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El Colapso del Modelo Agroexportador y
el Nuevo Modelo de Acumulación
En América Latina en general y en
Mesoamérica en particular (el sur
de México, Centroamérica y
el Caribe), el moso de producción
y el modelo de acumulación de define
por la forma en que los países metropolitanos
(Europa y Estados Unidos) se apoderan de
los excedentes de nuestras economías,
así como por la forma en que los
empresarios locales y rentistas en general
se apropian de los excedentes de los trabajadores:
a través de la servidumbre y de los
enclaves coloniales, a través de
un comercio asimétrico basado en
la sobreexplotación de los asalariados
del campo, a través del endeudamiento
del campesinado y de los productores locales,
a través del endeudamiento externo
de nuestras economías, a través
de la inversión directa de las propias
empresas extrangeras, o através de
una combinación de todas ellas. A
lo largo de nuestra historia, una de estas
formas ha predominado sobre las otras.
Durante más de un siglo la vida
republicana, las economías capitalistas,
los gobiernos capitalistas y las burguesías
nacionales que nos han gobernado por más
de 150 años, gozaron de una cierta
autonomía política. Sin embargo,
económicamente siempre fuimos dependientes
de los países industrializados que
dirigían el comercio mundial. Desde
la colonia hasta ahora, producimos y exportamos
los productos que los países metropolitanos
(Europa y Estados Unidos) necesitaban: oro,
plata, caucho, madera, petróleo,
algodón, café, ajonjolí,
carne, camarones, entre otros; sin preocuparnos
de producir par el mercado nacional y abandonando
cada vez más nuestra producción
de subsistencia. A mediados del siglo pasado,
los precios de los productos agropecuarios
de exportación comenzaron a bajar
al mismo ritmo que subían los precios
de los productos importados y todo el sueño
autónomo de las burguesías
nacionales comenzó a desaparecer
a medida que el déficit comercial
se convirtió en la regla de nuestras
economías. El capitalismo nacional
comenzó a ser sustituido paulatinamente
por el capitalismo de las empresas transnacionales,
no solamente en cuanto a relaciones comerciales
y financieras, sino también en todas
las actividades productivas, incluyendo
las producción de alimentos.
Los déficits comerciales se hicieron
insoportables y las metrópolis tuvieron
que recurrir al crédito para que
los empresarios latinoamericanos pudieran
seguir exportando, a precios ridículos,
las mercancías que aquellos necesitaban.
Hoy en día, a medida que avanza
la insolvencia de nuestros productores,
debido fundamentalmente a que los precios
de nuestros productos de exportación
están por debajo de los costos de
producción, el endeudamiento de nuestros
países también se vuelve insoportable.
Los gobiernos no pueden pagar la deuda externa
y las burguesías nacionales han dejado
de producir porque ya no quedan negocios
rentables para ellos, dedicándose
a colocar sus excedentes en bonos nacionales
vendidos por el gobierno y convertidos en
deuda interna. Nuestros países producen
y pierden por cada unidad exportada, nos
endeudamos externamente e internamente;
nos endeudamos afuera para pagar adentro
y nos endeudamos adentro para pagar afuera.
La producción agroexportadora y la
banca nacional están en una virtual
bancarrota. Los gobiernos han sido orientados
por los mercados metropolitanos a vender
todas las empresas y demás bienes
públicos a las empresas transnacionales.
La cooperación está siento
sustituida aceleradamente por las inversiones
directas y las burguesías mundiales
se hacen cargo localmente de todos los negocios
posibles, desde producir tortilla y queso
hasta pasear turistas en nuestras playas.
Las burguesías nacionales han quedado,
en el mejor de los casos, como socios de
segundo grado de las grandes empresas regionales
o mundiales en este nuevo modelo de acumulación.
Simultáneamente y junto al desplazamiento
de las burguesías nacionales, se
desmantelan también las conquistas
laborales acumuladas por más de un
siglo de lucha. Por otro lado, el desempleo
y la pobreza deprimen aún más
el debilitado mercado interno y hasta los
negocios más pequeños se empobrecen
aceleradamente.
