|
El Plan Puebla Panamá
El Plan Puebla Panamá (PPP) es una
continuación del Tratado de Libre
Comercio de América del Norte (TLC-CAN).
El TLC-CAN y el Plan Puebla Panamá
son un antecedente del Acuerdo de Libre
Comercio de América (ALCA) El ALCA
es una continuación de los planes
de Ajuste Estructural para América
Latina. El Ajuste Estructural es la expresión
nacional de las políticas neoliberales.
Las políticas neoliberales son el
principal instrumento de la globalización
capitalista. El capitalismo es el mismo
sistema que comenzó con la conquista
y colonización de América
y que hoy se apresta a concluir su gran
aventura: apropiarse de la riqueza, soberanía
e identidad de los pueblos mesoamericanos,
en favor de aumentar las ganancias de las
empresas metropolitanas. Estas siglas, igual
que las otras siglas (FMI, BM, BID, BCIE,
OMC), encargadas del ajuste estructural
y del resto de las políticas económicas,
son el principal instrumento para poner
en jaque mate a lo que quedaba de la industria
y de la agroexportación.
Sin embargo, algo ha cambiado desde entonces.
Ahora la competencia se ha encarnizado tanto,
entre las empresas nacionales y mundiales,
que las crisis industriales, agrícolas,
comerciales, bancarias y hasta de las economías
enteras, está cada vez más
a la orden del día: México,
Indonesia, Tailandia, Rusia, Argentina,
etc., en sus expresiones más deplorables;
y la propia economía norteamericana,
en su expresión más blanda
(desaceleración del crecimiento,
insolvencia y corrupción empresarial,
déficit público). Ninguna
clase empresarial, ni siquiera la europea,
japonesa o norteamericana, puede sobrevivir
sin subsidios estatales a lo interno, sin
proteccionismo en sus fronteras aduaneras
y, sobre todo, sin mercados expansivos,
cautivos y monopolizados.
El Plan Puebla Panamá o el Acuerdo
de Libre Comercio de América, son
expresiones de aquella necesidad. En este
contexto y en este sentido, mercado libre
y libre comercio, significan mercado libre
y libre comercio para las mercancías
norteamericanas, lo que a su vez significa
el final del capitalismo nacional para nuestros
países, para las burguesías
y, por supuesto, el fin del Estado-nación
para nuestros trabajadores industriales
y agrícolas, para nuestro medio ambiente,
para nuestros aranceles y para nuestras
políticas económicas. Y toda
esta integración o mercado cautivo
de las grandes empresas se hace bajo la
superioridad tecnológica, militar,
política y económica de la
nación y del gobierno norteamericano,
así como bajo una ofensiva ideológica
sin precedentes.
Hoy en día, los países del
norte y las corporaciones transnacionales
se han decidido a profundizar la inversión
de capital directo en los territorios del
llamado tercer mundo, por medio de las maquilas
de enclave para el procesado y embalaje
de productos destinados al mercado mundial,
la monopolización de la producción
y distribución de los productos y
servicios básicos, el control de
las plataformas de tránsito y la
apropiación de los mercados de consumo.
En el caso del Plan Puebla Panamá,
este capital se apresta a controlar en forma
cautiva y monopólica todo el mercado
mesoamericano, subordinado a los gobiernos
bajo el imperio de las propias empresas
transnacionales.
Esta nueva aventura que tiene nuevos nombres
y viejas pretensiones, ya está en
marcha y lleva un 50% de cumplimiento. Y
se trata exactamente de acuerdos orientados
internamente hacia el mercado libre, es
decir, sin subsidios para nuestros productores
locales; y orientados regionalmente hacia
el libre comercio, es decir, sin proteccionismo
de ninguna clase para nuestros productores
y consumidores locales. Lo que esconde el
mercado libre y el libre comercio es que
para las economías metropolitanas
y para las empresas extrangeras se mantendrán
el subsidio y el proteccionismo.
