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Estrategia para la soberanía y seguridad alimentaria

En primer lugar tenemos que demandar un programa alternativo de política económica para nuestros países, diferente a los planes de ajuste estructural impuestos por los organismos financieros internacionales. Es imprescindible, además, un programa estratégico concertado entre el gobierno, los partidos políticos y organismos de la sociedad civil, en función de garantizar la soberanía alimentaria. Un programa desde y para el campesinado y las comunidades indígenas. Un programa que contemple, entre otros, los siguientes puntos:


1. Condonación total de la deuda externa y reestructuración de la deuda interna

Pedir abiertamente la condonación de la deuda externa de todos los países del istmo mesoamericano. Esta iniciativa ya ha sido planteada y decidida por varios países y por varios organismos, como Cuba y algunos países europeos como Francia. La iniciativa norteamericana para los países pobres altamente endeudados, conocida como iniciativa HIPC, nos propone seguirnos empobreciendo hasta la inanición total, como condición para condonarnos una parte de la deuda, lo que implica caer en la labor de zapa de los organismos norteamericanos y desperdiciar la oportunidad de una condonación total. No podemos continuar con el argumento de que sólo podemos exigir lo que los gringos nos puedan conceder.

Demandar que los fondos liberados de la deuda externa o el alivio producido por la liberación de los pagos sean canalizados a la economía campesina y a las comunidades indígenas. Lo importante es teñir la campaña de la condonación externa con el alivio interno a los productores campesinos e indígenas afectados. En este sentido debemos demandar la reestructuración de los productores afectados por todos los fenómenos naturales: huracanes, erupciones volcánicas, terremotos y maremotos, sequías e inundaciones. No podemos, moralmente hablando, estar pidiendo la condonación de la deuda externa en nombre de los cadáveres campesinos y quedarnos con los brazos cruzados ante el endeudamiento de todos los pequeños productores. Tomando en cuenta que una parte significativa de la deuda campesina es con las microfinancieras, podría crearse un Fondo Internacional de Compensación para evitar la quiebra de estos organismos.

2. Reforma tributaria y presupuestaria

La estructura impositiva de nuestros países es eminentemente regresiva, más del 80% de los impuestos son impuestos indirectos, es decir, impuestos pagados por los consumidores a la hora de las transacciones cotidianas de compra-venta. Mientras que las empresas multinacionales y las grandes fortunas regionales o nacionales que todavía quedan, no pagan casi nada, pues siempre se las arreglan para ser exonerados por la ley, por el tráfico de influencia o por simple soborno.

Nuestra consigna debe ser: si los ricos no pagan impuestos, tampoco los pobres deben pagar. Se hace, pues, necesaria una reforma tributaria que descargue el peso fiscal de los más pobres, premiando a los únicos que producen y alimentan a la mayor parte de la población, así como a aquellas comunidades indígenas que con su práctica de vida han protegido y reproducido el medio ambiente.

Igualmente, hay que reformar la estructura actual del presupuesto de nuestros países, en el sentido de distribuirlo proporcionalmente a la generación de excedentes, es decir, a los campesinos, trabajadores urbanos, comunidades indígenas, retribuyéndolos no solamente por su aporte directo a través de la producción y el pago de impuestos, sino también por su aporte indirecto a través de sus familiares-emigrantes que envían las remesas del exterior.

En los nuevos presupuestos hay que hacer especial énfasis en la distribución sectorial entre el campo y la ciudad, así como en la urgente necesidad de priorizar la capitalización del campesinado, a fin de estimular la producción alimentaria y el mercado interno.


3. Reforma Agraria

Mientras la economía agroexportadora agoniza y mientras las familias campesinas y comunidades indígenas prácticamente nos alimentan gratuitamente, las mejores tierras del país se encuentran ociosas en algunos países o en manos de terratenientes improductivos en la mayoría de los países. Se hace necesario un programa económico que grave inmediatamente la improductividad de la tierra, traspasando por ese medio las mejores tierras al campesinado, restituyendo al mismo tiempo los territorios y recursos naturales pertenecientes a las comunidades indígenas.

En este sentido debemos rechazar el bochornoso programa de reforma agraria a través del mercado, orientado por los organismos internacionales, pues no es más que un programa de enriquecimiento interminable de la clase más rentista y parasitaria de nuestros países.

 

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