La autonomía económica de
estos países está llegando
a su fin. Ya no habrá fronteras nacionales,
ni mercados nacionales, no burguesías
nacionales, ni negocios nacionales, no obreros
nacionales. Los Estados mundiales, principalmente
el Estado norteamericano, las gigantescas
empresas mundiales y los organismos financieros
mundiales como el Fondo Monetario Internacional
(FMI), el Banco Mundial (BM), el Banco Interamericano
de Desarrollo (BID) y la Organización
Mundial del Comercio (OMC), apoyados por
sus grandes ejércitos multinacionales,
han decidido desconocer la poca soberanía
que nos quedaba. Todo está pasando
a sus manos: la selección de los
gobernantes, la política económica,
las empresas agropecuarias, industriales,
turísticas, pesqueras, madederas,
bancarias, la cultura, los hábitos
alimentarios, las creencias religiosas,
en fin, la concepción del mundo y
la cultura en general.
Finalmente, los constituciones de cada
uno de nuestros países han dejado
de ser el máximo código jurídico,
por encima de ellas están los compromisos
surgidos de los tratados de libre comercio,
tales como el Plan Puebla Panamá,
el Acuerdo de Libre Comercio de América
y los tratados bilaterales entre cada uno
de nuestros países y los Estados
Unidos.
La gente del campo se va hacia la ciudad,
la gente de la ciudad se va hacia el extranjero
y la milenaria división entre el
campo y la ciudad se vuelve cada día
más injusta.
La división entre el campo
y la ciudad
Nuestros países están divididos
asimétricamente entre el campo y
la ciudad. El acuerdo económico implícito
en esta división se estableció
bajo el siguiente supuesto: la ciudad se
haría cargo de la producción
industrial y el campo se haría cargo
de la producción agropecuaria y los
excedentes se distribuirían proporcionalmente,
de acuerdo a lo que produjera cada quien,
así como a las necesidades generales
del país.
Sin embargo, la distribución de
los excedentes ha sido completamente asimétrica
en favor de la ciudad. Las principales inversiones
se hacen en la ciudad: carreteras, hospitales,
escuelas, calles, agua, energía eléctrica,
instalaciones telefónicas, puertos,
aeropuertos, viviendas, centros de diversión,
oficinas públicas, catedrales, universidades,
etc., mientras tanto, en el campo las inversiones
públicas son prácticamente
inexistentes.
En la ciudad se consume, en el campo se
produce. En la ciudad viven los ciudadanos,
en el campo viven los campesinos y los indígenas.
La mayor parte de la crisis nacional recae
sobre la población rural, allá
moran las principales enfermedades, el mayor
empobrecimiento, la más miserable
de las miserias y la más grande de
las desesperanzas.
El desmantelamiento de la industria
nacional
En nuestra región, igual que en
el resto de América Latina, la urbanización
aumenta al mismo ritmo que disminuye la
industrialización. De tal manera
que el campo ha tenido que cargar solo,
tanto con la producción de alimentos
como con la generación de las divisas
destinadas a comprar los productos industriales
y manufactureros que nuestra industria no
produce.
En las últimas décadas, especialmente
a partir de la privatización de nuestros
territorios y de nuestras economías,
por parte de las corporaciones transnacionales,
la industria nacional ha quedado completamente
desmantelada. Poco a poco los grandes empresarios
nacionales encargados de la industria local
se han desprendido de sus empresas productivas,
comerciales y bancarias: gaseosas, cervezas,
cigarrillos, aceite, procesadoras de productos
lácteos, carne, café, azúcar,
ajonjolí, maní, tabaco, maquiladoras
o ensambladoras de maquinaria, equipos,
textiles, bancos y financieras, importadoras
de diferentes productos, etc. Gran parte
de los productos manufacturados que consumimos
son importados o controlados por empresas
extrangeras cada vez más grandes.
Una a una, las empresas nacionales van cerrando
sus operaciones. Las empresas grandes se
comen a las pequeñas y las pequeñas
se comen a las más pequeñas:
las empresas norteamericanas se comen a
las empresas mexicanas, las empresas mexicanas
se comen a las empresas centroamericanas,
las empresas centroamericanas se comen entre
ellas, los empresarios medianos se comen
a los campesinos y los campesinos se comen
sus inventarios y desaparecen como productores.
La burguesía se ha proletarizado
por la quiebra de sus empresas y los obreros
se han desproletariado y se han convertido
en desempleados y emigrantes. Las ciudades,
a su vez, se han convertido en desempleados
y emigrantes. Las ciudades, a su vez, se
han convertido en refugio del campesinado,
saltando en pedazos la poca proporción
que existía entre oferta de servicios
públicos y la demanda por parte de
la población en general. Hoy en día,
la mayor parte de la fuerza laboral está
compuesta por trabajadores por cuenta propia,
conformados por el sector informal urbano
y por el campesinado.