Concretamente se trata de privatizar, liberalizar
unilateralmente y desnacionalizar todo el
patrimonio de nuestros países. Todo
se está vendiendo a precio de remate
a las empresas extrangeras europeas, norteamericanas
y asiáticas: las empresas públicas
de energía, telecomunicación,
bancos y financieras, almacenamiento de
granos, seguro social, centros turísticos,
puertos y aeropuertos, derecho de patentes
sobre nuestra biodiversisdad, etcétera.
Todas las políticas económicas,
sociales y culturales, se elaboran en Washington:
moneda, divisa, crédito, comercio,
inversión, producción, energía,
consumo, normas laborales, tributación,
educación, salud, etcétera.
El impacto inmediato de estas políticas
en la población ya se está
padeciendo: más impuestos indirectos,
más importación y menos exportación,
encarecimiento de las tarifas del agua,
luz, teléfono, encarecimiento de
los medicamentos, los alimentos, el combustible,
el transporte, el crédito, los servicios
básicos en general, abartimiento
de los salarios, etcétera. Los resultados
de estas políticas son cada vez más
conocidos: quiebra de las empresas y de
los empresarios nacionales, quiebra de los
bancos y rescate gubernamental con el dinero
de la venta de las empresas públicas,
desempleo, empobrecimiento, hambre y desnutrición,
analfabetismo, migración, prostitución,
delincuencia, mortalidad infantil, deforestación
y agotamiento de los recursos naturales
y de la biodiversidad, patentización
de nuestras semillas por los monopolios
norteamericanos, intoxicación de
la naturaleza y de la gente, soborno generalizado
y corrupción, etcétera.
El peor daño de estas políticas
es la destrucción de la soberanía
alimentaria y de la economía campesina
o indígena: agotamiento, pérdida
y destrucción de los suelos, bosques,
cuencas, flora y fauna, semillas locales,
cultura campesina, producción de
granos básicos (maíz, frijol,
sorgo, arroz), hortalizas y frutas, animales
domésticos (aves, cerdos, vacas,
garrobos), identidad cultural de las comunidades
rurales e indígenas.
El impacto de las políticas de invasión
alimentaria, así como de la quiebra
de nuestra agricultura en general avanza
aceleradamente. A medida que aumenta la
población el campesinado ha tenido
que producir más maíz, frijol,
arroz y maicillo, sin embargo, como lo hace
en las peores tierras y en las peores condiciones
económicas y sociales, la producción
y los rendimientos no aumentan proporcionalmente
y en algunos países se mantienen
estancados o en retroceso. Ya estamos gastando
sumas millonarias en importación
de alimentos, ya estamos comprando y distribuyendo
semillas híbridas, elaboradas en
los Estados Unidos, mejoradas pero muchísimo
más caras que las que el campesinado
ha utilizado hace mucho tiempo (8.000 años
en el caso del maíz); la pauta alimentaria
la establece nuestra clase media juvenil,
a quien se le fomenta su autoestima con
los alimentos importados que orienta la
publicidad de las empresas transnacionales
y los líderes criollos; las familias
campesinas siguen descapitalizándose
y abandonando el campo, y apenas sobreviven
con las remesas enviadas por sus familiares.
Pero el mayor riesgo y la mayor amenaza
que pende sobre la cabeza del campesinado,
los pueblos indígenas y la población
en su conjunto, es la invasión de
granos básicos por parte de las empresas
transnacionales norteamericanas. El colmo
del modelo es que los laboratorios transgénicos
de los Estados Unidos y las empresas productoras
y exportadoras de alimentos declaran estar
preparadas para vendernos no solamente el
maíz y la tortilla que ya nos venden,
sino también el frijol rojo que acaban
de patentizar a partir de semilla criolla
dominicana, manipulada genéticamente
y preparada para desplazar el frijol rojo
producido por nuestros campesinos.
