, podríamos comprar lo que
quisiéramos. Los especialistas de
la seguridad alimentaria siempre hablan
de acceso a los alimentos a fin de que se
lea: importar alimentos.
Después de 500 años, sin embargo,
el resultado ha sido un desastre absoluto.
Hoy en día, los productos comerciales
son cada vez menos requeridos por el mercado
externo, y el valor de lo poco que exportamos
no alcanza ni para pagar la factura comercial
de lo que importamos.
Además de la presión agroexportadora
de productos comerciales, la causa de aquel
desastre está en la marginación
y el empobrecimiento de la economía
campesina. Inmediatamente después
de la revolución, el campesinado
perdió todo el apoyo por parte de
las políticas económicas.
El crédito que antes obtenía
por parte de la banca nacional fue reducido
en un 95%, y el 5% restante fue condicionado
a cultivar productos comerciales que lo
llevaron al fracaso económico y al
empobrecimiento social, a causa precisamente
del diferencial entre costos de producción
y precios de mercado.
El acelerado empobrecimiento de la economía
campesina se acompañó de una
descapitalización sin precedentes,
sólo comparable a la destrucción
generada por el huracán Mitch y otros
fenómenos naturales como las erupciones
volcánicas. El agotamiento de sus
suelos y de sus fuentes de leña y
agua, la imposibilidad para fertilizar sus
tierras, junto a la migración hacia
las ciudades y hacia el extranjero, sumen
en la agonía todo el ecosistema milenario
de la economía campesina. Por todas
estas razones, los rendimientos de nuestros
productos en general y de los alimentos
en particular son cada día más
bajos y tienden hacia la extinción.
En el último año (2001),
Nicaragua importó cerca de $300 millones
de dólares en productos agropecuarios
y alimenticios, es decir, más del
55% del valor de todas nuestras exportaciones
(532 millones de dólares anuales).
La mayoría de los alimentos importados,
con excepción del trigo y de algunas
canastas de uva y manzanas, son alimentos
que antes producíamos internamente,
entre ellos aceite, carnes, derivados de
la leche, frutas, verduras y cereales (arroz,
frijol y maíz).
Sabiendo que en su totalidad los productos
de exportación acusan precios internacionales
de mercado por debajo de sus costos de producción,
manteniendo además un déficit
comercial de más de mil millones
de dólares, el lector se preguntará
de dónde sacamos dinero para pagar
aquellas importaciones. La primera respuesta
proviene cada vez más de las remesas
familiares de los nicaragüenses pobres
que viven en el exterior, la segunda respuesta
proviene cada vez menos de la cooperación
y el endeudamiento internacional.
Los tratados de libre comercio y el
jaque mate al gallo pinto
La dieta de los nicaragüense está
basada fundamentalmente en el gallo pinto:
arroz, frijol y tortilla de maíz.
El 70% del ingreso de la mayoría
de los nicaragüenses es destinado a
la compra de alimentos y más de la
mitad se destina a la compra de estos cereales.
A raíz de la apertura comercial
estimulada por los tratados de libre comercio,
la invasión de productos alimenticios
provenientes de la metrópoli, a precios
sin competencia, termina de agotar las posibilidades
de seguir produciendo arroz, maíz
y frijol. De acuerdo al registro de importaciones
de alimentos de los últimos años,
Nicaragua gasta más de sesenta millones
de dólares anuales en importar maíz,
frijol y arroz. Cifra que se ha venido incrementando
en los últimos años y todo
parece indicar que no hay limite ni tregua
para que en los próximos años
estemos prácticamente importando
totalmente el gallo pinto.
En el caso del arroz, los productores nacionales
se mantienen con dificultad frente a las
importaciones provenientes del exterior.
En el caso del maíz, de la harina
de maíz e incluso de la tortilla
elaborada, nuestros días están
contados y pronto dejaremos de ser los descendientes
de los hombres de maíz que un día
fuimos. El colmo de nuestra mala suerte
es que la cooperación internacional
nos obliga a producir maíz híbrido,
lo que nos somete a una dependencia absoluta
de la semilla norteamericana, debido a la
esterilidad del grano producido. El "Programa
Libra por Libra" implementado por el
actual gobierno y financiado por el Banco
Mundial prestará 40 millones de córdobas
para adquirir, entre otros, 10,000 quintales
de semilla híbrida importada, para
habilitar y habituar a 75,000 productores
campesinos a sustituir la semilla de maíz
criollo por la semilla de maíz norteamericana.
El peor augurio de este funesto desenlace
proviene de una noticia aparecida el mes
de abril del presente año en la revista
BIOTECNOLOGIA del Proyecto de Mejoramiento
de Semilla (PROMESA) ejecutado por una empresa
privada norteamericana (DAI) y financiado
por la AID: "EE. UU. anuncia frijol
rojo de exportación."
Según el articulo de esta revista
"El frijol Rojo Chiquito recientemente
producido, es el primer pequeño frijol
rojo seco, desarrollado para la producción
en Estados Unidos con la intención
de comercializarlo en América Central,
dijo Philip Miklas, un genetista del Servicio
de Investigación Agrícola
en Washington (...) Según Miklas,
esta variedad se dedicará principalmente
a la exportación a Honduras, Nicaragua,
El Salvador y otros países de América
Central, y probablemente al mercado étnico
norteamericano, con un valor de muchos millones
de dólares".
Mientras nuestra producción de frijol
rojo no alcanza los 10 quintales de rendimiento
por manzana, el frijol rojo made in USA
produce un rendimiento de más de
31.5 quintales por manzana, debido a sus
virtudes genéticas que lo hacen resistente
al 'virus del encrespamiento' y del 'mosaico
común'. No hace falta decir que al
igual que toda la producción agrícola
norteamericana, los productores de frijol
rojo también serán subsidiados,
de manera que puedan competir con los famélicos
campesinos nicaragüenses, centroamericanos
y mexicanos del sur. Mientras tanto a nosotros
nos recetan y nos hacen firmar los tratados
de libre comercio, llámense estos
Plan Puebla Panamá (PPP) o Alianza
de Libre Comercio de las Américas
(ALCA), los cuales están por encima
de nuestra constitución y por tanto
sobre el resto de lo que quedaba de nuestra
soberanía.
Entretanto, nuestros economistas y nuestra
clase política siguen pensando que
producir alimentos es mantenerse en el atraso,
aconsejándonos convertirnos en una
economía de enclave, como en los
viejos tiempos: ayer produciendo sobremesas
para la metrópolis, hoy vistiendo
al mundo exterior, en ambos casos teniendo
que comprar alimentos en lata norteamericana.
A propósito, el mencionado artículo
de la revista termina diciendo: "De
coloración rojo/oscuro radiante,
estas semillas son ideales para enlatarlas
y cocinarlas porque retienen su color y
su firmeza".
Esperemos que nuestros diputados, celosos
defensores de la protección a los
grandes ingenios azucareros, prohibiendo
la entrada de azúcar barata a la
región, defiendan con el mismo celo
la importación de frijol o maíz
barato, para no quebrar a 200,000 campesinos
nicaragüenses, quienes producen la
mayor parte de las 500,000 manzanas de cereales
(maíz y frijol) con lo que se alimenta
el ganado menor y la población en
su conjunto.
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