Al paso que vamos, el único núcleo
asalariado que quedará en el sector
industrial será el de las empresas
maquiladoras de las Zonas Francas, pero
que no pasa del 5% de la actual Población
Económicamente Activa (PEA) de la
región. Estas maquilas se comportan
económicamente como verdaderos enclaves,
sin ningún efecto multiplicador sobre
nuestras economías, pues ni siquiera
pagan impuestos, ya que nuestros gobiernos
los han exonerado de sus compromisos tributarios.
La crisis terminal del modelo agroexportador
En relación al campo, hasta 1990,
los empresarios agroexportadores centroamericanos
habían sobrevivido, a pesar del colapso
total del algodón. Sin embargo, a
partir de 1990 el crédito, orientado
en este entonces a los grandes empresarios
de la agroexportación, no pudo pagarse
y el mismo contribuyó en la mayoría
de los países una virtual confiscación
de las tierras de la agroexportación.
Asistíamos a una crisis productiva
agroexportadora que empezó quebrando
a la banca nacional y amenazaba al resto
de la banca privada.
En los últimos años, los
precios del mercado internacional se han
precipitado, arrastrando a muchos empresarios
a la quiebra total: algodón, soya,
café, tabaco, arroz, ajonjolí,
camarón. Hoy en día, los productos
agropecuarios o agroindustriales que se
producen y se exportan, más bien
producen pérdidas a nuestros países.
La mayor parte de los productos de agroexportación
tiene un valor de mercado que está
por debajo de sus costos. El quintal de
azúcar cuesta 14 dólares producirlo
y se vende a 7 dólares en el mercado
mundial; si no fuera porque los consumidores
lo compran a 25 dólares el quintal
no quedaría un solo ingenio. El quintal
de café cuesta más de 60 dólares
producirlo y se vende a 50 dólares
en el mercado mundial (algunos campesinos
lo venden a 40 dólares a los intermediarios
internos). El quintal de ajonjolí
cuesta 30 dólares producirlo y se
vende a 7 dólares en el mercado internacional
(en la última temporada no se encontró
compradores). Y así sucesivamente
con el resto de los principales productos:
el banano, el camarón, el tabaco,
la soya, por lo que sus áreas están
bajando estrepitosamente, igual que el valor
de sus exportaciones. Algunos países
incluso han visto descender la producción
de maíz.
Los empresarios agropecuarios que han quedado
en pie se encuentran actualmente hipotecados
o están siendo embargados. Quiebra
que repercute, además, en el sistema
financiero y en los principales bancos locales,
los que prefieren colocar su dinero afuera
de nuestros países.
Los contribuyentes se hacen cargo
de la bancarrota del modelo agroexportador
La caída de los precios en el mercado
internacional, monopolizado por las principales
bolsas de los países industrializados,
llevó al colapso nuestra agroexportación.
A su vez, la insolvencia económica
de los empresarios los empujó al
saqueo bancario, a través de la colocación
sobrevaluada de sus últimos activos.
La presente década es testigo de
la quiebra de varios bancos locales, igual
que un sinnúmero de microfinancieras
públicas y privadas. Desde México
hasta los países centroamericanos
más prósperos, la quiebra
de los bancos fue soportada por una política
de rescate estatal de los mismos y la insolvencia
de las actividades agroexportadoras ha contribuido
a la fuga del ahorro nacional, el que se
escapa a las actividades especulativas en
el exterior.
Algunos empresarios nacionales han sobrevivido
a la quiebra de la agroexportación,
a través de mecanismos extraeconómicos,
principalmente políticos, como son
las indemnizaciones en algunos países
del área, el subsidio o el rescate
bancario en otros, la corrupción
gubernamental y privada en la mayoría.
A su vez, la carga tributaria, sigue recayendo
principalmente en los más pobres,
quienes pagan la mayor parte de los impuestos
(impuestos indirectos). Nuestras sociedades
y nuestros gobiernos se han convertido en
sociedades y gobiernos tributarios, utilizando
los ingresos fiscales para pagar el servicio
de la deuda externa y de la deuda interna.
A través del rescate bancario, los
gobiernos nacionalizan las pérdidas.
A mismo tiempo los gobiernos venden a las
empresas extranjeras y a precio de remate,
todos los servicios básicos: telecomunicación,
energía, agua. Una vez que estos
servicios caen en manos de los monopolios,
el precio de las tarifas comienza a subir.