LA IDEOLOGIA DEL PLAN PUEBLA PANAMA
Y LA LUCHA POR LA VERDAD
Por lo tanto, decir, como dice el BID y
repiten nuestros gobiernos, que el Plan
Puebla Panamá es la construcción
de una gran carretera y de un gran puerto,
es tan ingenuo como decir que el régimen
de la esclavitud en el mundo antiguo equivale
a la construcción de las pirámides
de Egipto, o que el régimen de la
servidumbre europea equivale a la construcción
de las grandes catedrales y de los grandes
castillos, o que el régimen de la
Encomienda colonial equivale a la producción
y exportación de oro y plata, o decir
que el régimen capitalista equivale
a la construcción de una vía
férrea, o decir que el imperialismo
equivale a la construcción del canal
de Panamá.
Repetir aquella afirmación nos llevaría
al ridículo, que es donde nos quieren
llevar, y terminaríamos diciendo
que no podemos rechazar el Plan Puebla Panamá
porque sería oponernos al progreso
y a la civilización, al mercado libre
y al libre comercio, en fin a la integración
de las naciones. Hoy más que nunca
nuestros pueblos necesitan de una conciencia
crítica que ayude a entender qué
es lo que está pasando ante nuestras
narices.
¿Por qué se dice hoy que
tenemos que construir el mercado libre y
por qué se habla hoy de libre comercio?
¿Es que acaso no existían
anteriormente? ¿Cuál es lo
nuevo realmente en todo esto?
Claro que existían. Existían
las naciones que subordinaban el mercado
mundial bajo dichas premisas y bajo dichas
realidades. Existían también
naciones, como las nuestras, organizadas
bajo el esquema del capitalismo nacional,
subordinadas a las reglas del mercado mundial.
Pero en este esquema existía además
un sistema internacional de relaciones comerciales,
donde cada país, cada economía,
cada gobierno, o mejor dicho, cada burguesía
nacional buscaba como proteger su industria,
su agricultura, sus finanzas, su moneda,
sus riquezas naturales y hasta el bienestar
de su población. Todo eso en medio
de un mercado de libre competencia y en
medio de un sistema de libertad de comercio;
ellos en las mejores condiciones, nosotros
en las peores condiciones.
La ideología del Plan Puebla Panamá
y de todas estas políticas, es convencernos
y vendernos el discurso de la globalización
capitalista, esta vez disfrazada como desarrollo
e integración de la región
mesoamericana, a cuyos objetivos y naturaleza
tenemos que sumarnos. Estos programas y
estos planes que nos descapitalizan y nos
empobrecen día a día, son
vendidos como la solución para disminuir
la pobreza; nos dicen además que
para disminuir la pobreza tenemos que aumentar
el crecimiento, la riqueza y las exportaciones,
y, por lo tanto, a estimular, priorizar
y subsidiar las inversiones extranjeras;
en otras palabras, fomentar la inversión
del capital extranjero, entregándole
todas las ventajas competitivas, aconsejándonos
al mismo tiempo mejorar la competitividad
de nuestros productores, basada en las políticas
económicas elaboradas por las empresas
extranjeras y en un mercado intervenido
por las políticas norteamericanas.
Ante esta evidente situación surge
la pregunta: ¿podemos evitar este
holocausto? Si la respuesta es negativa,
es decir, si no podemos evitarlo, ¿deberíamos
oponernos, rechazarlo o siquiera criticarlo?
Si nuestra respuesta sigue siendo negativa,
tendríamos que cambiar nuestras posiciones
anteriores y decir como ya dicen algunos:
si no podemos evitarlo, deberíamos
aceptarlo, en cuyo caso deberíamos
más bien, no solamente aceptarlo,
sino también apoyar sus resultados
realmente existentes: explotación,
expoliación, miseria y prostitución,
puesto que tampoco hemos podido evitar tales
resultados.
¿Podemos tener una posición
diferente?
