El Colapso de la Agroexportación
Orlando Núñez
Soto
Hasta hace poco era un dogma económico
que el crecimiento y la exportación
al mercado mundial eran suficiente receta
para sacar del subdesarrollo a los países
pobres. En concordancia, la doctrina económica
elaborada en los centros metropolitanos,
nos conminaba a seguir exportando contra
viento y marea, independientemente de los
desastrosos resultados para nuestra economía.
Fue así que durante 500 años
grandes riquezas en oro, banano, madera,
algodón, café, etcétera,
fueron trasladadas a los países europeos
y norteamericanos, sin embargo, el empobrecimiento
de nuestros países se profundizaba,
al mismo tiempo que aquellos se enriquecían.
Semejante evidencia comienza a ser manifiesta
para un número cada vez mayor de
organizaciones y especialistas en la materia.
Una muestra la expone elocuentemente un
organismo norteamericano llamado Food First
cuando afirma: "La agricultura orientada
hacia la exportación ha contribuido
a generar más hambre y pobreza global,
y ha enajenado a millones de personas de
la tierra, el agua y las semillas. La producción
para la exportación se ha promovido
a costa de la seguridad alimentaria domestica
y ha llevado a una mayor concentración
del sistema alimentario".
El crecimiento perverso y el final de
nuestras exportaciones
A diferencia de los países ricos,
para quienes la exportación no ha
sido más que un medio para fortalecer
su mercado interno, nuestra economía
estuvo orientada hacia el mercado externo.
Decir que mientras más se produce
y más se exporta, más perdemos,
parece una contradicción y hasta
un disparate para quienes le creen más
a la lógica económica que
a la realidad. Por supuesto que estamos
hablando del crecimiento y de la exportación
realmente existentes. La premisa es muy
sencilla. Si un empresario o un país
produce a un costo de 100 dólares
y vende a un precio de mercado de 70 dólares,
nadie podrá dudar que por cada unidad
de producto exportado perderá 30
dólares y su crecimiento será
perverso, pues mientras más produzca
y exporte, más empobrecerá.
Esta aritmética la saben muy bien
nuestros empresarios hoy en día,
pues los precios de mercado de los principales
productos de exportación están
por debajo de los costos de los mismos.
Veamos, sin embargo, algunos ejemplos para
aquellos que no son empresarios, pero mantienen
su creencia en las bondades de la agroexportación
dirigida por los países ricos.
El café, principal producto de exportación,
tiene un costo de producción de $70
dólares por quintal y su precio de
mercado no pasa de $50 dólares el
quintal. Esto quiere decir simplemente que
por cada quintal de café producido
y exportado perdemos $20 dólares.
Los cafetales empiezan a ser abandonados
y gran parte de los mismos tienen un rendimiento
de 5 quintales por manzana.
El azúcar, tiene un costo de $14
dólares por quintal y su precio en
el mercado mundial es de $7 dólares.
Es decir, que por cada quintal de azúcar
producido y exportado perdemos $7 dólares.
En los últimos tres años han
quebrado la mayoría de los ingenios
de azúcar y el área de siembra
de caña bajó en los últimos
años de 80,000 manzanas a 58,000
manzanas. Esta diferencia tiene que ser
compensada con el subsidio interno, lo que
incide fuertemente en la diferenciación
social del país.
El área de tabaco alcanzó
en años recientes un promedio de
5,400 manzanas, hoy en día la siembra
apenas pasa de 1,000 manzanas. En los buenos
años, el quintal de tabaco se pagaba
a más de $300 dólares, hoy
los cubanos pagan solamente $140 dólares
por quintal, lo que implica que los productores
mantienen su solvencia cerca del punto de
equilibrio. El resultado no se hizo esperar
y de las 35 fábricas de tabaco que
existían en Estelí, hoy sólo
quedan 5, incidiendo ello en mayor desempleo.
En el caso de las oleaginosas, la situación
no puede ser peor. Conocemos el expediente
del algodón, del cual llegó
a sembrarse alrededor de 250,000 manzanas,
hoy en día no queda más que
depredación e intoxicación
de suelos, aguas y familias rurales.
En área de ajonjolí, otro
de nuestros productos de exportación,
ha venido disminuyendo estrepitosamente,
pasando de 60,000 manzanas a finales de
la década de los ochenta, a 20,000
manzanas en los últimos años,
y a 5,000 manzanas en las recientes cosechas.
El costo promedio de ajonjolí es
de 25 dólares el quintal, mientras
que el precio de mercado durante el último
ciclo apenas llegó a los $7 dólares
por quintal, y además no hay compradores,
por lo que los productores tienen gran parte
del ajonjolí en sus bodegas.