A través de la privatización
las ganancias se privatizan.
La retaguardia rural como resguardo
agroecológico y refugio alimentario
frente a las crisis comerciales
Gran parte de las actividades de la agroexportación
se han trasladado a la economía popular,
esta vez al campesinado. Hace 25 años,
los enclaves norteamericanos del banano
y de otros productos de agroexportación
comenzaron a retirarse de la producción:
en ese entonces, los empresarios nacionales
se hicieron cargo de la inversión
directa, los riesgos y los problemas laborales,
mientras que los enclaves norteamericanos
se trasladaron a la comercialización,
quedándose con la mayor parte de
las ganancias. Hoy en día, a medida
que arrecia la crisis productiva de las
actividades agroexportadoras, el traspaso
se hace desde los empresarios hacia los
campesinos.
El campesinado y las comunidades indígenas
mesoamericanas, producen gran parte del
café, el ajonjolí, la crianza
de ganado, la biodiversidad y el medio ambiente,
de tal manera que a medida que se retiran
los empresarios, son los campesinos y las
comunidades indígenas quienes se
hacen cargo de la producción agroexportadora
y de la producción alimentaria.
Como dijo un importador norteamericano:
“por qué vamos a comprarle
a un empresario un quintal de café
a 100 dólares, si podemos comprárselo
al campesinado a 50 dólares, tal
como lo hacemos en Vietnam”.
La población campesina e indígena
se encuentra en las peores y más
alejadas tierras de la región, recibe
la menor cantidad de servicios sociales
básicos (educación, salud,
caminos, transporte, vivienda, agua, electricidad,
teléfono, recreación), no
tiene acceso a los principales bienes de
producción (crédito, bueyes,
maquinarias, semillas, insumos), registra
los mayores índices de analfabetismo
y desnutrición. Sin embargo, a pesar
del resquebrajamiento de la economía
y del lamentable estado en que se encuentra
el campo mesoamericano, las comunidades
rurales de la región, además
de los productos exportables, todavía
producen maíz, frijol y arroz, leche,
cuajada, frutas y verduras de la dieta local,
prácticamente sin apoyo alguno por
parte de sus respectivos gobiernos. La economía
campesina e indígena, verdadera retaguardia
nacional, funciona además como resguardo
agroecológico y refugio permanente
frente a las crisis comerciales y frente
a las ofensivas depredadoras de las empresas
capitalistas. La economía campesina
e indígena funciona en forma similar
a la mujer en la familia; en el hogar, cuando
al varón le va mal en sus aventuras
mercantiles, la mujer, verdadera retaguardia
de la sociedad, se convierte en el refugio
en cada crisis, ambos le dan de comer al
otro: la mujer al hombre y la economía
rural a toda la población nacional.
Mesoamérica agoniza en brazos
de los más pobres
Mesoamérica se ha empobrecido tanto
que los pobres producen la mayor parte de
la poca riqueza que todavía producimos.
Producen la riqueza pero se empobrecen inmisericordemente,
generan los excedentes nacionales pero se
descapitalizan y se agotan día a
día.
La gente pobre no solamente produce la
mayor parte de la riqueza neta que exportamos,
sino que produce los migrantes quienes con
sus remesas familiares mantienen un flujo
de divisas que a su vez sostiene las importaciones
que la clase media alta y los ricos consumen.
Las remesas familiares de las naciones
mesoamericanas con muy pocas excepciones,
generan más divisas netas que la
agroexportación, a cambio de nada,
pues nuestros migrantes no consumen no siquiera
un grano de maíz producido en su
propio país, pues almuerzan en los
centros de trabajo de las fincas del sur
norteamericano y de los cruceros norteamericanos,
donde millones acrecientan con su trabajo
la riqueza de las empresas extrangeras.
A su vez estos miles de millones de dólares
que los pobres del sur envían desde
el norte a sus familiares, más tardan
en llegar a Mesoamérica que en salir
hacia los Estados Unidos, pues sirven apenas
para comprar los electrodomésticos
o las medicinas que nuestras industrias
no producen o han dejado de producir.
Nuestras naciones agonizan bajo la ofensiva
neocolonial. Los pobres emigran y los que
se quedan cuidan de los hijos que se irán
mañana. Los pobres que se quedan
mantienen a las familias que se quedan y
mantienen al país que los desprecia.
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