En primer lugar y frente a quienes nos
consultan y nos preguntan qué pensamos
del Plan Puebla Panamá, podríamos
responder con otra pregunta: ¿Está
usted de acuerdo, señor presidente
o señor ministro, con lo que está
pasando en Mesoamérica, independientemente
de las supuestas buenas intenciones de sus
amigos norteamericanos? Si su respuesta
es negativa y a su vez nos preguntan qué
proponemos, podríamos responder:
nosotros estamos de acuerdo con la integración
mesoamericana, pero a favor del bienestar
de nuestros pueblos; nosotros estamos de
acuerdo con la libre circulación
de los bienes y servicios, incluyendo la
libre circulación de la gente y de
los trabajadores, pero no estamos de acuerdo
con la libre circulación de niños
y niñas para ser prostituidas; estamos
de acuerdo en el intercambio de bienes y
servicios entre todos los pueblos de la
tierra, incluyendo Cuba, pero no estamos
de acuerdo en entregar todas las facilidades
a las empresas norteamericanas, mientras
que Estados Unidos bloquea la entrada de
los productos agrícolas de la región
mesoamericana y sigue subsidiando a sus
agricultores; estamos de acuerdo en producir,
pero aquellos productos que sean realmente
rentables para nuestra economía;
estamos de acuerdo en aumentar los rendimientos
agrícolas, pero mejorando nuestras
propias semillas, en lugar de comprarle
semillas caras a las empresas norteamericanas;
estamos de acuerdo en pagar impuestos, pero
no estamos de acuerdo con el actual sistema
impositivo donde los pobres pagan mucho
y las grandes fortunas y las fortunas extranjeras
son exoneradas.
No debiera ser difícil influenciar
a los funcionarios gubernamentales para
que sepan lo que favorece a nuestras economías,
pero como no podemos hacernos muchas esperanzas,
pues para ellos, cambiar de opinión
puede significar perder su puesto y su salario,
debiéramos empezar a diseñar
y ensayar una propuesta para influenciar
a la opinión pública y a la
gente en los barrios, escuelas y comunidades
rurales. Influenciarlas y apoyarlas para
que visiten y expongan estos planteamientos
a los diputados y diputadas. Influenciar
a las familias campesinas para que mejoren
sus semillas y rechacen las semillas importadas.
Influenciar y apoyar a los trabajadores
para que demanden un salario mínimo
para los trabajadores y un techo salarial
máximo para los ministros y diputados.
Influenciar y apoyar a los contribuyentes
y consumidores para que exijan al gobierno
liberar el impuesto a todos los productos
de la canasta básica, así
como el mismo gobierno ha liberado de los
impuestos a las Zonas Francas. Influenciar
y apoyar a las comunidades forestales para
que no permitan que los camiones madereros
saquen la madera. Influenciar y apoyar a
los productores y consumidores para que
no permitan que los barcos descarguen productos
que dañan nuestra economía
y nuestra salud. Influenciar y apoyar a
las comunidades indígenas para que
se establezca y reglamente la ley de autonomía
de los pueblos indígenas. Influenciar
y apoyar a la población para que
consuman el maíz y el frijol que
el país produce, rechazando a su
vez los granos básicos importados.
Influenciar y apoyar a la ciudadanía
en general para manifestarse por todos los
medios hasta impedir que se privaticen las
empresas públicas de los servicios
básicos, e evitar que los nuevos
monopolios privados de los servicios ya
privatizados suben los precios de tales
servicios, tal como ya lo han impedido en
varias provincias latinoamericanas.
Finalmente, creo que debiéramos
aprovechar el Foro de Managua, para incrementar
la campaña de denuncia de la carnicería
que, desde Puebla hasta Panamá, los
organismos internacionales están
cometiendo con nuestras poblaciones. Informándonos
mutuamente sobre las experiencias de las
poblaciones mesoamericanas organizadas contra
las causas y efectos de la globalización
capitalista, así como de los éxitos
de aquellas poblaciones que han logrado
impedir tales medidas.
Y mientras nos informamos, nos organizamos
y nos movilizamos, digámosle a aquellos
funcionarios que nos quieren vender el Plan
Puebla Panamá como la última
maravilla de la globalización, que
le digan a los negociadores norteamericanos
que mientras ellos no abran sus fronteras
a nuestros productos y dejen de subsidiar
a sus agricultores, nosotros no debiéramos
firmar ningún acuerdo; que le digan
asimismo a los negociadores latinoamericanos
que negocien como un solo bloque latinoamericano,
en vez de estar negociando por separado.
|