La soya ha perdido prácticamente
su demanda, tanto en el mercado nacional
como en el mercado externo. De tal manera
que de 25,000 manzanas de soya sembrada
en los últimos años, hoy en
día apenas llegamos a las 2,000 manzanas.
Junto con la soya han quebrado las fábricas
de aceite de occidente, de tal manera que
Nicaragua depende prácticamente del
mercado exterior para su consumo.
Los productores de maní mantienen
su rentabilidad, pero han perdido prácticamente
su liquidez, pues tienen un solo canal de
venta y exportación y por lo general
reciben su liquidación ocho meses
después de haber entregado el producto.
El banano ha bajado su producción
y su exportación en más del
50% en las últimas décadas,
cultivándose actualmente 2.8 mil
manzanas, con un precio de mercado que apenas
alcanza su punto de equilibrio, su precio
al productor bajó de $4 dólares
a $3.50 cada caja. Algo parecido podemos
decir del camarón cuyo costo gira
alrededor de 2.50 dólares por libra,
mientras que su precio bajó en los
últimos años de más
de 4 dólares, a menos de 3 dólares
la libra, llegando incluso el año
pasado a cotizarse alrededor de 1 dólar
la libra, lo que motivó la quiebra
de muchos camaroneros.
La producción y la exportación
de carne vacuna ha disminuido en la ultima
década, en parte por el aumento de
los costos internos y en parte por la caída
de los precios internacionales: los potreros
están sin ganado.
En cuanto a la producción y exportación
de madera, la situación es bastante
parecida a la de los productos anteriores.
Durante el último quinquenio, la
venta al exterior de especies forestales
bajó, tanto en volumen como en valores,
en un 50%. A ello hay que agregar que año
con año Nicaragua pierde cerca de
100,000 manzanas de su área forestal.
Las secuelas del colapso
En las últimas décadas se
nota un traspaso de la producción
exportable de manos del empresario a manos
del campesino, a quien se conmina a dejar
de producir alimentos y cubrir las cuotas
de agroexportación. En el caso de
los empresarios, cuya lógica es de
costo-beneficio, la caída de los
precios por debajo de los costos o al punto
de equilibrio, habida cuenta del sobrecargo
en un 25% de intereses por préstamos
de habilitación, ha significado la
hipoteca y el embargo de sus empresas. Cabe
señalar que el nivel de costos no
se debe al precio de la mano de obra, sino
todo lo contrario, pues el standard de remuneración
de los trabajadores rurales nicaragüenses
es de los más bajos del mundo.
Sin contar el algodón cuya área
se precipitó de 230,000 manzanas
a prácticamente nada en las décadas
anteriores, sin contar con el área
en pastos para ganado vacuno que se encuentra
ociosa en más del 50%, sin contar
con el área de café que se
mantiene debido a que es un cultivo semiperenne,
pero cuya productividad desciende, podemos
decir que el resto del área de los
cultivos de agroexportación señalados,
ha descendido en más del 50% durante
la última década o en el último
quinquenio (de 170,000 a 82,000 manzanas).
Hemos duplicado el valor de las importaciones
y nuestras exportaciones brutas se han reducido
en el último quinquenio, de $667
millones de dólares a $532 millones
de dólares, alcanzando un déficit
comercial cercano a los $1,250 mil millones
de dólares. Nuestra deuda externa
sobrepasa los $6,000 millones de dólares,
a pesar de las últimas condonaciones
que nos hiciera el ex/bloque socialista,
por US$5,000 millones de dólares.
Nuestra deuda interna alcanza los $3,000
millones de dólares, la mayor parte
de la cual no es más que una trasferencia
del sector público al sector privado
(bonos de indemnización y salvamento
bancario), sin contar la trasferencia por
privatizaciones (sobornizaciones) subvaluadas
y el desvío de fondos por actos de
corrupción.
En los últimos cincuenta años,
más del 40% de la población
rural económicamente activa se ha
marchado hacia la ciudad o hacia el extranjero,
índice que sigue creciendo en los
últimos años, registrándose
más de un millón de nicaragüenses
desplazados fuera de nuestras fronteras.
Urbanización que en Nicaragua no
se acompaña de industrialización,
sino de marginación, miseria y delincuencia.
El subempleo ronda el 50% de la PEA . Y
los salarios se mantienen congelados nominalmente
desde 1990, habiendo disminuido realmente
en un tercio el poder de compra de los trabajadores
rurales, los que se encuentran en su gran
mayoría en el nivel de extrema pobreza.
|